Cuba 2026: una economía bajo asedio, una nación aún en pie

Si Cuba logra siquiera un crecimiento modesto en 2026, no será una historia de recuperación basada en la abundancia, sino de adaptación.

«¡Los dignos son más que los que se creen dignos!» – José Martí

Cuba se acerca a 2026 golpeada, pero no derrotada. Años de endurecimiento de las sanciones estadounidenses, los efectos persistentes de la pandemia, la inflación y las carencias energéticas han convergido con un nuevo impacto regional: la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela. Para una isla históricamente vinculada a Caracas por el intercambio energético y comercial, la disrupción ha sido severa. Sin embargo, una vez más, los pronósticos de colapso pasan por alto una verdad central: la presión nunca ha extinguido la resiliencia cubana.

La crisis económica es innegable. Los apagones, la escasez de combustible y la pérdida del poder adquisitivo marcan la vida cotidiana. El crecimiento se ha estancado o ha sido negativo durante varios años. La pérdida de los suministros petroleros venezolanos expuso vulnerabilidades que La Habana ya no puede ignorar. Pero la situación de Cuba no es simplemente el resultado de una mala gestión económica; es el efecto acumulado de una coerción externa sostenida.

El contexto jurídico internacional importa. Como ha señalado con claridad un Relator Especial de las Naciones Unidas: «Las sanciones unilaterales son incompatibles con el derecho internacional, el derecho internacional humanitario y la Carta de las Naciones Unidas». Las penurias de Cuba son inseparables de un régimen de sanciones diseñado no para reformar su economía, sino para agotar a su sociedad.

La desestabilización de Venezuela ha intensificado el dolor a corto plazo, particularmente en el sector energético. La escasez de electricidad se propaga hacia el transporte, el almacenamiento de alimentos, la industria y el turismo. Pero la crisis también ha impuesto una claridad estratégica. Cuba está acelerando esfuerzos largamente postergados para diversificar sus fuentes de energía mediante proyectos solares, eólicos y de biomasa, a menudo en asociación con aliados no occidentales. Estas iniciativas no producirán milagros de la noche a la mañana, pero representan algo más duradero: un avance hacia la soberanía energética.

Si Cuba logra siquiera un crecimiento modesto en 2026 —estimado por las autoridades en torno al 1 por ciento— no será una historia de recuperación basada en la abundancia, sino de adaptación.

El mayor activo de la isla sigue siendo su capital humano. Décadas de inversión en educación, salud y ciencia han generado fortalezas reconocidas a nivel mundial en biotecnología, productos farmacéuticos y servicios médicos. Estos sectores aportan divisas y sostienen algo menos cuantificable, pero más vital: la confianza nacional.

Como observó en su momento el líder sudafricano contra el apartheid Steve Biko: «El arma más potente en manos del opresor es la mente del oprimido». La resistencia cubana ha dependido de rechazar no solo la privación material, sino también la derrota psicológica. Escuelas, clínicas y laboratorios funcionan como motores económicos —y como actos silenciosos de desafío.

El turismo continúa aportando divisas esenciales, aunque su recuperación ha sido desigual. Las limitaciones de infraestructura y la inestabilidad energética restringen el crecimiento, pero el interés internacional persiste. Las remesas de la diáspora cubana ayudan a sostener a las familias y a pequeños emprendimientos informales, aun cuando las barreras políticas limitan una relación más amplia. De cara al futuro, una cooperación Sur-Sur más profunda —en América Latina, África y Asia— ofrece a La Habana alternativas frente a sistemas financieros occidentales que permanecen en gran medida cerrados.

La intervención estadounidense en Venezuela también ha reavivado las preocupaciones sobre la militarización regional. Una invasión directa de Cuba sigue siendo improbable debido a los costos diplomáticos y al escrutinio global, pero la coerción ha sido durante mucho tiempo una realidad vivida por la isla. La defensa más eficaz de Cuba no reside en la escalada, sino en la legitimidad: una diplomacia anclada en el derecho internacional, la solidaridad regional y la resiliencia civil.

La defensa civil, la preparación ante desastres, los sistemas energéticos descentralizados y unos servicios públicos sólidos fortalecen la seguridad sin provocar conflictos. La reforma económica, la independencia energética y la paz no son desafíos separados: son la misma lucha, vista desde distintos ángulos.

En 2026, Cuba no será próspera según los estándares convencionales. La escasez persistirá. Las reformas serán objeto de debate. La emigración seguirá tensionando el tejido social. Pero el colapso no es lo mismo que la dificultad, y la rendición no es lo mismo que la reforma.

Durante más de seis décadas, Cuba ha defendido un principio cada vez más raro en la política global: que las naciones pequeñas conservan el derecho a elegir su propio camino. Su economía actual refleja tanto el costo de esa insistencia como su valor. A pesar de las sanciones, los sobresaltos y las alianzas cambiantes, Cuba persiste no porque sea inmune a la presión, sino porque se niega a interiorizarla.

La historia sugiere que la resistencia —más que la sumisión— sigue siendo el recurso más subestimado de Cuba.

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