Las misteriosas conspiraciones de las algas

Cómo la corrupción convirtió un estanque reflectante en la escena de un crimen.

A estas alturas, el mundo entero conoce la reciente «remodelación» del célebre Estanque Reflectante del Monumento a Lincoln, en Washington, D.C., que el presidente Trump quiere rehacer a su propia imagen, como parece empeñado en hacer con todo lo demás en la capital del país. Al igual que Narciso, quiso contemplarse reflejado en sus aguas, pero Némesis decidió castigarlo por su crueldad y su soberbia.

Trump se propuso resolver un problema imaginario y le arrojó una suma astronómica de dinero. Unos organismos respondieron a tanto verde con un verde propio. ¿Son algas? ¿Son cianobacterias? ¿Es sabotaje? ¿Es patriotismo? Washington reaccionó como acostumbra: produjo varias explicaciones incompatibles y creyó en todas al mismo tiempo. Muy pronto, el Estanque Reflectante dejó de ser un cuerpo de agua para convertirse en un acuario nacional de teorías conspirativas, donde cada una nada perezosamente alrededor de las demás mientras se alimenta de asignaciones presupuestarias federales.

El hecho científico básico es muy sencillo: «cianobacterias» y «algas verde azules» son dos nombres para el mismo organismo. Algas verde azules es la denominación tradicional; cianobacterias, el nombre científico moderno.

Los nombres son los mismos, pero las cosas no. Llamar «algas» a las cianobacterias es como llamar «licitación competitiva» a un contrato adjudicado sin concurso, o «infraestructura» a una mano de pintura. El término sobrevive, sobre todo, porque hoy en día la realidad suele presentarse convenientemente barnizada.

¿Y qué importa? Las distinciones científicas han pasado de moda. Vivimos en una época en la que las palabras significan, de forma rutinaria, lo contrario de lo que dicen, como en un diccionario orwelliano. Supervisar consiste en mirar hacia otro lado. Lo rutinario se declara urgente. El amiguismo pasa a llamarse política de adquisiciones. En un ambiente así, difícilmente se pueda culpar a las cianobacterias por querer que las llamen algas.

¿Por qué ninguna agencia del gobierno ni ningún medio de comunicación ha aclarado esta diferencia semántica? ¿Existe una conspiración para ocultar las diferencias entre ambos organismos?

La respuesta se adhiere a las maniobras del presidente con la misma facilidad con que una bacteria se adhiere a una placa de Petri. Trump dijo que quería cambiar el color del estanque por el llamado American Flag Blue –– el azul de la bandera. Parecía una tarea sencilla: bastaba con volver azul el agua, como la bandera, para poder envolverse simbólicamente en ella mientras se deshilacha el significado mismo de aquello que representa. 

Hay otro detalle. Las antiguas cianobacterias fueron responsables del llamado Gran Evento de Oxidación. Su actividad transformó el planeta e hizo posible la vida compleja, incluida la nuestra.

Tal vez esa historia resulte incómoda. No es fácil presentar como enemigas públicas a unas criaturas responsables de producir el oxígeno indispensable para las conferencias de prensa, el tráfico de influencias y el belicismo. Estos organismos llegaron a la Tierra miles de millones de años antes que la política y quizá posean, por ello, una perspectiva que la administración actual considera insuficientemente patriótica.

Pero vivimos bajo un gobierno capaz de presentar como «víctimas» a quienes participaron en una insurrección contra su propio país y de proponer indemnizarlos por violar la ley, mientras trata como delincuentes a funcionarios electorales y fiscales del sistema judicial por cumplir correctamente con su trabajo. Convertir a las cianobacterias en enemigas públicas no sería gran cosa.

Además, alguien tiene que cargar con la culpa.

Las primeras acusaciones no tardaron en llegar. El presidente Trump y varios funcionarios federales califican ciertos incidentes ocurridos en el estanque como ataques contra la propiedad federal. Las autoridades han arrestado a varias personas y han emitido citaciones a un número cada vez mayor por presuntos actos de vandalismo.

El caso mejor documentado es el del expiragüista olímpico David Hearn. Según su relato, se detuvo a examinar el revestimiento deteriorado que había instalado un contratista, tocó brevemente una lámina parcialmente desprendida que aún colgaba del costado del estanque y la soltó cuando se le ordenó. Afirma que no dañó nada. ¿Cómo habría podido hacerlo? Aquello ya era el paradigma mismo del daño. Aun así, fue esposado y acusado de un delito menor por destrucción de propiedad federal.

Esto crea una curiosa situación jurídica: los únicos seres que atacan visiblemente el estanque son organismos microscópicos, mientras que las personas arrestadas son acusadas, en esencia, de tocar las pruebas. Y esas pruebas consisten, sobre todo, en fragmentos desprendidos de escombros financiados con fondos federales. La basura común se convierte en basura cuando resulta inútil. La basura gubernamental sigue otro camino. Una vez que se desprende del estanque, deja de ser un simple residuo y se convierte en patriobasura, una sustancia protegida por el gobierno cuyo principal propósito parece ser despertar la curiosidad de quien luego será acusado de tocarla.

