Confirmado: ¡Trump es un comuñángara!

Trump no conoce los principios teóricos del marxismo. Es un ignorante, pero sus actos nacen de esas prácticas autoritarias y las manifiesta instintivamente.

Tomando prestada una expresión que Trump suele emplear cuando no tiene pruebas que respalden sus afirmaciones, «hay quienes dicen» que es un comuñángara. En el caso de Trump, efectivamente hay quienes lo dicen.

Miles Taylor, por ejemplo, publicó un artículo en Defiance en el que sostiene que Trump «es comunista, o al menos se parece más a los gobernantes de los antiguos regímenes comunistas que cualquier otra persona que haya ejercido el poder en Estados Unidos». Taylor es un exfuncionario republicano que sirvió en la primera administración de Trump como jefe de gabinete del Departamento de Seguridad Nacional, bajo la secretaria Kirstjen Nielsen, en 2019. John Lippitt, en una carta al director de The Reading Post, argumenta convincentemente, con pruebas, que «está bastante claro que Trump es el verdadero comunista de la política estadounidense». En un ensayo más extenso, Lippitt llama «comunismo oligárquico» a la reorganización del gobierno emprendida por Trump. Lippitt es un analista estadounidense de políticas públicas, ex profesor universitario y activista político progresista que escribe extensamente sobre la desigualdad económica, el poder empresarial, la democracia y las políticas gubernamentales. RKSL (un ensayista político no identificado que sospecho que es el conocido historiador Timothy Snyder) también publicó en The Frontline un artículo titulado expresamente «Trump es comunista: la convergencia rojiparda». El autor señala algo importante: calificar a Trump de fascista o de comunista puede describir prácticas autoritarias coincidentes, aunque ambas ideologías sean históricamente distintas. Durante una entrevista con Rachel Maddow en MSNBC, la exvicepresidenta Kamala Harris dijo: «Antes comparábamos la fortaleza de nuestra democracia con la de los dictadores comunistas. Eso es lo que tenemos ahora con Donald Trump». Richard Stengel, exsubsecretario de Estado de la administración Obama, escribió en una publicación en Bluesky que «la manera en que Trump le torció el brazo a Intel para obtener una participación accionaria del gobierno es algo de lo que Mao y Stalin estarían orgullosos», y observó que la propiedad estatal de los medios de producción se asocia con el marxismo. Hay más ejemplos.

Por supuesto, Trump no sabe nada de los principios teóricos del marxismo ni comprende conceptualmente otras ideologías históricas, porque carece de curiosidad intelectual, no lee y es un ignorante. Pero sus actos nacen de esas prácticas autoritarias coincidentes que menciona RKSL, y las manifiesta instintivamente en su búsqueda implacable del poder y de las oportunidades de enriquecimiento corrupto que este ofrece. Por tanto, podríamos llamarlo fascista o comunista. Este último calificativo resulta más apropiado por las razones expuestas por los autores mencionados y por otros.

Esas razones se dividen en varias categorías y, en conjunto, confirman que Trump es un comuñángara. Prefiero este término despectivo porque «comunista» no capta la esencia despreciable de sus actos considerados en su totalidad, que Snyder (identificándose como tal) caracteriza en Substack como «sadopopulismo».

Llegaré a esas categorías, pero antes conviene recordar que la primera frase del Manifiesto comunista de Marx y Engels, «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo», nunca ha dejado de ser aplicable si sustituimos «Europa» por «Estados Unidos». Si creyéramos las acusaciones descabelladas formuladas durante el Primer Terror Rojo (1919-1920), que siguió a la Revolución rusa y culminó en las detenciones y deportaciones masivas de las redadas de Palmer, y durante el Segundo Terror Rojo (1947-1957), cuando el senador Joseph McCarthy, el Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes (HUAC) y las investigaciones federales sobre la lealtad de los funcionarios alimentaron una paranoia generalizada acerca de la infiltración comunista, Estados Unidos habría estado literalmente plagado de comunistas escondidos en todos los rincones del gobierno y de la sociedad. La influencia de McCarthy solo se derrumbó después de las audiencias televisadas entre él y el Ejército estadounidense en 1954, cuando este atacó a un joven abogado, Fred Fisher, por haber pertenecido a una organización de juristas a la que se le atribuían vínculos comunistas. Joseph N. Welch, abogado principal del Ejército y miembro del mismo bufete que el joven abogado, le hizo a McCarthy la célebre pregunta: «¿No tiene usted sentido de la decencia, señor, por fin? ¿No le queda ni un ápice de decencia?».

