Los falsos profetas en la política exterior estadounidense

Existe una similitud estructural que ayuda a explicar no solo por qué estas voces reaparecen, sino por qué sus patrones analíticos convergen con tanta frecuencia.

CNN ha estado presentando a un analista político que yo creía había caído en el basurero de la historia: Elliot Abrams. También recurre a otro analista de quien se ha dicho que nunca vio una guerra que no le gustara: John Bolton. ¿Por qué —me pregunté— CNN busca la opinión de estos individuos respecto a la guerra contra Irán, el ataque a Venezuela y el bloqueo petrolero de la administración de Trump contra Cuba, cuando siempre han estado equivocados en sus análisis y predicciones? ¿Acaso los productores no tienen nuevas agendas de contactos?

Abrams ingresó al gobierno durante la última etapa de la Guerra Fría, cuando la política exterior de Estados Unidos estaba moldeada por la doctrina de la contención: la creencia de que la influencia soviética debía ser resistida en todas partes. Un supuesto dominaba ese entorno: la teoría del dominó, según la cual, si un país caía bajo una ideología hostil, los países vecinos le seguirían. Esta lógica dio forma a la política estadounidense en Vietnam, Centroamérica, Angola y Afganistán, inculcando en toda una generación de responsables políticos la convicción de que los conflictos locales pueden envolver al mundo y que la intervención estadounidense no solo es justificable, sino necesaria para evitarlo.

Abrams alcanzó notoriedad durante la administración de Reagan, cuando se desempeñó como subsecretario de Estado para derechos humanos y luego para asuntos interamericanos. En ese cargo defendió a gobiernos respaldados por Estados Unidos en Centroamérica en un momento en que esos regímenes cometían abusos de derechos humanos generalizados y bien documentados. Desestimó informes sobre atrocidades como la masacre de El Mozote, calificándolos de exagerados o manipulados—informes que investigaciones posteriores demostraron trágicamente ser ciertos.

Esto no fue un error aislado, sino una señal temprana de un patrón: la disposición a subordinar la realidad empírica a una narrativa ideológica.

A fines de la década de 1970 y comienzos de la de 1980, un grupo de intelectuales liberales —muchos originalmente demócratas—se desilusionó con la distensión y con lo que consideraban un repliegue estratégico estadounidense. Ese movimiento se conocería después como neoconservadurismo. Sus principales figuras—Irving Kristol, a menudo llamado su “padrino”, Norman Podhoretz, su voz polémica, y operadores de política como Richard Perle y Paul Wolfowitz—impulsaron un conjunto de argumentos que llegarían a definir una era: que los adversarios autoritarios eran inherentemente inestables y que Estados Unidos podía moldear resultados políticos en el extranjero mediante diversas formas de injerencia.

Abrams es un estratega intervencionista clásico dentro de esa tradición neoconservadora. Sus pronósticos suelen asumir que los regímenes autoritarios son internamente frágiles y relativamente fáciles de derrocar. Esa narrativa maduró en los años noventa y tantos y principios de los 2000 en una doctrina que definiría su carrera: la creencia de que el poder estadounidense podía y debía utilizarse para eliminar regímenes hostiles y que, una vez eliminados, algo parecido a la democracia surgiría. Abrams fue de quienes apoyaron el impulso para derrocar a Saddam Hussein mucho antes de los atentados del 11 de septiembre, alineándose con una escuela de pensamiento que veía el cambio de régimen no como último recurso, sino como instrumento estratégico.

Los resultados de ese experimento forman parte del registro histórico. Irak no se convirtió en el catalizador democrático que sus defensores imaginaron. En cambio, descendió a una prolongada inestabilidad, violencia sectaria y reconfiguración regional—resultados que chocan con las predicciones confiadas de la época.

Sin embargo, la confianza de Abrams en la fragilidad de los regímenes adversarios permaneció intacta. Cuando regresó al gobierno durante la administración de Trump como representante especial para Venezuela, volvió a sostener la expectativa de que una combinación de sanciones, aislamiento diplomático y presión interna conduciría rápidamente al colapso del gobierno de Nicolás Maduro. Esa predicción también resultó errónea. Maduro permaneció en el poder hasta que recientemente fue secuestrado por fuerzas especiales estadounidenses, mientras que el movimiento opositor reconocido por Estados Unidos en gran medida se disolvió. Y aun cuando el gobierno fue decapitado, sigue esencialmente intacto.

