Guerra, drones y dólares: lo que está en juego en el sur de Florida ante una presidencia orientada al lucro

Los hijos de Trump están involucrados a lo largo de toda la cadena de suministro, desde la fabricación hasta los componentes, y planean una salida a bolsa a través de una entidad respaldada por la familia.

En el sur de Florida, el choque entre la política y el dinero no es nada nuevo. Pero lo que está ocurriendo ahora bajo Donald Trump es distinto de lo habitual. Está convirtiendo la presidencia en una fuente de ganancias—una que ahora parece impulsada, literalmente, por la guerra.

Un poco más al norte, en West Palm Beach, una empresa llamada Powerus se prepara para aprovechar la oportunidad. Respaldada por Donald Trump Jr. y Eric Trump, la firma se apresura a fabricar drones de grado militar a escala industrial, persiguiendo contratos con el Pentágono y ventas al extranjero, en un momento en que la política estadounidense ha vuelto este negocio especialmente lucrativo.

Esa política no es casualidad. La prohibición de drones fabricados en China por parte de la administración Trump—presentada como una medida de seguridad nacional—eliminó competidores clave y creó un vacío. Powerus lo llenó. El resultado es un vínculo directo entre la política pública y la ganancia privada que pasa por la familia del presidente.

Ahora sumémosle la realidad de la guerra.

A medida que aumentan las tensiones y la guerra con drones se convierte en una pieza central de los conflictos modernos, Powerus ya está ofreciendo su tecnología a países del Golfo que buscan protección frente a Irán. Estos gobiernos dependen en gran medida del respaldo de Estados Unidos para su postura militar—un respaldo controlado por la misma administración vinculada al éxito de la empresa.

Esto no es una zona gris; es un conflicto de intereses evidente.

Los hijos de Trump están involucrados a lo largo de toda la cadena de suministro, desde la fabricación hasta los componentes, y planean una salida a bolsa a través de una entidad respaldada por la familia. Esto no es una inversión pasiva; es una estructura empresarial coordinada, diseñada para beneficiarse del gasto en defensa, de las tensiones geopolíticas y de los conflictos en curso.

Y está ocurriendo aquí mismo, en el sur de Florida.

Díaz-Balart y Giménez sirven a los donante$$, no a sus electores

Esa realidad local tiene implicaciones políticas. Los tres congresistas cubanoamericanos de la región—Mario Díaz-Balart, Carlos Giménez y María Elvira Salazar—han sido de los defensores más firmes de la presidencia de Trump.

Su apoyo va más allá de la lealtad partidista; ofrece cobertura política.

Porque en un momento en que la familia del presidente está construyendo un ecosistema empresarial alrededor de la tecnología militar—tecnología ahora vinculada a un conflicto en expansión—estos legisladores han optado por no confrontar lo evidente. Sin audiencias. Sin supervisión sostenida. Sin un desafío significativo.

Esa ausencia no es neutralidad; es complicidad.

Así es como ocurre la normalización. No a través de un solo escándalo, sino mediante la repetición—aceptando gradualmente conductas que antes habrían sido inaceptables. Una decisión política beneficia a la familia del presidente. Se concreta un negocio. Una guerra amplía el mercado. Y los funcionarios electos miran para otro lado.

Paso a paso, lo inaceptable se vuelve rutina.

El peligro aquí no es teórico. Cuando las recompensas financieras se vinculan al conflicto, el riesgo no es solo la corrupción—es la escalada. Los incentivos cambian. La guerra deja de ser únicamente una cuestión de estrategia o necesidad; para quienes están en el poder, también puede convertirse en una forma de generar ingresos.

Esa es una línea que las democracias no deben cruzar.

Los defensores recurrirán a la legalidad, como siempre. Pero la ley a menudo va por detrás de los abusos y es más estrecha que la ética. La cuestión no es si este esquema puede sortear los vacíos legales existentes. La verdadera pregunta es si el público está dispuesto a aceptar una presidencia en la que quienes están más cerca del poder puedan lucrarse de su influencia.

El sur de Florida ahora forma parte de esa ecuación, no solo geográficamente, sino también políticamente.

Porque cuando la industria local, la política nacional y el silencio del Congreso se alinean con tanta precisión, lo que surge no es coincidencia. Es un sistema. Y sistemas como este no se corrigen por sí solos.

Felipe Pagliery es profesor jubilado de historia. Reside en West Palm Beach, Florida.
Leave a comment