Aquel enfrentamiento televisado a nivel nacional marcó un momento decisivo en la pérdida de la credibilidad pública y la influencia política de McCarthy. Sin embargo, la palabra «comunista» adquirió connotaciones que tergiversan la ideología y terminó convirtiéndose simplemente en un insulto que los republicanos suelen lanzar contra los demócratas para difamarlos y asustar a los votantes. La pregunta «¿No tiene usted decencia, señor?» debería dirigirse todos los días a Trump y a otros republicanos mientras lanzan ese epíteto contra los demócratas que figuran en las papeletas electorales de noviembre de 2026. Reuters informó en julio que Trump invocó el comunismo 81 veces en dos semanas mientras sus asesores ponían a prueba ese mensaje de cara a las elecciones de mitad de mandato. Reuters y Associated Press consultaron a expertos que rechazaron su caracterización frecuente e inexacta de los demócratas convencionales como comunistas. Y, por supuesto, Trump y otros republicanos no distinguen entre comunistas, socialistas, socialistas democráticos y socialdemócratas. Sin embargo, los resultados de grupos focales indican que «comunismo» puede ser más eficaz que «socialismo» en algunas contiendas, mientras que «socialismo» puede tener un atractivo más amplio en los anuncios pagados y en los mensajes dirigidos a determinados distritos. «Los republicanos consideran que el mensaje tiene especial resonancia entre los votantes hispanos de Florida—donde los llamamientos antisocialistas llevan mucho tiempo encontrando eco entre los votantes cuyas familias huyeron de gobiernos izquierdistas de América Latina—y de Texas».

La decisión de formular la acusación es, por tanto, una cuestión de propaganda electoral: sembrar miedo sin fundamento y nada más. Trump ha desvinculado eficazmente el comunismo del marxismo. Según su uso del término, no es necesario defender la propiedad colectiva de los medios de producción para ser comunista. Los demócratas que apoyan programas convencionales del Estado de bienestar son «comunistas». Los adversarios políticos son «comunistas». La intervención económica del gobierno es «comunismo». El New Deal de Franklin D. Roosevelt sería comunismo. Las siguientes instituciones y estructuras de Estados Unidos serían comunistas o socialistas: el Seguro Social, Medicare, Medicaid, la Administración de Salud de los Veteranos, las escuelas públicas, las universidades estatales, el Servicio Postal, las empresas de servicios públicos de propiedad estatal, los sistemas eléctricos municipales, la Autoridad del Valle del Tennessee, la Administración de Energía de Bonneville, Amtrak, la Corporación Federal de Seguro de Depósitos, el Sistema de la Reserva Federal, los subsidios agrícolas federales, las viviendas públicas, las ayudas federales a la vivienda, el impuesto progresivo sobre la renta, la asistencia federal en emergencias y desastres, los parques nacionales, las tierras públicas federales, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y las participaciones accionariales del gobierno federal en empresas privadas.

Si uno fuera tan poco ético como Trump y sus secuaces republicanos, sería justo, entonces, que los demócratas llamaran a Trump comunista o fascista y repitieran interminablemente la acusación sin pruebas, según las respuestas de los grupos focales a cada mensaje. Pero en este caso sí hay pruebas, y aquí es donde paso a examinar las categorías de pruebas de que Trump es un comuñángara.

Primero, Trump considera que la intervención del gobierno en los mercados es una prueba de socialismo o comunismo cuando la proponen los demócratas. Sin embargo, según informa el Instituto Peterson, la participación directa del gobierno federal en la empresa privada aumentó espectacularmente durante la administración Trump, incluidas las participaciones accionariales en numerosas sociedades y el control sobre decisiones empresariales fundamentales.

En agosto de 2025, la administración adquirió una participación accionaria del 9,9 % en Intel, valorada en aproximadamente 8.900 millones de dólares, con lo cual el gobierno federal se convirtió en un accionista importante de uno de los principales fabricantes estadounidenses de semiconductores. Otras inversiones destacadas incluyen MP Materials, un importante productor de minerales de tierras raras; Lithium Americas y su empresa conjunta minera Thacker Pass; Trilogy Metals; USA Rare Earth; Vulcan Elements; ReElement Technologies; Korea Zinc; y la japonesa Nippon Steel.