John Bolton opera desde un conjunto de supuestos estrechamente relacionados, y quizás aún más francos. Mientras Abrams suele enmarcar la intervención en el lenguaje de la promoción de la democracia, Bolton prescinde de esa retórica y habla abiertamente de poder, de la eliminación de supuestas “amenazas” y de la acción preventiva. A lo largo de su carrera—como subsecretario de Estado, embajador ante las Naciones Unidas y asesor de seguridad nacional—ha abogado por acciones militares o presión coercitiva contra Irak, Irán y Corea del Norte, entre otros.

El historial predictivo aquí no es más tranquilizador. El gobierno de Irán no colapsó tras décadas de sanciones. Corea del Norte no ha abandonado su programa nuclear. La expectativa de que la presión por sí sola produciría capitulación ha chocado repetidamente con la realidad de que los regímenes autoritarios, lejos de desmoronarse, suelen consolidarse ante amenazas externas.

Abrams y Bolton no son casos aislados. Forman parte de una tradición más amplia de pensamiento en política exterior cuya confianza predictiva ha superado con frecuencia su precisión empírica.

De hecho, la historia moderna de la política exterior estadounidense está marcada por fallas de anticipación que atraviesan líneas ideológicas. Las élites de inteligencia y de política no previeron la caída del Shah de Irán en 1979. Por el contrario, Irán era ampliamente considerado un pilar de estabilidad regional. Tampoco anticiparon el rápido colapso de la Unión Soviética, durante mucho tiempo asumida como una superpotencia duradera. Y fueron sorprendidas por la Primavera Árabe, que desbarató la suposición dominante de que los regímenes autoritarios de Oriente Medio eran en gran medida inmunes a levantamientos políticos masivos. No se trató de errores marginales, sino de fallas sistémicas para comprender cómo y cuándo los regímenes colapsan—o perduran.

Considérese nuevamente el caso de quienes promovieron la guerra de Irak como catalizador de una transformación democrática en todo Oriente Medio. La expectativa, articulada con claridad por funcionarios como Paul Wolfowitz, era que la eliminación de Saddam Hussein desencadenaría una ola de liberalización en la región. Lo que siguió fue fragmentación, conflicto civil y la expansión de la influencia regional de rivales de Estados Unidos—desarrollos que poco se parecían al pronóstico original. El ejemplo más evidente de consecuencias no previstas es Irán.

Fue un fracaso asombroso de estos funcionarios no conectar los puntos: Irak es un país de mayoría chiita, gobernado durante mucho tiempo por un régimen dominado por sunitas que reprimía la expresión política y religiosa chiita. Muchos de los líderes chiitas que emergieron después de 2003 habían pasado años exiliados en Irán durante el régimen de Saddam, donde desarrollaron vínculos institucionales, ideológicos y personales con el Estado iraní. Partidos como el Partido Dawa y el Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak (luego ISCI) regresaron a Irak con respaldo iraní, experiencia organizativa y, en algunos casos, alas armadas entrenadas o apoyadas por entidades iraníes. Irónicamente, la influencia de Irán consolidó poderosos partidos y milicias chiitas para quienes la oposición a Estados Unidos se convirtió en un principio político y estratégico central.

Una profecía aún más amplia fue el optimismo posterior a la Guerra Fría asociado con la tesis del “fin de la historia” de Francis Fukuyama, que sugería que la democracia liberal había triunfado como forma final de organización política. Esa visión, ampliamente adoptada en círculos políticos y mediáticos en la década de 1990, subestimó tanto la resiliencia como la adaptabilidad de los sistemas autoritarios. Las décadas posteriores—marcadas por el ascenso de China, la reafirmación del expansionismo ruso y el retroceso democrático en múltiples regiones—han vuelto esa confianza infundada, por decirlo suavemente.

En el otro extremo, los pensadores de la realpolitik tampoco han tenido mejor desempeño en materia de predicción. Henry Kissinger, pese a su agudeza estratégica, no anticipó la velocidad del colapso soviético y sobrestimó la durabilidad de arreglos geopolíticos como la viabilidad de Vietnam del Sur tras la retirada estadounidense. Incluso George Kennan, cuyo análisis de largo plazo sobre el declive soviético resultó certero, juzgó mal cómo se implementaría la contención y más tarde advirtió—correctamente, según algunos—sobre consecuencias que los responsables políticos decidieron ignorar.

Existe, sin embargo, una similitud estructural que ayuda a explicar no solo por qué estas voces reaparecen, sino por qué sus patrones analíticos convergen con tanta frecuencia. Las figuras que más consistentemente se presentan como intérpretes autorizados de la política exterior estadounidense—Abrams, Bolton, Wolfowitz, Kissinger, Fukuyama—provienen de un notablemente estrecho circuito educativo e institucional. La mayoría se formó en un pequeño grupo de universidades de élite—Harvard, Yale, Cornell, Chicago—durante un período en que el estudio de las relaciones internacionales estaba dominado por supuestos de la Guerra Fría sobre conflicto ideológico, rivalidad entre grandes potencias, y la centralidad del liderazgo y el “excepcionalismo” estadounidense.

