Nuestros recuerdos (verosímiles o no) de Hemingway

Podría escribirse un volumen de anécdotas nostálgicas, curiosas y probablemente exageradas, sobre cada uno de nuestros Hemingway personales. Entre las memorias que guardo de mi infancia, recuerdo aquel día en que mis hermanos y yo paseábamos por La Habana Vieja cuando mi padre gritó: ¡Mira a Hemingway!

Ernest Miller Hemingway tropezó con Cuba el 1ro de abril de 1928. Fue un leve y efímero encuentro. Arribó a La Habana tarde en la noche, junto a su flamante segunda esposa Pauline Pfeifffer. Llegaron en el vapor Orita, procedente del puerto de La Rochele, en la costa oeste de Francia, con rumbo a Cayo Hueso, y con escala de pocas horas en La Habana.

Muchos afirman que la joven pareja se alojó en el Hotel Ambos Mundo, de la Habana Vieja; que pasearon por las calles de la añeja ciudad y que quedaron fascinados con este primer encuentro con La Habana.

En mi opinión no pudo ser así. Primeramente, porque el Orita llegó muy tarde en la noche. Por otro lado, el hotel Ambos Mundos no era un lugar típico de turistas, y lo más probable es que los Hemingway alquilaran un taxi al salir del control de la aduana del puerto. Si los recién llegados le pidieron al taxista que les recomendara un hotel cercano al puerto para pasar la noche –el Orita zarpaba muy temprano, antes del amanecer- casi seguro que ese chofer de alquiler, como cualquier otro chofer del gremio, les hubiera recomendado el Hotel Pasaje, en el Prado habanero, un hotel bien conocido por los turistas, con baño en cada habitación y el primero con elevador hidráulico desde su inauguración.

Otra posibilidad pudo ser el Hotel Sevilla, también en el Prado. Pero en una carta del 30 de mayo de 1932 a su amigo, el escritor John Dos Passos, Hemingway le recomienda el Hotel Ambos Mundo, y le dice que el Pasaje quebró, lo que da a entender que Hemingway, recién acababa de conocer el Ambos Mundos porque ya no había Hotel Pasaje. Aquí está el párrafo de la carta en el que Hemingway hace su recomendación:

 

 

 

 

 

 

 

“At this hotel –Ambos Mundos- you can get a good clean room with bath right overlooking the harbor and the cathedral -see all the neck of the harbor and the sea for $2.00-2.50 for two people. Write the name down –Pasajes (sic) closed –went broke.” (sic.)[1]

Pero esa supuesta “idílica”, “romántica” y “mágica” noche tropical del 1ro de abril de 1928, caminando por las calles de La Habana y pernoctando en el Ambos Mundo pasó a ser parte de la leyenda Hemingway en Cuba, aunque no haya evidencia alguna de su registro en dicho hotel.  Tampoco hay certeza sobre la estancia de los Hemingway en el Hotel Pasaje. Este cerró después de 1928 -como comenta Hemingway en su carta- sin dejar rastro del paso de sus huéspedes, ni de su proverbial esplendor, en la memoria colectiva.

Hemingway regresó a Cuba en 1932. La razón principal de su visita a La Habana fue su pasión por la pesca de la aguja en las aguas de la Corriente del Golfo. Hizo del Hotel Ambos Mundos su cuartel general de pesca, hasta que, ya separado de Pauline en 1938, y ahora con su futura tercera esposa, la periodista Martha Gellhorn, alquiló una antigua finca en las afueras de la capital cubana. La pareja finalmente compró la finca con los royalties de la novela Por quién doblan las campanas. Su nuevo hogar se llamaba Finca Vigía, ubicada en el periférico pueblo de San Francisco de Paula, al sureste de la capital.

Hemingway era un americano diferente. No se comportaba como el típico turista norteño, y ante los ojos del cubano común y corriente, adquirió un aura especial.

Hemingway llegó a ser una presencia habitual en esa zona de La Habana que abarca la Avenida del Puerto y los muelles, las calles O´Reily y Obispo, Monserrate y Zulueta (donde están El Floridita, La Zaragozana, y Sloppy Joe´s, entre otros establecimientos) y el Paseo del Prado hasta el Paseo del Malecón, en cuya intersección se encontraba entonces el restaurante El Centro Vasco, muy visitado por los Hemingway.

Tan común era su presencia en la ciudad que pronto pasó a formar parte de las experiencias y anécdotas de los habaneros de la época. Muchos llegamos a tener nuestro Hemingway particular.

Entre las memorias que guardo de mi infancia, recuerdo aquel día en que mis hermanos y yo paseábamos por La Habana Vieja con mi padre en el pequeño automóvil Simca Aronde de la familia, cuando súbitamente mi padre gritó: – ¡Mira a Hemingway! -, como quien alerta sobre la presencia del elefante del circo nacional suelto en medio de la calle. Todos miramos por las ventanillas del auto y vimos a un señor de barba canosa y gorra de visera larga, con gafas oscuras, vestido con unos shorts y una camisa blanca de mangas cortas, que caminaba con paso tranquilo por la acera.

