
Declaración de la Coalición Budista por la Democracia sobre Cuba
Durante más de dos generaciones, salvo por un breve período de distensión bajo Obama, Estados Unidos ha llevado a cabo una campaña creciente de guerra económica contra Cuba: un embargo comercial casi total, aislamiento financiero, sanciones extraterritoriales y otras restricciones punitivas —la antítesis del Camino Octopartito. Un memorando oficial expresó claramente el objetivo de la política: privar a la isla de dinero y suministros para “provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”. La administración Trump ha intensificado estas medidas, incluyendo un nuevo giro: un bloqueo total de petróleo mediante el uso combinado de presión internacional y fuerza militar estadounidense.
Cuba produce solo el cuarenta por ciento del petróleo que necesita. El sesenta por ciento restante provenía principalmente de Venezuela y México, y en muy pequeña medida de Argelia y Rusia. Estados Unidos puso fin a los envíos desde Venezuela tras asumir el control de su industria petrolera y presionó a México para que cesara sus exportaciones. La llamada “flota en la sombra” que transporta petróleo ruso no puede abastecer a la isla porque los barcos son interceptados en el mar Caribe. Estos actos nocivos surgen del apego (tanhā) a la tierra, los recursos y el prestigio, y del aferramiento a la identidad (“imperio”, “civilización”, “destino manifiesto”). Como resultado, Cuba se encuentra en una espiral descendente y es probable que sufra un colapso total en cuestión de semanas, lo que se prevé causará enfermedades y muertes generalizadas.
Desde una perspectiva budista, este enfoque de “olla de presión”, sellado por el embargo petrolero, está éticamente invertido. El budismo comienza con el reconocimiento de dukkha (sufrimiento) y busca su cesación. Fabricar deliberadamente sufrimiento como instrumento de política contradice ese propósito. En la ética budista, el daño intencional es malsano (akusala); explotar la privación como palanca contradice la compasión (karuṇā); y los fines deseables no purifican medios destructivos. La intención es kármicamente decisiva.
Más allá del bloqueo petrolero y del embargo económico, la política estadounidense ha incluido apoyo a complots de asesinato, sabotaje económico, propaganda e incursiones armadas. Tales actividades surgen de la aversión y del deseo de control más que de la renuncia o la buena voluntad. La “olla de presión” y estas otras acciones torpes o malsanas no han producido democracia, liberalización ni mejoras en los derechos humanos. Han producido escasez, muertes evitables, deterioro del sistema de salud, malnutrición e inseguridad crónica para la población común. Previsiblemente, también han reforzado una mentalidad de asedio en el liderazgo cubano y han proporcionado chivos expiatorios convenientes para los fracasos internos. Décadas de hostilidad (dvesha) han afianzado más el autoritarismo de lo que lo han debilitado.
La coerción es lo opuesto a la conducta correcta (sīla), y las causas malsanas no producen resultados sanos. Entre esos resultados se incluyen el colapso del renombrado sistema de salud cubano, con una grave escasez de medicamentos y suministros básicos; la parálisis del transporte público y privado; y la pérdida del turismo del cual depende una parte significativa de la población para su sustento. En La Habana la basura ya se acumula, los precios de los alimentos se disparan, las escuelas cancelan clases y los hospitales suspenden cirugías. El país sufre apagones eléctricos generalizados que también afectan el funcionamiento de los sistemas de agua y saneamiento.
Visto a la luz de los principios budistas —no dañar (ahiṃsā), compasión (karuṇā), intención correcta y acción correcta (sammā-kammanta)—, esta política es profundamente inmoral. Seis décadas de evidencia sugieren que fabricar dukkha afianza el trauma y la hostilidad en lugar de liberar a las sociedades. Una alternativa humana fundamentaría la política en el diálogo, la dignidad y el alivio genuino del sufrimiento.
Nos oponemos a la continuación y escalada de esta estrategia fracasada y hacemos un llamado a políticas basadas en la dignidad humana y el diálogo, con el objetivo del alivio auténtico del sufrimiento —en otras palabras, la acción correcta.
