La crisis del turismo en Cuba no es un accidente

Es cierto que Cuba ha cometido errores. Pero reconocer las dificultades internas no debe implicar ignorar las presiones externas.

Los vestíbulos de hoteles vacíos, las playas a medio llenar y los restaurantes cerrados que hoy se observan en toda Cuba suelen utilizarse como prueba del fracaso del socialismo. Esa narrativa es conveniente en Washington, pero solo muestra una parte del panorama.

La industria turística cubana se encuentra, en efecto, en serias dificultades. El número de visitantes ha caído drásticamente, las aerolíneas han reducido sus vuelos, las cadenas hoteleras internacionales se están retirando y los ingresos se han desplomado. Sin embargo, cualquier análisis honesto de las causas debe comenzar con un hecho claro: pocos países del mundo han soportado un nivel de guerra económica sostenida como el que Estados Unidos ha impuesto a Cuba durante más de seis décadas.

El turismo es mucho más que otra industria en Cuba. Es una fuente clave de divisas, que proporciona la moneda fuerte necesaria para comprar alimentos, medicinas, combustible y suministros industriales. Cuando el turismo cae, sus efectos se extienden a todos los ámbitos de la sociedad cubana.

La reciente caída no puede entenderse sin considerar la intensificación de la campaña de sanciones de Washington. En los últimos meses, nuevas medidas estadounidenses han incrementado las restricciones a las empresas extranjeras que hacen negocios con Cuba, lo que ha llevado a aerolíneas, cadenas hoteleras, navieras e instituciones financieras a reconsiderar o cesar sus operaciones en la isla. Grandes operadores hoteleros han anunciado cierres, mientras que las aerolíneas internacionales han reducido sus vuelos. Las transacciones con Visa y Mastercard también se han visto afectadas, lo que añade otro obstáculo para los visitantes extranjeros.

Imagine si un gobierno extranjero poderoso amenazara a las empresas que invierten en la industria turística de Florida, desalentara a las aerolíneas de volar a ese estado, restringiera las transacciones financieras y sancionara a las empresas que colaboran con negocios locales. Ningún analista serio atribuiría entonces las dificultades económicas de Florida únicamente a sus responsables políticos locales.

Sin embargo, ese es exactamente el estándar que a menudo se aplica a Cuba.

Es cierto que Cuba ha cometido errores. Las ineficiencias burocráticas, la infraestructura insuficiente, los apagones recurrentes y las deficiencias en la gestión han contribuido al deterioro del turismo. El gobierno cubano tiene la responsabilidad de abordar estos problemas. Pero reconocer las dificultades internas no debe implicar ignorar las presiones externas.

La realidad es que las sanciones y las restricciones al turismo no son meros efectos accidentales de los problemas económicos de Cuba; están diseñadas intencionalmente para provocarlos.

Durante décadas, los defensores del embargo han argumentado que las dificultades económicas conducirían a cambios políticos. El objetivo declarado de esta política ha sido presionar al gobierno cubano estrangulando la economía. Distintas administraciones estadounidenses han endurecido las restricciones de viaje, desalentado la inversión y buscado reducir el flujo de divisas hacia la isla. El sufrimiento resultante no es una consecuencia accidental; es el mecanismo.

El impacto humano es evidente en todas partes. Cuando los turistas dejan de visitar, los trabajadores hoteleros pierden sus empleos. Los dueños de restaurantes ven disminuir su clientela. Los taxistas ganan menos. Los músicos enfrentan audiencias más pequeñas. Las familias pierden ingresos. La carga no recae sobre los funcionarios gubernamentales, sino sobre los cubanos de a pie que intentan ganarse la vida.

Irónicamente, el turismo ha sido durante mucho tiempo uno de los sectores que más ha fomentado el contacto directo entre los cubanos y los extranjeros. Los visitantes se marchan con una comprensión más profunda de la isla, su cultura y su gente. Limitar el turismo no promueve el entendimiento mutuo; lo debilita.

Muchos de los visitantes que continúan viajando a Cuba describen un país que enfrenta grandes desafíos, pero que sigue caracterizándose por una notable resiliencia, hospitalidad y riqueza cultural. La calidez de los cubanos sigue siendo uno de los mayores atractivos de la nación.

El enfoque duro de Washington se ha aplicado, de una u otra forma, durante más de sesenta años. Si el objetivo era derrocar al gobierno cubano, no lo ha logrado. Si el objetivo era mejorar la vida de los cubanos comunes, los resultados resultan aún más difíciles de justificar.

Lo que sí se ha logrado es la creación de una escasez persistente, inestabilidad económica y dificultades para millones de personas.

La crisis del turismo en Cuba debe entenderse, por tanto, no solo como un problema económico, sino también como uno político. La isla enfrenta problemas internos reales, pero estos se agravan por un régimen de sanciones diseñado específicamente para limitar la recuperación económica.

La pregunta que los estadounidenses deberían hacerse no es si Cuba tiene problemas. Todos los países los tienen. La verdadera cuestión es si empeorar deliberadamente esos problemas sirve a algún propósito constructivo.

Después de sesenta años, la respuesta parece cada vez más clara.

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