También mi esposa, Cary Duranza, cuenta que ella en cierta ocasión bebió –supongo que leche de biberón- en compañía de su padrino Jaime Bofill y del mismísimo Ernest Hemingway. Bofill había sido combatiente de las Brigadas Internacionales y comisario político de la 101 Brigada, bajo el mando de Valentín Gonzáles, “El Campesino”, durante la Guerra Civil Española, y allá conoció a Hemingway.

Presuntamente, Cary fue “raptada” por su padrino, siendo aún una bebita, un día que éste pasó por su casa, de camino a San Francisco de Paula, a visitar a su “hermano de armas” en su finca. La anécdota aún resuena en su familia.

También recuerdo aquella anécdota de la periodista Ilse Bulit, de cuando, aún adolescente, conoció personalmente a Hemingway en casa de su tía Leopoldina, la del Floridita, la amiga íntima del escritor. Ilse lo recuerda de pie en el apartamento de su tía, vistiendo camisa blanca de mangas cortas, pantalones cortos tipo Bermudas, calzando unas sandalias sin medias y oliendo a sudor y a alcohol. Papa Hemingway le llevaba dinero a la tía Leopoldina -por entonces muy enferma-, puntualmente todos los meses. Ilse afirma que parte de esa ayuda monetaria financió parcialmente el costo de sus materiales escolares. Hemingway fue la única persona que asistió al funeral de Leopoldina, y además corrió con los gastos funerarios.

En el Museo Hemingway se conservan recuerdos de la infancia que atesoraba Oscar Blas Fernández Mesa, alias Cayuco jonronero, el de Las Estrellas de Gigi, aquel equipo infantil de pelota que Hemingway creó con los fiñes de San Francisco de Paula para que su hijo Gregory (alias Gigi) curtiera su carácter varonil.

Podría escribirse un volumen de anécdotas nostálgicas, curiosas y probablemente exageradas, sobre cada uno de nuestros Hemingway personales.

La popularidad de Hemingway en Cuba también residía en que era un escritor famoso que escribía sobre Cuba y que vivía en Cuba. Su casa estaba en la humilde localidad de San Francisco de Paula y la base de su yate, en Cojimar, un pueblito de pescadores.

Hemingway tuvo algunos admiradores entre los intelectuales y artistas cubanos. Entre ellos están los pintores Antonio Gattorno y Gabriel Castaño, los escritores Enrique Serpa, Lino Novás Calvo, Salvador Bueno, Fernando G. Campoamor, José Rodríguez Feo, Lisando Otero, y Roberto Fernández Retamar. Este último lo entrevistó en 1948, en Finca Vigía, con apenas 18 años de edad, junto con la hija del escritor cubano Carlos Montenegro.

En 1960 Hemingway participó por última vez en el Torneo de la Pesca de la Aguja que llevaba su nombre. En aquel evento participaron los comandantes rebeldes Fidel Castro Ruz y Ernesto Guevara de la Serna, ambos en la misma embarcación. El comandante Guevara parecía nada interesado en la competencia, pero Fidel sí estaba muy entusiasmado con el evento, y aspiraba a ganar el primer premio.

Y así fue. Hemingway le entregó la copa del premio y se cuenta que después de la ceremonia de premiación, ambos fueron a almorzar a Barlovento, una marina en el oeste de la capital.

Se dice también que cierta prensa estadounidense publicó que, en aquella ocasión, un submarino soviético enganchó en el anzuelo de Fidel -secreta y “submarinamente”-, enormes peces agujas, previamente capturados, para que ganara la competencia.

En 1961, tras su deceso, el suplemento literario Lunes de Revolución le rindió póstumo homenaje al escritor en su número 118.

Papa aseguró sentirse un cubano más, natural de Cojimar, “…más o menos mi patria.”, dijo. En una entrevista para la televisión cubana en ocasión de su Premio Nobel de Literatura, en 1954, declaró en su peculiar español que “Soy muy contento de ser el primer cubano sato a ganar este premio.”

En 1962, su cuarta esposa, Mary Welsh, retornó a La Habana y dejó por escrito de su puño y letra – sin mediación notarial – una nota donde donaba la finca al pueblo de Cuba. Fidel Castro, entonces Primer Ministro de la República, decidió fundar allí la Casa Museo Hemingway, para preservar y difundir el legado del escritor.

El paso de Hemingway por Cuba dejó un largo rastro y muchas huellas aun sin aclarar o estudiar. Pero esa es otra historia y en su momento será contada…

[1]Baker, Carlos, Ernest Hemingway, Selected Letters 1917-1961, New York, 1981, Charles Scribner´s Sons, P.360.

Mario Masvidal Saavedra.
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