En conjunto, estas transacciones representan un alejamiento extraordinario del antiguo modelo estadounidense de empresa privada sometida a la regulación gubernamental. La administración se ha convertido no solo en regulador o subvencionador de determinadas industrias, sino también en propietario, inversionista, garante financiero y partícipe de las decisiones empresariales.

Estos acontecimientos constituyen una forma de capitalismo de Estado, próxima a los modelos comunistas que operan bajo una economía centralizada. En el Manifiesto comunista, Marx resumió el rasgo definitorio del comunismo en «la abolición de la propiedad burguesa» (es decir, la propiedad privada de los medios de producción, como fábricas, tierras y maquinaria). Trump nos encaminaría hacia ese objetivo mediante sus intervenciones en las empresas privadas, complementadas con su amor por los aranceles. Las empresas privadas pueden seguir siendo privadas, pero el gobierno actúa como el espantajo de los republicanos y determina quién gana y quién pierde según los caprichos políticos. El gobierno interviene en determinadas corporaciones; sus directivos deben doblegarse ante las exigencias presidenciales, y la política económica refleja los objetivos personales del jefe del Estado. Además, Trump manipula el mercado bursátil al elegir estratégicamente el momento para anunciar y cancelar aranceles.

Segundo, debemos considerar también la inexplicable adoración de Trump, e incluso su servilismo, hacia los tres dirigentes comunistas más destacados del mundo: Vladímir Putin, de Rusia; Xi Jinping, de China; y Kim Jong-un, de Corea del Norte.

Se sabe que Rusia no es oficialmente un país comunista y que Putin ya no se llama comunista (claro, ¿qué otra cosa cabría esperar que dijera un comunista?). Sin embargo, Putin fue oficial de la KGB durante el régimen soviético, considera que el colapso de la Unión Soviética fue una catástrofe histórica y pretende devolver a Rusia su antigua gloria, sobre todo mediante la invasión de Ucrania. El régimen actual es el remanente autoritario del sistema soviético, despojado de su economía marxista. Rusia también mantiene estrechas relaciones estratégicas con China, gobernada por el Partido Comunista Chino, y con Corea del Norte, así como con Irán.

China y Corea del Norte han seguido caminos económicos e ideológicos distintos, pero ambos países están gobernados por dirigentes autoritarios procedentes de movimientos comunistas marxista-leninistas. Irán claramente no es comunista; es una república islámica, pero también un antiguo adversario de Estados Unidos, aliado de regímenes comunistas. Esos hechos pueden influir legítimamente en la evaluación sobre si Trump es comunista.

La adoración y el servilismo de Trump hacia los dirigentes comunistas autoritarios resultan inexplicables a primera vista. Tal vez se deban únicamente a su anhelo de un poder casi absoluto, que esos dirigentes disfrutan (rasgo que suele asociarse al comunismo). Tal vez sea simplemente un tonto útil o un «líder» sumiso y débil. Tal vez sea todo lo anterior y más. La explicación más convincente de su comportamiento es que, al menos en parte, lleva un comuñángara en el corazón.

Las pruebas relativas a Xi son especialmente persuasivas. Trump expresa repetidamente su admiración personal por el poder autoritario de Xi, lo califica de «muy inteligente» y lo describe como uno de los mayores líderes del mundo (Axios). Durante su visita a Pekín en mayo de 2026, Trump dijo de Xi: «Es un hombre a quien respeto muchísimo. Se ha convertido, realmente, en un amigo». Destacó que se conocían desde hacía casi doce años y describió su relación como «muy sólida» (The American Presidency Project). También bromeó a medias con que Xi se convertiría en presidente vitalicio: «Eres presidente de por vida y, por tanto, eres rey» (CNN). Esto crea una yuxtaposición desconcertante con la retórica actual de Trump: hace campaña contra los «comunistas» estadounidenses mientras corteja a Xi, dirigente del Estado comunista más poderoso del mundo.

