Cuando la historia se convierte en propaganda: la advertencia de Jorge Domínguez

El informe recientemente publicado del Departamento de Estado de Estados Unidos, Cuba: The Capital of 21st Century Communism, presenta una afirmación extraordinaria. Según sus autores, Cuba ya no es simplemente un país autoritario del Caribe sumido en la peor crisis económica de su historia reciente. Es, aseguran, el centro de una vasta conspiración ideológica cuyo objetivo último es socavar la civilización estadounidense desde sus cimientos.

Para Jorge I. Domínguez, profesor emérito de la Universidad de Harvard y uno de los especialistas más reconocidos en América Latina, esa no es una evaluación seria ni un análisis riguroso de política exterior. Es, más bien, un documento político disfrazado de informe de inteligencia.

En un penetrante ensayo publicado por OnCuba, Domínguez desmonta, punto por punto, el informe oficial. Su conclusión es contundente: el documento “exagera hechos históricos y los tergiversa para sugerir que todavía son vigentes”, mientras omite décadas de acciones de Estados Unidos contra Cuba y convierte la solidaridad voluntaria de miles de personas en una supuesta conspiración dirigida por los servicios de inteligencia cubanos.

Desde sus primeras páginas, el informe llama la atención por su tono.

Domínguez cita la afirmación de que el “objetivo fundamental” del gobierno cubano ha sido siempre “borrar a Estados Unidos de la faz de la tierra” y que Cuba no debe entenderse como un Estado nacional, sino como “una operación subversiva y de inteligencia” cuya misión permanente es librar “una revolución existencial” contra Estados Unidos.

Un lenguaje semejante parece más propio de un manifiesto ideológico que de un análisis gubernamental elaborado con criterios académicos.

Según Domínguez, esa retórica grandilocuente cumple una función muy específica: “Su tono exagerado busca compensar la debilidad de la evidencia presentada a lo largo del texto.”

Esa observación resume el núcleo de su crítica.

El informe cita numerosos episodios de la Guerra Fría: movimientos revolucionarios, organizaciones de solidaridad, operaciones de inteligencia y activistas políticos vinculados, en algún momento, con Cuba. Muchos de estos hechos ocurrieron realmente. Cuba apoyó movimientos insurgentes en América Latina y África. Fidel Castro desempeñó un papel importante en el triunfo del Frente Sandinista. La inteligencia cubana logró penetrar instituciones estadounidenses en determinadas etapas del conflicto bilateral.

Domínguez no niega ninguno de esos acontecimientos. Lo que cuestiona es que episodios ocurridos principalmente durante las décadas de 1960, 1970 y 1980 sean presentados como si describieran fielmente la realidad geopolítica de 2026.

La historia importa. Pero la historia no puede congelarse en el tiempo para justificar las políticas del presente.

Uno de los ejemplos más reveladores es aquello que el informe decide enfatizar… y aquello que decide ignorar.

Como señala Domínguez, el documento menciona al activista afroamericano Robert F. Williams en 21 ocasiones y a la Brigada Venceremos en otras 21. Sin embargo, apenas dedica unas líneas a la presencia de decenas de miles de soldados cubanos en Angola y Etiopía durante la Guerra Fría, y ni siquiera menciona la Crisis de los Misiles de 1962, posiblemente el episodio más peligroso del enfrentamiento entre Washington y La Habana.

Henry Kissinger se preocupaba por los submarinos nucleares soviéticos que visitaban Cuba y por la presencia militar cubana en África. El nuevo informe, observa Domínguez, prácticamente ignora ambos temas. En cambio, convierte pequeños grupos de solidaridad y activistas con escasa influencia actual en amenazas existenciales para la civilización estadounidense.

Ese desequilibrio, sostiene el profesor, debilita profundamente la credibilidad del documento.

Igualmente significativa es la historia que el informe decide no contar.

Domínguez destaca que en ninguna de sus 99 páginas se mencionan referencias a los múltiples intentos estadounidenses de derrocar al gobierno cubano.

No se mencionan planes para asesinar a Fidel Castro.

No aparecen las sanciones económicas impuestas desde 1960.

No se analiza el impacto humano de esas políticas.

Tampoco se hace referencia a las medidas adoptadas recientemente para intensificar la presión económica sobre una población que atraviesa una de las peores crisis de su historia.