Muchos de ellos también transitaron por los mismos circuitos profesionales: el Consejo de Seguridad Nacional, el Departamento de Estado, el Pentágono y un reducido conjunto de centros de pensamiento como el American Enterprise Institute y el Council on Foreign Relations. Dentro de este ecosistema, las ideas circulan, se refuerzan entre sí y adquieren la autoridad de lo familiar. Con el tiempo, esto produce menos diversidad de perspectivas y más pensamiento grupal.

La prevalencia de formación jurídica entre algunos de estos actores agudiza aún más esta tendencia. Los abogados están entrenados para construir argumentos coherentes, defender posiciones con confianza e imponer orden a patrones fácticos complejos. Son habilidades valiosas. Pero en el ámbito de la política exterior pueden fomentar una sobreestimación de cuán receptiva será la realidad a planes bien estructurados y una subestimación de cuán resistentes pueden ser los sistemas políticos a la presión externa.

A esta continuidad institucional se suma una continuidad demográfica. Las voces más prominentes en esta tradición han sido, con pocas excepciones, hombres blancos alineados con administraciones republicanas o redes políticas conservadoras. Así, un conjunto relativamente estrecho de experiencias ha moldeado la forma en que se enmarcan los problemas y se imaginan las soluciones—particularmente en regiones donde la historia, la identidad y la cultura política no se ajustan fácilmente a supuestos occidentales. El asombroso fracaso en anticipar que Irán tomaría represalias contra Estados Unidos y descompondría el mundo cerrando el estrecho de Ormuz en la guerra actual es un ejemplo elocuente.

Al mismo tiempo, la selección de estas voces no puede separarse por completo de las presiones que enfrentan las instituciones mediáticas que les dan plataforma. Las grandes cadenas han pasado años bajo ataques políticos sostenidos por presunto sesgo liberal. Una respuesta —sutil pero visible— ha sido destacar figuras asociadas con posturas duras o conservadoras como forma de proyectar equilibrio. Sin embargo, ese intento de balance puede elevar a analistas cuyas opiniones se alinean no solo con una tradición ideológica particular, sino también con intereses institucionales arraigados, incluidos aquellos vinculados a la política de defensa, las burocracias de seguridad nacional y el complejo de seguridad y militar-industrial. El resultado es un discurso inclinado hacia la confrontación y la coerción, incluso cuando el registro histórico ofrece poco respaldo a su eficacia.

Lo que caracteriza a Abrams, Bolton, etcétera, es que sus errores siguen un patrón notablemente consistente: la reiterada suposición de que la presión externa deshará rápidamente regímenes que resultan mucho más resilientes. En su extremo, esa suposición postula la capacidad de Estados Unidos para dominar el mundo a voluntad simplemente lanzando bombas.

En suma, el error sistemático no es la excepción, sino la norma, y la confianza contaminada por hubris no es un indicador fiable de acierto.

¿Por qué, entonces, estas voces siguen teniendo tanta prominencia?

Parte de la respuesta radica en la naturaleza de la televisión. La certeza simplista vende mejor que el matiz. Las predicciones formuladas con seguridad por exfuncionarios, generales y otros usuales personajes, incluso cuando han sido refutadas repetidamente, resultan más atractivas que evaluaciones cautelosas basadas en probabilidades y desprovistas de fanfarronería. Otra parte radica en la incapacidad o falta de voluntad de las cadenas para consultar una agenda de contactos con nuevas voces.

Un giro trumpiano a ese hábito es un Congreso castrado y la sustitución de voces diversas en el gabinete por serviles aduladores que acuden a la pantalla como polillas a una lámpara.

También existe un problema que trasciende a cualquier cadena en particular. En el discurso público estadounidense, la rendición de cuentas en política exterior es notablemente débil. Rara vez se evalúa a los analistas por la precisión de sus predicciones. No existe un registro donde se contabilicen las predicciones pasadas antes de solicitar nuevas opiniones. El resultado es un parroteo perpetuo, en el que el mismo discurso explica la siguiente crisis con la misma confianza que acompañó a la anterior.

Esto importaría menos si las consecuencias fueran menores. No lo son.

Amaury Cruz es escritor, activista político y abogado retirado residente en Carolina del Sur. Tiene una licenciatura en ciencias políticas y un doctorado en derecho.
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