La insensatez de la política de Estados Unidos hacia Cuba

Durante más de sesenta años, Washington se ha aferrado a una política que ha fracasado en casi todos los sentidos.

La historia suele repetirse, no porque falten lecciones, sino porque quienes elaboran las políticas con frecuencia eligen ignorarlas. En The March of Folly, la historiadora Barbara Tuchman detalló cómo gobiernos a lo largo de los siglos han seguido políticas que no solo eran equivocadas, sino también contraproducentes. Desde Troya hasta Vietnam, el patrón fue el mismo: los líderes avanzaron incluso cuando la evidencia les aconsejaba detenerse.

Ese patrón no terminó en 1984, cuando Tuchman publicó su libro. Persiste hoy, y pocos ejemplos lo muestran con tanta claridad como la política de décadas de Estados Unidos hacia Cuba.

Durante más de sesenta años, Washington se ha aferrado a una política que ha fracasado en casi todos los sentidos. Lo que comenzó bajo el presidente Dwight D. Eisenhower en 1960 como un embargo económico se ha convertido en una de las decisiones de política exterior más duraderas —y menos eficaces— de la historia moderna estadounidense. A pesar de los cambios de líderes, ideologías y condiciones globales, la estrategia principal ha permanecido prácticamente igual.

Los resultados hablan por sí solos. El embargo no ha logrado un cambio de régimen. No ha debilitado de manera significativa al gobierno cubano. Y ciertamente no ha traído a la isla una democracia al estilo estadounidense. Lo que sí ha hecho, sin embargo, es imponer dificultades profundas y duraderas a los cubanos de a pie: restringiendo el acceso a bienes, limitando el crecimiento económico y haciendo la vida cotidiana más difícil de maneras reales y profundamente humanas.

Atribuir estas condiciones únicamente al sistema interno de Cuba, mientras se ignora la presión externa ejercida por Estados Unidos, es pasar por alto una parte clave de la historia. Las sanciones de esta magnitud no son neutras: influyen en los resultados. Y en este caso, han provocado escasez, al tiempo que han proporcionado al gobierno cubano un enemigo externo conveniente y duradero contra el cual movilizarse.

Para los estadounidenses, los costos han sido significativos, aunque distintos. El embargo ha supuesto renunciar a vínculos económicos con un país cercano, rico en cultura, recursos y potencial. Ha limitado las oportunidades de comercio, inversión y colaboración que podrían haber beneficiado a ambas naciones. En un momento en que competidores globales buscan expandir su presencia en el Caribe, Estados Unidos se ha marginado a sí mismo.

Sin embargo, la política se mantiene, impulsada más por la inercia política interna que por un razonamiento estratégico. El problema es que, durante casi 70 años, la política exterior hacia Cuba no ha estado determinada por el Departamento de Estado, sino por “La Pequeña Habana”, hogar de acaudalados partidarios cubanos del dictador Fulgencio Batista, quienes huyeron a Miami tras ser derrocados por Fidel Castro en 1959. Lo cierto es que, cuando la política nacional se fundamenta más en agravios históricos que en realidades actuales, corre el riesgo de perder efectividad.

Esta dinámica es especialmente evidente hoy, cuando resurgen en Washington los llamados a adoptar medidas más agresivas contra Cuba. La retórica de escalada —ya sea mediante sanciones más severas, acciones legales contra funcionarios cubanos o incluso propuestas de intervención militar— refleja el mismo pensamiento erróneo contra el que advirtió Tuchman: intensificar los esfuerzos para corregir un fracaso en lugar de reevaluarlo.

La idea de una confrontación militar con Cuba no solo es peligrosa, sino también irracional. Cuba no representa una amenaza significativa para la seguridad nacional de Estados Unidos. Carece tanto de la capacidad como del interés para desafiar el poder estadounidense de manera convencional. Presentarla como tal es crear una justificación falsa para políticas que ya han demostrado ser ineficaces.

Si el objetivo es un cambio real en Cuba, seis décadas de evidencia conducen a una conclusión simple: el aislamiento no funciona. El compromiso podría lograrlo.

Abrir canales de comercio, viajes y comunicación no garantizaría el cambio, pero sí crearía condiciones en las que los cubanos tendrían mayor acceso a ideas, recursos y oportunidades. Cuando el cambio ocurre, es mucho más probable que surja desde dentro de la sociedad que sea impuesto desde el exterior.

Poner fin al embargo no es un acto de concesión; es un reconocimiento de la realidad. Significa sustituir una política de la era de la Guerra Fría por otra basada en el pragmatismo y el beneficio mutuo. También implica la voluntad de tratar a Cuba no como un adversario permanente, sino como un vecino.

La principal advertencia de Tuchman no fue solo que los gobiernos cometen errores, sino que los mantienen incluso cuando esos errores ya son evidentes. La política de Estados Unidos hacia Cuba es un claro ejemplo de esa persistencia.

La pregunta ahora es si Washington está dispuesto a romper finalmente ese patrón, o si esto también será simplemente otro capítulo en la continua marcha de la insensatez.

Leave a comment