En cuanto a Kim Jong-un, las pruebas son cómicamente explícitas. The Independent informó que, durante un mitin electoral en Virginia Occidental en septiembre de 2018, Trump dijo: «Yo estaba muy duro, y él también. Y así íbamos y veníamos. Y entonces nos enamoramos, ¿de acuerdo? No, en serio. Me escribió unas cartas preciosas, y son cartas estupendas. Nos enamoramos». Más tarde, Trump afirmó que su descripción de la correspondencia como «cartas de amor» era sarcástica, pero eso no borra sus declaraciones originales ni las reiteradas descripciones de su relación con Kim como si fueran realmente amantes. Su adoración por Kim es tan pronunciada que «salir del armario» como comuñángara podría adquirir connotaciones escandalosas, al menos en términos de bicuriosidad (lo que también podría ayudar a explicar su masculinidad tóxica y fingida como mecanismo de defensa). Y Kim no es simplemente otro autoritario comunista, sino el dictador hereditario de uno de los pocos Estados que aún existen y que descienden directamente del modelo estalinista.

Putin no se queda muy atrás en el panteón de ídolos de Trump. Como señala George Breslauer, exrector de Berkeley y especialista en la Unión Soviética, Putin no es comunista, pero conservó de su carrera soviética una «veneración de la autoridad del Estado» (Berkeley News). Trump lleva años elogiando la «inteligencia, la fortaleza y el liderazgo» de Putin. Durante la campaña de 2016, comparó favorablemente a Putin con Barack Obama y dijo que Putin ejercía un «control muy firme sobre un país» y que era «mucho más» líder que Obama. En Helsinki, en 2018, Trump se deshonró al negar públicamente la injerencia electoral rusa pese a las conclusiones de sus propias agencias de inteligencia (The Washington Post), porque «Putin se lo había dicho». Una vez más, la adulación de Trump hacia Putin sugiere una sumisión que a veces parece sexual y que lo impulsa a compensar su sentido de inferioridad maltratando cruelmente a los indefensos, los inmigrantes, las personas con discapacidad, los pobres, las mujeres y las personas negras.

Tercero, consideremos lo que ha hecho para destruir literalmente el país, desde perjudicar el medio ambiente de innumerables maneras hasta debilitar las instituciones estadounidenses, la capacidad científica, las de salud pública y los recursos naturales mediante órdenes ejecutivas, cambios regulatorios y decisiones administrativas. Según el Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales, desde el inicio de su segundo mandato, Trump ha adoptado o propuesto al menos 560 medidas que amenazan directamente el medioambiente, el clima y la salud humana, tanto a escala general como local. Este año, por ejemplo, una orden ejecutiva dispuso que el Servicio Forestal estadounidense y el Departamento del Interior aumentaran la producción maderera y eludieran las evaluaciones ambientales ordinarias o las protecciones de la Ley de Especies en Peligro en cientos de millones de acres de tierras federales. Los tribunales federales habían anulado anteriormente la eliminación de las protecciones para árboles de bosques antiguos en Oregón y Washington (la norma «Eastside Screens») y un plan para abrir partes del Bosque Nacional Tongass, en Alaska, a la tala masiva. A escala local, un ejemplo reciente de sus impulsos destructivos ocurrió en el Trump National Golf Club de Virginia. En 2019, las autoridades del condado de Loudoun citaron y multaron al club por talar ilegalmente árboles en la llanura de inundación del río Potomac sin los permisos necesarios; y este mes Trump desafió una orden judicial de detener la tala de árboles en el campo de golf East Potomac, un sitio histórico de Washington D. C. que forma parte de sus planes de remodelar la ciudad, después que se derribaron 400 árboles muy antiguos. Otros ejemplos de agravios menores o simbólicos contra la nación son la demolición del Ala Este de la Casa Blanca y sus planes de demoler el Centro Kennedy.

