La estrategia contradictoria de Washington hacia Cuba

Washington parece estar estrangulando simultáneamente la economía cubana mientras corteja a quienes la controlan desde dentro.

En la diplomacia, a quién eliges hablarle suele importar tanto como lo que dices. Informes recientes del Miami Herald y comentarios del secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, sugieren que Washington podría estar intentando algo inusual: presionar a Cuba hasta el límite mientras explora discretamente contactos por canales traseros con la misma estructura de poder que condena públicamente.

Según el Herald, Rubio ha sostenido conversaciones con el coronel Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro y figura clave en el opaco entramado militar-empresarial cubano. Rodríguez Castro supervisa presuntamente los intereses económicos de GAESA, el conglomerado de las Fuerzas Armadas que domina el turismo, el comercio minorista, las finanzas y la captación de divisas en la isla. En otras palabras, y según el Miami Herald, Washington no estaría hablando con el gobierno formal de Cuba, sino con la red familiar ampliamente considerada como la verdadera autoridad.

De ser cierto, esto, por sí solo, revela una verdad fundamental, durante mucho tiempo negada en el discurso público: el poder real en Cuba no fluye necesariamente a través de la oficina del presidente Miguel Díaz-Canel. Fluye a través de las Fuerzas Armadas, la jerarquía del Partido Comunista y, sobre todo, la familia Castro. Si Estados Unidos ahora está tratando a un nieto de Castro como interlocutor, reconoce tácitamente esa realidad.

Al mismo tiempo, la administración Trump ha intensificado la presión sobre La Habana al cortar las fuentes externas de sustento, en particular los envíos de petróleo que antes suministraba Venezuela. La presunta captura del líder venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y las especulaciones sobre un equivalente cubano a la figura venezolana Delcy Rodríguez subrayan hasta qué punto la administración contempla la política regional desde una óptica de cambio de régimen.

Sin embargo, esta estrategia genera una contradicción evidente: Washington parece estar estrangulando simultáneamente la economía cubana mientras corteja a quienes la controlan desde dentro.

Presión sin plan

En una entrevista con Bloomberg News, realizada por su director editorial, John Micklethwait, Rubio sostuvo que el problema central de Cuba no es las sanciones estadounidenses, sino un modelo económico fallido. Describió a la isla como un país sin “una economía real” que ha sobrevivido históricamente gracias a subsidios — primero de la Unión Soviética y luego del petróleo venezolano bajo Hugo Chávez.

Hay parte de verdad en esa evaluación. El sistema cubano centralizado ha tenido dificultades para generar productividad, inversión o exportaciones suficientes. La escasez crónica, la infraestructura deteriorada y la emigración masiva evidencian profundas disfunciones estructurales.

Pero el encuadre de Rubio omite una realidad igualmente importante: la presión externa magnifica las debilidades internas. Cortar el suministro de combustible a una isla dependiente de la energía no solo expone ineficiencias económicas, sino que también paraliza el transporte, la distribución de alimentos, los hospitales y la generación eléctrica. El Herald describe condiciones que rozan el colapso social: apagones de días enteros, cirugías suspendidas, basura acumulándose en las calles, vuelos cancelados, hoteles cerrados y desempleo inminente.

Estos no son resultados abstractos de política pública. Son consecuencias humanitarias.

Rubio insiste en que Estados Unidos está ofreciendo ayuda humanitaria a través de la Iglesia católica, un canal diseñado para evitar al Estado cubano. Aunque loable, dicha asistencia no puede sustituir a una economía. Los paquetes de alimentos y medicamentos pueden aliviar temporalmente el sufrimiento, pero no reconstruyen los centrales eléctricas ni reactivan la industria.

Hablar con el poder

La decisión de involucrar a Rodríguez Castro es especialmente reveladora porque representa continuidad, no reforma. Como parte de la red de GAESA, está vinculado al mismo sistema que Washington critica: una economía controlada por los militares que canaliza beneficios al Estado mientras los cubanos comunes luchan por sobrevivir.