Una historia contada desde un solo lado deja de ser historia. Se convierte en propaganda.

Uno de los argumentos más sólidos de Domínguez consiste en recordar la larga lista de acuerdos alcanzados entre Washington y La Habana durante las administraciones republicanas y demócratas.

John F. Kennedy negoció la liberación de los prisioneros de Playa Girón.

Lyndon Johnson firmó el primer acuerdo migratorio.

Richard Nixon alcanzó acuerdos contra la piratería aérea.

Jimmy Carter abrió las Secciones de Interés, impulsó la cooperación migratoria y promovió mecanismos conjuntos entre guardacostas.

Ronald Reagan suscribió nuevos acuerdos migratorios.

George H. W. Bush mantuvo los compromisos diplomáticos alcanzados anteriormente.

Bill Clinton amplió la cooperación contra el narcotráfico, firmó nuevos acuerdos migratorios, facilitó el regreso de Elián González y promovió diversas formas de colaboración bilateral.

George W. Bush aprobó acuerdos de comercio agrícola.

Durante décadas, además, ambos gobiernos cooperaron en operaciones antidrogas, rescates marítimos en el Estrecho de la Florida y otros asuntos de seguridad. Como recuerda Domínguez, incluso la Drug Enforcement Administration (DEA) ha reconocido esa cooperación como un ejemplo exitoso en la lucha contra el narcotráfico.

Esa larga historia de colaboración contradice la imagen de una enemistad absoluta e irreconciliable que el informe intenta proyectar.

Quizás la aportación más interesante de Domínguez sea su reflexión sobre el concepto de “soft power”, desarrollado por el profesor Joseph Nye.

El informe del Departamento de Estado sostiene repetidamente que la solidaridad internacional hacia Cuba responde casi siempre al reclutamiento, la coordinación o la manipulación ejercidos por la inteligencia cubana.

Domínguez discrepa profundamente.

Muchas personas y organizaciones, explica, apoyaron a Cuba por decisión propia, no porque hubieran sido reclutadas por el Ministerio del Interior, sino porque admiraban determinados logros sociales, rechazaban las sanciones estadounidenses o simplemente compartían afinidades culturales con la isla.

En una de las frases más contundentes del ensayo escribe:

“El documento se niega a admitir que muchas personas y organizaciones se solidarizaron con Cuba por decisión propia, sin haber sido cultivadas, reclutadas ni coordinadas por un MININT omnipresente y omnipotente.”

La diferencia es fundamental.

Los ciudadanos pueden formar sus propias opiniones. No toda muestra de solidaridad constituye evidencia de manipulación extranjera.

Paradójicamente, Domínguez sostiene que fueron precisamente muchas políticas de Washington las que facilitaron las simpatías internacionales hacia Cuba que hoy el informe atribuye casi exclusivamente a la eficacia de la inteligencia cubana.

El documento también dedica especial atención a Democratic Socialists of America (DSA). Aunque reconoce que la organización no fue creada ni dirigida por el gobierno cubano, concluye que su solidaridad con Cuba representa una amenaza aun mayor porque surge de decisiones independientes de sus propios miembros.

Para Domínguez, esa afirmación constituye otro ejemplo de cómo el informe sustituye el análisis por la exageración. Naturalmente, historiadores y especialistas pueden discrepar de algunas de las conclusiones de Domínguez.

Nadie niega que Cuba desarrolló una política internacional activa durante la Guerra Fría ni que sus servicios de inteligencia obtuvieron éxitos importantes.

Pero una política exterior seria exige memoria completa, no memoria selectiva. Los informes gubernamentales deberían ayudar a comprender la complejidad de los acontecimientos, no simplificarlos para adaptarlos a una narrativa política ya establecida.

Como demuestra Jorge Domínguez, los hechos históricos pierden fuerza cuando se seleccionan únicamente para confirmar una conclusión preconcebida.

Si Cuba enfrenta hoy enormes desafíos —y nadie puede negarlo—, esos desafíos merecen ser analizados con evidencia, contexto y rigor, no mediante la hipérbole.

Las democracias fortalecen sus instituciones cuando examinan la historia completa, incluso aquella que resulta incómoda para sus propios gobiernos.

Quizás esa sea la enseñanza más valiosa del ensayo de Jorge Domínguez: la historia, cuando se presenta con honestidad intelectual, es el mejor antídoto contra la propaganda.

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