
¿Se están produciendo cambios fundamentales en el electorado cubano de Miami?
Durante décadas, los cubanoamericanos fueron tratados como un bloque monolítico. Los republicanos no solo ganaban el voto cubano, sino que también lo heredaban.
Durante más de medio siglo, la política cubanoamericana en Miami ha girado en torno a una sola palabra: comunismo.
Esa palabra ha definido elecciones, moldeado lealtades y convertido contiendas municipales —sobre baches, zonificación o basura— en referendos sobre Fidel Castro. Durante décadas, los candidatos no necesitaban planes: bastaba con consignas. Invocar el socialismo, agitar la bandera del exilio y la victoria estaba prácticamente asegurada.
Pero la elección a la alcaldía de Miami en 2025 sugiere que esa era empieza a resquebrajarse.
La victoria de Eileen Higgins —la primera alcaldesa demócrata de la ciudad en casi 30 años— no fue un accidente. Fue el resultado de cambios reales en el comportamiento electoral entre blancos, afroamericanos, independientes y, de manera especialmente significativa, entre los cubanoamericanos.
Algo profundo está ocurriendo en el electorado cubano de Miami.
La vieja fórmula está perdiendo fuerza
Durante décadas, los cubanoamericanos fueron tratados como un bloque monolítico. Los republicanos no solo ganaban el voto cubano, sino que también lo heredaban.
La lógica era emocional, histórica y comprensible. Muchos exiliados de primera generación huyeron de una dictadura. La política no era teórica; era supervivencia. El anticomunismo no era ideología: era identidad.
Pero la política basada únicamente en la identidad también tiene fecha de vencimiento.
En 2025, la retórica anticomunista por sí sola no bastó para retener la alcaldía de Miami — ni siquiera con el respaldo de figuras nacionales republicanas y advertencias constantes sobre el “peligro socialista”.
Eso, bajo las reglas políticas del pasado, habría sido impensable.
Ya no lo es.
Lo que revelan los números
En la segunda vuelta electoral, los votantes afroamericanos hicieron lo que han hecho durante generaciones: votaron abrumadoramente por la candidata demócrata, otorgándole en muchos distritos entre el 85 y el 90 por ciento de los votos.
Eso no fue novedad.
Los votantes blancos, especialmente en zonas urbanas como Brickell, Edgewater y Downtown, también se inclinaron con fuerza hacia Higgins, superando el 60 por ciento en numerosos precintos. No votaron por ideología. Votaron por el costo de la vida, los seguros impagables, las inundaciones, el tráfico y el agotamiento por el desgobierno municipal.
Pero el cambio políticamente más significativo ocurrió en los distritos con alta población cubana.
Barrios que respaldaron a los republicanos en la elección presidencial de 2024 mostraron un giro claro en la elección municipal de 2025. En partes de la Pequeña Habana, Flagami y el oeste de Brickell, el margen demócrata aumentó lo suficiente como para definir el resultado final.
No fue una avalancha cubana.
Fue algo mucho más peligroso para el dogma político: movimiento.
Del exilio a la ciudadanía
Una transformación silenciosa está en marcha.
Cada vez más cubanoamericanos—especialmente los más jóvenes, pero también muchos mayores—comienzan a separar las batallas simbólicas del extranjero de los problemas concretos en casa.
Empiezan a hacerse preguntas sorprendentemente normales:
- ¿Por qué los maestros no pueden vivir en la ciudad donde trabajan?
- ¿Por qué los seguros están destruyendo a los pequeños negocios?
- ¿Por qué el alquiler sube mientras los salarios se estancan?
- ¿Por qué el Ayuntamiento parece un club privado?
Estas no son preguntas socialistas. Son preguntas de propietarios. Son preguntas de vecinos. Son preguntas profundamente estadounidenses.
Y cada vez influyen más en cómo votan los cubanos —sobre todo en elecciones locales donde La Habana no vota, pero Miami sí.
El mito del “peligro comunista” en el Ayuntamiento
La narrativa tradicional sostiene que todo demócrata en Miami representa una pendiente hacia Venezuela, Cuba o Nicaragua.
Sin embargo, Miami ha sido gobernada casi exclusivamente por republicanos durante tres décadas — y aun así, la vivienda es inalcanzable, el tráfico es insoportable y los escándalos de corrupción son frecuentes.
En algún momento, el miedo deja de funcionar.
No se puede culpar eternamente a La Habana por las inundaciones en Miami. No se puede gritar “comunismo” mientras se aprueban torres de lujo que expulsan a familias trabajadoras sin que la gente comience a preguntarse quién se beneficia realmente del pánico.
La elección de 2025 indica que muchos cubanoamericanos ya se están haciendo esa pregunta.
No es ideología: es lo local
Este cambio no significa que los cubanoamericanos se estén volviendo liberales. La mayoría no lo son. Muchos votaron por el republicano para presidente en 2024 — y votaron diferente apenas un año después para alcalde.
Ese voto dividido es la señal más clara de madurez política. Significa que ya no se vota solo desde la emoción, sino desde la realidad.
Elección nacional: pesa la ideología. Elección local: pesan los resultados.
Eso no es traición. Eso es ciudadanía.
Una advertencia para ambos partidos
Los republicanos deberían estar preocupados.
Cuando el voto cubano deja de responder automáticamente a los mensajes de la Guerra Fría, las elecciones deben ganarse de la manera más difícil: con propuestas, competencia y credibilidad.
Los demócratas tampoco deberían celebrar demasiado pronto.
Los cubanos no abrazaron un partido. Rechazaron el desgobierno.
Si el nuevo liderazgo fracasa en ofrecer vivienda asequible, transparencia y servicios básicos, estos mismos votantes se marcharán con la misma rapidez.
El voto cubano no se está realineando. Se está liberando.
Miami está creciendo políticamente
Lo ocurrido en 2025 no fue una revolución ideológica. Fue una normalización.
El electorado de Miami —incluidos los cubanoamericanos— comienza a parecerse al resto del país: diverso, complejo, pragmático e impredecible.
Esa imprevisibilidad es saludable.
Significa que ningún grupo vota por inercia. Ningún partido es dueño de nadie. Y ningún trauma histórico puede reutilizarse eternamente para justificar los fracasos del presente.
Los cubanoamericanos no están abandonando su historia. La están ampliando. Ya no votan solo como exiliados aferrados al ayer, sino como ciudadanos construyendo el mañana.
Y esa puede ser la transformación política más estadounidense que Miami haya vivido en una generación.
