
¿Cuál es la verdadera nación terrorista?
Durante décadas, individuos que operan desde Miami, a veces a través de grupos pantalla, han intentado desestabilizar a Cuba mediante la violencia, el sabotaje y la intimidación.
Ya hemos visto esta película antes. Aviones violan el espacio aéreo cubano y lanzan panfletos sobre La Habana. Lanchas rápidas se acercan a la costa cargadas de hombres, armas y municiones — como ocurrió recientemente cerca de Cayo Falcones, en Villa Clara. El guion no cambia, pero sus autores siempre esperan un final distinto.
Durante décadas, individuos que operan desde Miami — a veces abiertamente, otras mediante grupos pantalla que la Central Intelligence Agency prefiere no reconocer como propios — han intentado desestabilizar a Cuba mediante la violencia, el sabotaje y la intimidación. El objetivo es simple: aterrorizar a una población con la esperanza de derrocar a su gobierno.
Luego se pone en marcha la maquinaria propagandística. Paneles de noticias por cable, programas de radio, editoriales de periódicos — de repente, Cuba domina los titulares durante días. Mucho de ello proviene de Miami, con el Miami Herald desempeñando a menudo un papel protagónico. Recientemente, el diario evocó la tragedia del 24 de febrero de 1996, cuando dos hombres murieron durante misiones de Brothers to the Rescue sobre La Habana, intentando vincular aquel episodio con los hechos más recientes. La narrativa se endurece rápidamente: Cuba es presentada como agresora; “comunismo” se convierte en insulto; “terrorismo” se adhiere a la isla como si lo hubiera inventado en lugares como Vietnam, Irak, Venezuela o Irán. El retrato es claro: Cuba amenaza al mundo.
Poco después, CNN presenta a un “exagente de la CIA” que cuestiona la versión cubana y le da la vuelta al argumento, calificando a la isla de “Estado terrorista” fallido. Es una inversión notable. El sartén le dice al caldero. Y pocos cuestionan la premisa.
La pregunta esencial queda sin responder: ¿quién es la verdadera nación terrorista?
Un circo
A veces, todo parece un circo — un carnaval de rencores y agravios. Algunos se aferran a la creencia de que Donald Trump logrará lo que ningún presidente estadounidense ha logrado desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959. Pasan por alto su desprecio hacia países que ha calificado como “shithole countries”, muchos de ellos poblados por personas de piel más oscura, de distintas religiones y culturas de América Latina, África, Medio Oriente y Asia. Sin embargo, muchos cubanoamericanos en Miami lo apoyaron.
Están lo suficientemente audaces — o imprudentes — como para acercarse a Cuba en una lancha rápida, armados y convencidos de que encenderán una contrarrevolución. El desenlace reciente era previsible: muertos y cárceles. ¿Esperaban flores?
Y luego están los guerreros de sillón, reunidos durante años en lugares como el Versailles Restaurant, librando guerras retóricas entre café con leche y croquetas, gritando “abajo Fidel” años después de la muerte de Fidel Castro. Piden marines estadounidenses, intervención, una salvación impuesta desde afuera — invocando incluso a la United States Marine Corps como si invasión fuera sinónimo de liberación. Exigen que Washington “salve” a Cuba, aunque ello implique subordinarse a fuerzas políticas que los tratan como piezas prescindibles.
Encabezando este coro está el secretario de Estado Marco Rubio, quien se presenta como defensor de la libertad cubana mientras promueve políticas que intensifican las penurias en la isla. Es un patriotismo curioso: proclama su afinidad, pero respalda medidas que castigan al mismo pueblo que invoca.
Terrorismo
El terrorismo, despojado de retórica, es el uso deliberado — o la amenaza — de la violencia contra civiles para intimidar o coaccionar con fines políticos. No lo define la ideología, sino el método y la intención. Cuando hombres armados parten de los Estados Unidos y desembarcan en costas cubanas, cuando bombas atacan hoteles, cuando aeronaves civiles se convierten en piezas de juego geopolítico, la definición se vuelve incómodamente clara.
Durante décadas, grupos del exilio, medios afines y agencias de inteligencia estadounidenses han operado dentro de una estrategia más amplia de presión y desestabilización. Más allá de Cuba, intervenciones estadounidenses desde Vietnam hasta Irak, así como acciones abiertas o encubiertas en Venezuela y amenazas contra Irán, han dejado a poblaciones civiles bajo la sombra de la fuerza y las sanciones. Estas políticas se presentan como defensas de la libertad. Otros las han descrito durante mucho tiempo como un exceso imperial. Las etiquetas difieren; el miedo que generan no.
Si el terrorismo es la instrumentalización del miedo para lograr la sumisión política, la historia sugiere que no es patrimonio exclusivo de pequeños Estados o de células clandestinas. También puede ser ejercido por naciones poderosas que proyectan su fuerza a lo largo de continentes.
Entonces, de nuevo: ¿cuál es la verdadera nación terrorista?