Si el objetivo fuera una transformación democrática, cabría esperar acercamientos a la sociedad civil, a emprendedores independientes u a opositores políticos. En cambio, el contacto se dirige a los guardianes del statu quo.

¿Por qué? Porque los responsables políticos estadounidenses probablemente reconocen que ningún cambio significativo en Cuba puede ocurrir sin el consentimiento de quienes controlan el aparato de seguridad y la economía. Negociar solo con el presidente cubano sería simbólico; negociar con el círculo íntimo de los Castro podría ser decisivo.

Pero eso también significa que cualquier acuerdo probablemente preservaría la estructura central del poder, sustituyendo las concesiones económicas por la supervivencia del gobierno.

Política interna en Miami

La presión sobre La Habana también está impulsada por la política doméstica estadounidense, en particular en el sur de Florida. Los sectores más duros del exilio cubano han defendido durante años una estrategia de “máxima presión”, que incluye restricciones a viajes, remesas y comercio.

Tales demandas tienen resonancia política, pero corren el riesgo de cerrar las salidas diplomáticas. La historia sugiere que los regímenes sometidos a amenazas existenciales tienden a endurecerse, no a liberalizarse.

Los aliados piden negociación, no colapso

Mientras tanto, los socios tradicionales de Cuba parecen poco dispuestos a rescatar económicamente a la isla. El canciller Bruno Rodríguez ha recorrido capitales amigas, entre ellas Moscú, en busca de apoyo. El ministro ruso de Asuntos Exteriores, Sergey Lavrov, instó públicamente a negociar con Washington en lugar de escalar la confrontación.

Esto refleja un consenso internacional más amplio: la estabilidad es preferible al colapso. Un Estado fallido a solo 90 millas de Florida desencadenaría una migración masiva, inestabilidad regional y crisis humanitarias mucho más costosas que cualquier disputa actual.

La dimensión humana

Perdida en las maniobras geopolíticas está la propia población cubana. Los ciudadanos comunes no diseñaron el sistema económico de la isla ni controlan las decisiones de política exterior. Sin embargo, soportan el peso de la escasez, la inflación y el deterioro de las condiciones de vida. Para la mayoría, las opciones son duras: resistir o emigrar.

Hacia una política realista

El momento actual presenta tanto peligro como oportunidad. Cuba está económicamente más débil que en cualquier momento desde el colapso de la Unión Soviética. Esa vulnerabilidad podría empujar a los líderes hacia reformas pragmáticas — o hacia una mayor represión y aislamiento.

Una estrategia estadounidense sostenible debería reconocer tres realidades:

  • El colapso económico no produce automáticamente democracia. Puede producir caos, endurecimiento autoritario o migración masiva.

  • El compromiso con quienes detentan el poder es inevitable. Cualquier transición implicará a quienes controlan el ejército y la economía.

  • Las consideraciones humanitarias deben ser centrales. Las políticas percibidas como castigo colectivo socavan la autoridad moral y el apoyo internacional.

Las conversaciones discretas con Rodríguez Castro sugieren que Washington entiende los dos primeros puntos. Si asumimos que el tercero sigue siendo incierto.

Lo que está en juego

Las relaciones entre Estados Unidos y Cuba han oscilado durante seis décadas entre la hostilidad y el acercamiento cauteloso. La apertura de la era Obama demostró que la normalización es posible; las posteriores reversiones evidenciaron lo frágil que puede ser.

El enfoque actual — apretar con fuerza mientras se susurra en privado — puede producir concesiones, pero también entraña riesgos de cálculo erróneo. Si la presión empuja a la isla hacia un colapso incontrolado, las consecuencias no se limitarán a Cuba.

En última instancia, la diplomacia no consiste en castigar a los adversarios, sino en moldear resultados. Si Washington realmente busca una Cuba más libre y próspera, debe decidir si su objetivo es la reforma, el cambio de régimen o simplemente obtener ventajas estratégicas.

Hablar con los guardianes del poder sugiere una respuesta. Aplastar a la población sugiere otra cosa.

La historia juzgará qué rumbo se tome.

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