Cuarto, son bien conocidos los esfuerzos de Trump para debilitar la defensa nacional. Ha fracturado la OTAN y otras alianzas creadas en buena medida para contener a las potencias comunistas. Ha sembrado desconfianza hacia Estados Unidos al plantear la posibilidad de una acción militar o de una expansión estadounidense hacia Groenlandia, territorio autónomo de Dinamarca; al imponer aranceles irracionales a Canadá, sin descartar tampoco una acción militar; y al emplear una retórica sobre el «control o la expansión» de la influencia estadounidense sobre su vecino del norte. Recientemente puso en la mira a Omán, socio diplomático de larga data, mediador en situaciones de rehenes y aliado militar de Estados Unidos cuyos puertos reciben a la Marina estadounidense, amenazando con «hacerlos volar por los aires» si Omán no se plegaba a las exigencias estadounidenses relativas a las rutas marítimas. También ha antagonizado a socios cercanos en materia de seguridad, como Colombia, México y Panamá, advirtiéndoles o amenazándolos explícitamente con una posible intervención militar estadounidense por cuestiones de viabilidad regional, flujos petroleros y tránsito marítimo. Corea del Sur ha afrontado amenazas de reducción del apoyo militar estadounidense y de recortes en ejercicios militares conjuntos esenciales, motivadas por lo que la administración consideró una asistencia insuficiente durante la guerra con Irán. En suma, está empeñado en convertir a amigos en enemigos.

Quinto, el secretario de Defensa Pete Hegseth ha desmantelado las Fuerzas Armadas del país bajo la supervisión de Trump. Ha destituido a numerosos generales, almirantes y oficiales subalternos cualificados, experimentados y de reputación impecable, y ha frustrado los ascensos de otros, simplemente porque sospechaba que eran «concientizados» (woke) y, a menudo, porque eran negros, mujeres o personas transgénero. Entre los ejemplos destacados figura el general Charles Q. Brown Jr., presidente del Estado Mayor Conjunto, destituido en febrero de 2025. Brown, general afroamericano de cuatro estrellas y antiguo jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea, tenía una amplia experiencia operativa y de mando, pero Hegseth cuestionó públicamente si había alcanzado su cargo por méritos propios o por su raza. Hegseth también destituyó a la almirante Lisa Franchetti, la primera mujer en ocupar el máximo puesto uniformado de la Marina. En ninguno de los dos casos se explicó el motivo de la destitución. De manera semejante, Hegseth destituyó al general Randy George, jefe del Estado Mayor del Ejército, en abril de 2026, supuestamente por negarse a acatar su instrucción de retirar a cuatro oficiales—dos hombres negros y dos mujeres—de una lista de posibles ascensos. Las actuaciones de Hegseth han perturbado el mando militar y han suscitado preocupaciones sobre la preparación de las fuerzas, así como caos en el Pentágono.

Existen muchas otras categorías de actuaciones, grandes y pequeñas, que tienden a destruir la democracia y a disminuir el poder estadounidense, tanto el blando como el duro; harían falta varios volúmenes de tapa dura para examinarlas todas. Compartir secretos con funcionarios rusos. Culpar a Ucrania de la invasión rusa. Permitir que Rusia suministre cinco millones de toneladas métricas de diésel a los mercados estadounidenses e internacionales y así seguir ayudando a Irán, que está en guerra con Estados Unidos, con nuestro dinero. Desestimar los informes de que Rusia y China están ayudando a Irán en su guerra contra Estados Unidos o de que Rusia interfirió en las elecciones estadounidenses. Sugerir que Irán debería destruir Los Ángeles y San Diego. Permitir que Robert F. Kennedy Jr. mate a decenas de miles de estadounidenses con sus opiniones dementes y desinformadas sobre la medicina, incluido su rechazo a las vacunas. Poner fin, con pretextos, a las subvenciones para la investigación en las grandes universidades que impulsan los avances tecnológicos, médicos y científicos del país, y hostigar a esas instituciones con multas y acuerdos gravosos tras campañas de chantaje. Atacar persistentemente a los medios de comunicación como «enemigos del pueblo» y vulnerar sus derechos protegidos por la Primera Enmienda. Intimidar y obligar a nueve destacados bufetes de abogados a comprometerse colectivamente a prestar casi 1.000 millones de dólares en servicios jurídicos gratuitos para causas aceptables para la Casa Blanca, y castigar a los abogados por representar a clientes o defender posiciones jurídicas a las que él se opone: una amenaza a la independencia de la profesión jurídica y al derecho a la asistencia letrada.

Todo esto es música para los oídos de Putin, Xi y Kim, y es exactamente lo que haría y diría un presidente comuñángara de Estados Unidos. No hay otra explicación satisfactoria.

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