Cuba siempre estuvo ahí. Ahora las luces están apagadas

¿La solidaridad internacional crea obligaciones o solo recuerdos?

En La Habana se va la luz sin ceremonia. Sin aviso, sin cuenta regresiva: simplemente el silencio donde antes había ruido, la oscuridad donde antes había luz. Las familias interrumpen una conversación y callan. Un ascensor queda detenido entre pisos. En algún lugar un generador tose y cobra vida, y la gente espera, porque esperar es parte de la rutina.

Mientras esperan, algunos se hacen una pregunta que nadie en la prensa internacional parece especialmente interesado en responder: ¿dónde está todo el mundo?

No es una pregunta retórica. Es una pregunta concreta, con una historia concreta detrás.

Durante sesenta años Cuba estuvo ahí para otros pueblos. No en el sentido diplomático de los comunicados oficiales, sino de verdad. Médicos cubanos llegaron a Argelia en 1963, el mismo año de su independencia, levantando clínicas antes de que secara la pintura del nuevo gobierno. Soldados cubanos derramaron su sangre en Angola y Etiopía impulsados por un ideal de internacionalismo revolucionario y solidaridad antiimperialista. Brigadas médicas cubanas desembarcaron en Haití tras el terremoto, en Pakistán después de las inundaciones y en África Occidental durante la epidemia de ébola. Después de Chernóbil, Cuba acogió a miles de niños afectados por la radiación y los trató gratuitamente, en momentos en que ella misma luchaba por mantener las luces encendidas.

Durante sesenta años Cuba estuvo ahí para otros pueblos. No en el sentido diplomático de los comunicados oficiales, sino de verdad.

Solo en Angola sirvieron más de 300.000 militares cubanos, con consecuencias históricas duraderas. Muchos especialistas sostienen que las fuerzas cubanas contribuyeron decisivamente a impedir la derrota del Movimiento Popular para la Liberación de Angola frente a facciones respaldadas por potencias extranjeras, entre ellas la Sudáfrica del apartheid y, de manera indirecta, Estados Unidos. Nelson Mandela elogió repetidamente el papel desempeñado por Cuba, afirmando que ayudó a debilitar la hegemonía regional sudafricana y allanó el camino para la independencia de Namibia. No es poca cosa.

He aquí, entonces, la incómoda aritmética: Cuba dio muchísimo, durante muchísimo tiempo, a muchísimos países. Y ahora, enfrentando una de las peores crisis energéticas de su historia moderna, esos países brillan por su ausencia.

Algunos dirán que este planteamiento es injusto. Muy bien; seamos precisos. Angola tiene su propia pobreza. Sudáfrica tiene sus propios apagones. Mozambique tiene sus propias crisis. La mayoría de los países que recibieron ayuda cubana son naciones con recursos limitados y no pueden enviar fácilmente petroleros cargados de combustible. De acuerdo.

Pero esa explicación solo cubre una parte del vacío.

Venezuela sí correspondió durante años, suministrando petróleo subsidiado a cambio de médicos y técnicos cubanos. Era un arreglo imperfecto y transaccional, pero funcionó, hasta que las sanciones estadounidenses y el colapso interno venezolano lo hicieron inviable. México intervino brevemente. El resultado fue el mismo. Rusia envió un petrolero este año: un solo petrolero, cuyo cargamento se consumió en pocas semanas y no tuvo continuidad. Argelia ha enviado algo de combustible. No basta.

Lo que queda es una red de buena voluntad cuyo valor práctico resulta menor de lo que muchos quisieran admitir. Año tras año, casi por unanimidad, los países votan en las Naciones Unidas para condenar el embargo estadounidense contra Cuba. Los dirigentes pronuncian discursos sobre la solidaridad y el internacionalismo cubanos. Luego termina la sesión, cada uno regresa a casa y Cuba sigue sin combustible, aunque las sanciones continúan asfixiándola.

La gratitud diplomática es barata. El diésel no.

Hay un nombre para lo que Cuba acumuló durante seis décadas: capital moral. El problema es que el capital moral no hace girar las turbinas. A veces sí produce resultados tangibles — ayuda, préstamos, respaldo diplomático, acuerdos preferenciales o inversiones —, pero la realidad es que el capital moral acumulado por Cuba no ha bastado para superar las restricciones económicas actuales.

Incluso Estados Unidos recibió una oferta de ayuda cubana. Tras el devastador paso del huracán Katrina por la costa del Golfo en 2005, Cuba ofreció enviar un numeroso contingente de personal médico para asistir a las víctimas en Luisiana. El presidente George W. Bush rechazó la propuesta. Inicialmente, el gobierno cubano ofreció alrededor de 1.100 médicos y posteriormente amplió la oferta a 1.586 facultativos, acompañados por decenas de toneladas de medicamentos e insumos médicos. Según las autoridades cubanas, el personal estaba reunido y preparado para desplegarse rápidamente, en particular hacia la zona de Nueva Orleans.

Puede alegarse que el mundo ha cambiado, que los regímenes de sanciones y los mercados financieros han hecho prohibitivamente costoso ayudar a Cuba y que los países están menos movidos por la ingratitud que por tener las manos atadas. Probablemente sea cierto. Pero para quienes viven en las provincias y me cuentan que soportan apagones de un día entero, eso ofrece escaso consuelo. Un residente de Miramar, antaño un barrio acomodado, me dijo que el hedor de la basura acumulada y las nubes de moscas resultan insoportables. Incluso la recogida de desechos y el control de plagas dependen del petróleo.

El gobierno cubano dirá que Estados Unidos es culpable, y ciertamente le corresponde buena parte de la responsabilidad. Pero esa explicación también exonera al resto del mundo y deja intacta una cuestión incómoda: ¿a qué obliga realmente la solidaridad cuando es el antiguo compañero quien necesita ayuda?

Los habaneros de más edad recuerdan el Período Especial que siguió al colapso de la Unión Soviética. Lo evocan con un cansancio particular, como la memoria de una crisis superada mediante privaciones y resistencia. Dicen que esto se parece, aunque existen diferencias importantes. El Período Especial llegó cuando desapareció el principal sostén de Cuba. La crisis actual llega después de que Cuba pasara décadas acudiendo en auxilio de otros.

Es posible que las intervenciones cubanas estuvieran impulsadas tanto por consideraciones geopolíticas como por altruismo. Si así fue, las expectativas de reciprocidad se vuelven más complejas. Los estados persiguen intereses y la gratitud suele tener una vida muy corta en las relaciones internacionales. Un observador escéptico podría sostener que las naciones no acumulan obligaciones morales del mismo modo que las personas. Sin embargo, lo cierto es que Cuba convirtió la solidaridad internacional en uno de los rasgos distintivos de su revolución.

Pero incluso los gobiernos que quisieran ayudar tropiezan con restricciones bancarias, complicaciones de seguros y elevados costos políticos. La solidaridad termina chocando con una arquitectura financiera mundial controlada en gran medida desde fuera del mundo en desarrollo, especialmente por Estados Unidos, que lleva décadas intentando estrangular económicamente a la isla.

Aun así, los médicos fueron. Los maestros fueron. Los soldados fueron. Aquellas misiones reflejaban la concepción universalista de la nación defendida por el patriota cubano José Martí, condensada en su célebre máxima: «Patria es humanidad.» Independientemente de que gobiernos posteriores encarnaran plenamente ese ideal, Cuba llegó a verse a sí misma como un país que acudía cuando otros lo necesitaban.

Ahora es Cuba la que necesita que alguien acuda por ella.

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