
Crisis eléctrica en Cuba: cada vez menos luz… y esperanza
Cuando a comienzos de este verano en Camagüey se difundió el rumor de que entraría en vigor una nueva programación de apagones –que alternaría nueve horas de cortes de servicio con tres de electricidad–, el malestar popular resultó tan unánime que las autoridades de la provincia decidieron no embarcarse en la difícil tarea de dar explicaciones sobre el asunto.
La nueva programación implicaba un aumento de las afectaciones eléctricas, que en circunstancias normales hasta entonces habían rondado las doce horas por jornada. Con el esquema de 9×3, los camagüeyanos debían prepararse para enfrentar hasta 18 horas diarias sin energía.
Al cabo, a las personas no les quedó más remedio que aceptar el hecho consumado. Lo que sí nadie pudo prever era que menos de cuatro meses después incluso aquella polémica rotación sería recordada con añoranza, debido al agravamiento de la crisis eléctrica. Las seis horas diarias de servicio que contemplaba la rotación de 9×3 hoy parecen un lujo para las familias que sobreviven con tres horas de electricidad por jornada, o incluso menos.
«Por si no fuera suficiente el montón de horas de apagón, ahora tampoco hay forma de saber cuándo vendrá la luz, ni por cuánto tiempo. Y en los últimos días les ha dado por ponerla y quitarla un montón de veces, antes de que se estabilice. En esa “gracia”, la semana pasada quemaron el termo del centro de enfriamiento de leche que queda cerca de mi casa, uno de los pocos que aún funcionaban en la carretera de Santa Cruz. Cuando de la cooperativa fueron a reclamarle a la empresa eléctrica, les dijeron que la culpa era de ellos por no haber cuidado el equipo. Si esa es la respuesta que le dan al Estado por destruir un termo que se usaba para acopiar más de mil litros de leche, qué puede esperar un ciudadano el día que vaya a reclamar por un “frío” o un televisor quemado», lamentó Mayelín, una campesina residente en las inmediaciones de la comunidad Rescate de Sanguily, diez kilómetros al sur de la ciudad de Camagüey.
Muchos pobladores de esa zona comparan los tiempos actuales con aquellos en que los apagones empezaban todas las tardes a las seis y se extendían hasta la madrugada. «Incluso en el peor de los casos una sabía que a las seis de la mañana siguiente tendría la luz de vuelta, y que no volverían a quitársela hasta las seis de la tarde. Era una tortura para dormir y hacer las cosas de noche, pero al menos daba la posibilidad organizarse», piensa Mayelín.
Entre incomunicación y triunfalismo
Cada vez que pueden, los dirigentes de la Unión Eléctrica (UNE) y otras instituciones del Estado insisten en la necesidad de «que la población se mantenga informada a través de canales oficiales». Es un latiguillo tan repetido por las autoridades como carente de sentido para la mayoría de la población.
Muchas veces los canales oficiales ni siquiera se encuentran disponibles. Por ejemplo, en Camagüey desde el comienzo del verano han sido habituales los «apagones» radiales y televisivos causados por las salidas de servicio del centro retransmisor de RadioCuba. «Allí hay un grupo electrógeno, pero su asignación de combustible no alcanza para todo el mes, y mucho menos con el ritmo de apagones actual. En un punto no queda más remedio que desconectarlo y dejar sin señal a toda la provincia», explicó para este reportaje un trabajador de Radio Cadena Agramonte, la emisora provincial.
Cadena Agramonte también ha dejado de emitir por falta de diésel para su grupo electrógeno, algo que no sucedió siquiera en los peores años del Período Especial, recordó la misma fuente. En la primera quincena de agosto la situación llegó al punto en que fue necesario improvisar un estudio de transmisiones en el centro regional de ETECSA, que sí cuenta con un suministro estable de combustible para su autoabastecimiento de energía.
Apagón en Santiago de Cuba
Otras provincias menos previsoras, como Santiago de Cuba, han tenido que desconectar por completo sus plantas radiales. Una de las últimas ocasiones fue el 10 de septiembre, cuando CMKC Radio Revolución salió del aire luego de transmitir el noticiero provincial. «¿Cómo puede ser posible esto? ¿cómo me informo e informo al pueblo? Realmente es inconcebible que esto esté pasando con la emisora más escuchada del pueblo santiaguero», cuestionó en Facebook el periodista Miguel Noa Menéndez. En los comentarios a su publicación, comunicadores de otras provincias orientales alertaron que situaciones similares son habituales en localidades como Manzanillo y Puerto Padre, donde Radio Granma y Radio Libertad han permanecido hasta una semana fuera de antena, a causa de la contingencia energética.
Junto con la falta de información, el triunfalismo es otro problema con el que los cubanos lidian de manera recurrente. Así lo evidenció el periódico Escambray en una entrevista a directivos de la empresa eléctrica de la provincia de Sancti Spíritus, publicada en junio.
