
Los médicos cubanos: sirven donde otros no lo hacen
La filosofía de Cuba —a menudo resumida como “médicos, no bombas”— no es abstracta. Se ha vivido una y otra vez en los lugares más difíciles del planeta.
Este editorial de Progreso Weekly fue inspirado por un artículo de Kenneth Mohammed publicado en The Guardian.
Existe un principio moral repetido incansablemente a través de culturas: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Se cita en sermones, discursos y consignas. Pero cuando se mide frente a la acción real, pocas naciones en la historia moderna han estado más cerca de practicarlo que Cuba a través de sus médicos.
Durante más de seis décadas, los profesionales de la salud cubanos han ido donde las naciones más ricas no van: a pueblos rurales, zonas de desastre y sistemas de salud desfinanciados que el mercado global ignora. Han atendido a los pobres, a los aislados y a los olvidados, no como una ocurrencia tardía, sino como una prioridad.
Seamos claros: esto no es caridad. Es un compromiso sostenido y organizado con la vida humana.
Cuando el ébola devastó África occidental, los médicos cubanos estuvieron entre los primeros en llegar, arriesgando sus vidas mientras gran parte del mundo dudaba. Tras el terremoto de Haití de 2010, permanecieron mucho después de que las cámaras se marcharan, brindando continuidad de atención en un país demasiado a menudo abandonado. Cuando ocurrió el terremoto de Nepal en 2015, volvieron a movilizarse: con rapidez, eficacia y sin espectáculo.
Así luce la solidaridad cuando es real.
Cuba, una pequeña isla bajo el peso de décadas de embargo de Estados Unidos, tomó una decisión deliberada: invertir en médicos, no en armas; en salud global, no en dominación global. Formó a esos médicos de manera gratuita, no solo para sí misma, sino también para el mundo, incluyendo a miles de estudiantes del Caribe, de América Latina y de África, e incluso a comunidades desatendidas en Estados Unidos.
Al hacerlo, Cuba construyó una de las redes médicas internacionales más extensas de la historia. En su punto más alto, decenas de miles de trabajadores de la salud cubanos prestaban servicio en decenas de países, a menudo constituyendo la columna vertebral de los sistemas de atención primaria en lugares donde no existía una alternativa viable.
Y sin embargo, hoy, muchos de estos programas están siendo desmantelados.
Bajo presión política —particularmente de Estados Unidos— países de todo el Caribe y América Latina están retrocediendo en acuerdos que han salvado incontables vidas. La justificación suele basarse en acusaciones sobre las condiciones laborales, expresadas en lenguaje moral. Pero el resultado es contundente: menos médicos, menos clínicas y menos opciones para los pobres.
Quienes sufrirán no son los responsables de las políticas. Son los pacientes.
En países como Jamaica y Guyana, y en numerosos estados insulares más pequeños, los médicos cubanos han llenado durante años vacíos críticos: atendiendo puestos rurales, apoyando hospitales desbordados y brindando atención a comunidades que de otro modo quedarían desamparadas. Si se les retira, el sistema no se ajusta: se fractura.
Los defensores de estas misiones médicas señalan una verdad incómoda: muchos de los médicos que hoy se critican fueron formados sin costo personal, a diferencia de sus contrapartes en otros países, que a menudo cargan con deudas durante décadas. Ellos eligen servir en el extranjero, adquiriendo experiencia mientras contribuyen tanto a la economía de su país como a la salud global. ¿Perfecto? Quizás no. Pero descartar todo el sistema ignora su impacto humano innegable.
Aún hay voces dispuestas a decirlo con claridad. Líderes como Mia Mottley, primera ministra de Barbados, han defendido la integridad y el valor de la cooperación médica cubana, especialmente durante crisis como la de la COVID-19, subrayando que la salud no debe sacrificarse ante presiones geopolíticas.
Esa postura no es solo política: es ética.
Porque al eliminar la retórica, la pregunta es simple: ¿qué reemplaza a los médicos cubanos cuando se van?
En muchos casos, la respuesta es nada.
Aquí es donde la contradicción moral se vuelve imposible de ignorar. Gobiernos que durante décadas han dependido de los profesionales de la salud cubanos ahora se distancian precisamente en el momento en que esas contribuciones deberían reconocerse y fortalecerse. No es solo un cambio de política; es un retroceso frente a un modelo de atención comprobado que ha beneficiado a millones.
La filosofía de Cuba —a menudo resumida como “médicos, no bombas”— no es abstracta. Se ha vivido una y otra vez en los lugares más difíciles del planeta. Ha significado llegar primero, quedarse más tiempo y pedir menos.
Eso es raro. Y eso importa.
Antes de desmantelar lo que ha funcionado, antes de ceder ante presiones disfrazadas de principios, los países de la región deberían hacerse una pregunta más difícil: ¿qué exige realmente la solidaridad?
Si “amar al prójimo” es más que un eslogan, entonces debe aplicarse precisamente cuando resulta incómodo y exige independencia, valentía y la voluntad de respaldar a quienes han estado a tu lado.
Los médicos cubanos han hecho eso por el mundo. La verdadera pregunta ahora es: ¿quién estará a su lado?
