
Atrapados en un elevador en La Habana
Nadie se movía. Parecían esas estatuas vivientes que adornan pintorescos sitios coloniales de la ciudad. La gente, por lo general, le da por pensar que estando inmóviles no corren el riesgo de que el aparato se desprenda y caiga de manera letal para todos sus ocupantes.
Ni una broma de buen gusto del venezolano logró traer tranquilidad y mucho menos una sonrisa. Los vietnamitas, reyes de la calma y la paciencia, escudriñaban cada rincón de esa devenida celda de castigo tal vez en plan fuga; los españoles, sin posibilidad de traducción simultánea no hacían más que repetir eso de “puta suerte, jodé”, mientras que el ruso lanzaba un soliloquio que nadie comprendía excepto Yuri.
El cubano, también como corresponde en la narrativa de cualquier chiste que involucre a varias nacionalidades, intentó llamar a la calma con ese socorrido mensaje de que “tranquilos, que esto se resuelve”.
Ya comenzaba a notarse la falta de oxígeno cuando aquello comenzó a moverse con esa parsimonia que los caracteriza. Aparecieron entonces las primeras sonrisas. Un viaje corto que parecía interminable, aunque el hotel no va más allá de las diez plantas.
Al llegar a “tierra” hubo abrazos, reverencias y apretones de mano en los improvisados kamikazes. Si no fueron todos de cabeza hacia el bar del hotel fue porque tenían otras urgencias y deberes o nadie quería pagar la factura.

Queda, pues, para obra y gracia de la imaginación de cada cual si en el hipotético caso de verse en la necesidad de lanzar por la escotilla de seguridad a cada uno de los pasajeros, cómo hubiera sido el orden de obligado descenso en ese ascensor. Faltaría un estadounidense, aunque según Yuri, ahí estaba el espíritu de Barack Obama y su comitiva en aquella memorable visita a la isla en 2016.
Mucho que me hubiese gustado escuchar la versión vietnamita.