En un punto de la conversación la reportera interpelaba a sus interlocutores sobre el beneficio real que cabía esperar de los nuevos parques fotovoltaicos. «Popularmente se dice que mientras más parques más apagones…», apuntaba. En respuesta, a ambos funcionarios no les quedaba más remedio que reconocer que la potencia de 21,8 mega watts (MW) de cada uno de esos emplazamientos, tantas veces mencionada por las autoridades al comienzo del programa de inversiones, representa solo su capacidad nominal máxima. «No la generan establemente, sino unos 8 o 10. Los 21 MW solo los pueden lograr en un momento». Hasta entonces, nadie con capacitación y autoridad profesional había brindado esa explicación, sino que la línea oficial de mensaje siempre había dado a entender que los parques eran capaces de alcanzar –y mantener– su potencia máxima durante la mayor parte del día.
La diferencia en cuanto a capacidad potencial y generación real no es despreciable. Dos días después de la extensión de esta oleada de grandes apagones a La Habana, el miércoles 17 de septiembre, el ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, informó en una conferencia de prensa que ya la Isla cuenta con 656 MW de capacidad de generación fotovoltaica, de los 1 000 que se propuso instalar antes de que concluya 2025. De acuerdo con las estimaciones que meses atrás realizaba el ministerio a su cargo, con esa potencia instalada habría cabido esperar que los parques aportasen no menos de 500 MW durante las horas de más insolación. Pero en realidad, solo redondean esa cifra en «un punto del día» –apenas unos minutos– como acostumbran a enfatizar en el parte diario que se transmite desde la sede de la UNE; el resto del tiempo su aporte oscila en torno a los 300 MW.
China entrega 25 grupos electrógenos a Cuba en medio de prolongados apagones (OnCuba News)
Sin dinero para más generación
En febrero de 2018 Cubadebate anunciaba que durante los últimos días de ese mes ocurrirían apagones en toda la Isla, a causa de la desconexión de la termoeléctrica Antonio Guiteras y las tres unidades de la Diez de Octubre. La paralización de ambas plantas implicaba la salida del sistema de los 300 MW que por entonces aportaba la central matancera y los 360 de los bloques ubicados en Nuevitas.
Siete años más tarde la «Guiteras» no llega a los 250 MW y las dos unidades que todavía funcionan en la «Diez de Octubre» apenas se acercan a los 180. La pérdida neta de potencia entre ambas industrias supera los 230 MW. Si a la cuenta se suman las pérdidas acumuladas en otras termoeléctricas, como la «Lidio Ramón Pérez» (270 MW menos) y la «Antonio Maceo» (100 MW menos), es posible tener una idea de la magnitud de la crisis, y lo difícil que será superarla.
De 2014 a 2024 la producción nacional de electricidad se redujo un 25 por ciento; particularmente, la generada en unidades termoeléctricas, que por el hecho de emplear crudo cubano –y, por ende, proporcionar una electricidad más barata– constituyen la base del sistema.
Entre todas las unidades térmicas existentes en el país, solo dos tienen menos de 30 años de explotación. Se trata de las emplazadas en Felton: la 1 sincronizó en 1996 y la 2 en el año 2000 (aunque esta se encuentra fuera de servicio desde 2021 debido a un incendio de grandes proporciones). El resto tiene entre 35 y 50 años, mucho más del límite máximo de tiempo de uso que los fabricantes recomiendan para ese tipo de tecnología.
Tomando como referencia el malogrado proyecto de las cuatro unidades que en la década pasada se pensó construir en Santa Cruz del Norte y Mariel, es posible calcular cuánto costaría recuperar la infraestructura termoeléctrica de la Isla, o al menos igualar la potencia que tenía a comienzos de este siglo. A un valor promedio de 1,5 millones de dólares por MW, sería necesario invertir cerca de 3 000 millones de dólares para asegurar una producción base de 2 000 MW.
En las condiciones actuales no hay forma de proponérselo siquiera. En primer lugar, porque la industria eléctrica cubana no tiene cómo ser rentable. Contrario a lo que cabría esperar, el incremento de su producción no implica mayores ingresos para el presupuesto del Estado, sino mayores gastos, a causa de los subsidios que cubren la mayor parte de las facturas domésticas y comerciales. Además, el cobro de la corriente se realiza en pesos, que más tarde la UNE no puede canjear por los dólares que necesita para sostener sus plantas.
A pesar de ello, desde 2019 el Gobierno ha ensayado las más disímiles fórmulas para transmitir optimismo a la población. Así, se han sucedido frases como «llegar en mejores condiciones al verano», o campañas como la que convirtió a los parques fotovoltaicos en la gran esperanza de cara a «un cambio de matriz energética» que nos liberaría de la dependencia de los combustibles importados. Todas acabaron convirtiéndose en motivo de burla o decepción.
Luego de seis años de crisis, cada vez más la energía marca la frontera del éxito entre cubanos. Mientras una afortunada élite instala baterías y paneles solares en sus casas; otros miles de familias apenas consiguen hacerse de power banks y ventiladores recargables; y muchas más –la amplia mayoría– ni siquiera eso. A estos últimos solo les queda esperar por el puñado de horas en que la UNE les prestará servicio.
Electricity crisis in Cuba: Less and less power… and hope fading