Así, el gobierno termina defendiendo la patriobasura de una supuesta conspiración criminal. Según Trump, unos vándalos lograron cortar el revestimiento del estanque con un cuchillo —«probablemente un cúter» —, convirtiendo una obra fallida en una investigación detectivesca federal. Y no se trató de un simple corte, sino de una abertura de «350 pies». Según diversas versiones, Janine Pirro anda tras la pista de merodeadores de Antifa, equipados con capas de invisibilidad y cúteres mágicos, que se infiltraron sin ser vistos para cortar un material que hasta entonces se describía como prácticamente indestructible y destinado a durar un siglo.

No, un momento … Sí, fueron vistos por alguien.

«Yo los vi. Lo cortaron. Lo cortaron muy violentamente», declaró Trump ante las cámaras de televisión. «Lo mismo hicieron con el piso. Lo cortaron, luego lo levantaron. Lo arrancaron. Eso fue lo que pasó».

La declaración se transmitió a todo el país y pasó de inmediato a formar parte del mercado estadounidense de la irrealidad, donde hechos, opiniones, rumores, profecías y gráficos de los canales de noticias compiten en igualdad de condiciones.

Lo significativo de este circo sin pan es que el Estanque Reflectante ha dejado de ser un cuerpo de agua para convertirse en una maqueta de la administración. Basta con ver cómo comenzó el proyecto. La obra se adjudicó mediante un contrato sin licitación pública, al amparo de una excepción por «urgencia inusual y apremiante»: el estanque debía estar listo para las celebraciones del 250º aniversario del país. Esto plantea una pregunta elemental. ¿El fin justifica los medios? ¿Si la transparencia retrasa un proyecto, ¿es realmente necesaria? Tal vez los Padres Fundadores imaginaron que la supervisión pública sería opcional, como las luces direccionales en los automóviles de lujo.

Conviene recordar que el presidente eligió personalmente el tono conocido como American Flag Blue y supervisó minuciosamente el proyecto. Esto es tranquilizador porque pocas cosas inspiran tanta confianza como ver al jefe del poder ejecutivo de una superpotencia nuclear ocupado en decidir el color decorativo de un estanque. Los presidentes anteriores se preocupaban por las guerras, las recesiones o el terrorismo. Esta administración afronta con valentía una cuestión mucho más desatendida: si un estanque reflectante debe ser verde o azul.

Según diversos informes, también se omitieron algunos de los procedimientos habituales de revisión exigidos para modificar un monumento histórico. Lo cual tiene cierta lógica. Los especialistas en conservación histórica sienten una inclinación conocida por conservar el patrimonio histórico. De haber intervenido, quizá habrían insistido en examinar los planes, evaluar sus consecuencias o plantear objeciones.

Después de todo, una vez que el presidente ha decidido personalmente cuál debe ser el color de un monumento nacional, ¿qué podría aportar un comité?

El contrato para renovar el revestimiento fue adjudicado a una empresa con poca o ninguna experiencia en contratación federal, aunque con vínculos previos con propiedades de Trump. Esto solo puede parecer extraño a quienes siguen aferrados a la idea anticuada de que la experiencia debería influir en la adjudicación de contratos públicos.

La administración parece regirse por una teoría más refinada. Si un contratista ha pintado con éxito una piscina de Mar-a-Lago, queda ipso facto capacitado para pintar el estanque reflectante más grande del mundo. El agua es agua. El azul es azul. Fin de la discusión.

Solo una pregunta es verdaderamente importante: «¿Ha trabajado alguna vez cerca del presidente?»

Así, el Estanque Reflectante se incorpora a una distinguida tradición de proyectos en los que la familiaridad personal prevalece sobre las engorrosas credenciales profesionales. Las algas, sin embargo, parecen no haber sido informadas de este criterio y siguen evaluando a los contratistas según una norma anticuada: comprobar si el trabajo funciona.

Un segundo contrato sin licitación fue adjudicado a una empresa propiedad de un importante donante de comités políticos vinculados a Trump. El empresario sostiene que sus donaciones no influyeron en la adjudicación. La Casa Blanca afirma que no intervino en la selección. Todos coinciden en que cualquier apariencia de favoritismo es pura coincidencia.

Y quizá sea así. Después de todo, Estados Unidos es un país construido sobre coincidencias. Casualmente, el donante era el dueño de la empresa. Por casualidad, la empresa obtuvo el contrato. Por casualidad, el contrato evitó la licitación pública. Por casualidad, el proyecto ya era objeto de críticas por su falta de transparencia. Llega un momento en que semejante acumulación de coincidencias merece la protección federal como monumento histórico.

No olvidemos el sistema de nanoburbujas, concebido para impedir el crecimiento de organismos indeseables. En lugar de eso, parece haber producido otra clase de floración: un exuberante ecosistema de explicaciones, desmentidos, excusas y arrestos. Las algas quizá desaparezcan algún día. Las coincidencias parecen mucho más resistentes.

Pese al contrato original de entre catorce y quince millones de dólares, a los millones adicionales invertidos en sistemas de tratamiento del agua y a las reparaciones posteriores, el revestimiento azul empezó a desprenderse en cuestión de semanas, las algas reaparecieron con rapidez y el estanque tuvo que vaciarse otra vez para nuevas reparaciones.

La pintura se descascara, las algas regresan, el dinero sigue desapareciendo en un pozo sin fondo y las explicaciones se multiplican. En medio de tantos fracasos, el Estanque Reflectante continúa cumpliendo a la perfección su única función: reflejar exactamente lo que tiene delante.

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