El costo de una invasión a Cuba: la Guerra de Todo el Pueblo
La idea de la “Guerra de Todo el Pueblo” es directa y audaz. Si la isla es invadida, la guerra no termina con la derrota de las fuerzas convencionales. Comienza allí.
El ejército de Estados Unidos no está ensayando una invasión de Cuba ni preparándose activamente para tomar militarmente la isla, afirmó recientemente ante legisladores el general Francis Donovan, jefe del Comando Sur de Estados Unidos. Mientras tanto, el viceministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Carlos Fernández de Cossío, respondió a las declaraciones de Trump sobre “tomar Cuba de alguna forma”, insistiendo en que el país ha estado “históricamente listo para movilizarse como nación frente a una agresión militar”. “No creemos que sea algo probable, pero seríamos ingenuos si no nos preparamos”, declaró de Cossío en el programa Meet the Press de NBC.
La historia reciente de Estados Unidos atacando a Irán de forma inesperada, no una vez, sino dos veces, en junio de 2025 y febrero de 2026 mientras negociaciones bilaterales estaban en marcha, comprueba la sabiduría de De Cossío.
Cuba, en efecto, ha estado orientada estratégicamente durante más de medio siglo hacia una confrontación con Estados Unidos. Desde el principio, los planificadores cubanos no se han hecho ilusiones. Saben que no pueden ganar una guerra convencional. El objetivo, entonces, nunca ha sido la victoria en el sentido tradicional. Ha sido la supervivencia y, más importante aún, cómo hacer que el costo de atacar a Cuba sea tan alto que el ataque nunca ocurra o, si ocurre, se convierta en una guerra de desgaste políticamente insostenible para Estados Unidos. La declaración de de Cossío alude a un concepto formulado tras la invasión de Bahía de Cochinos y perfeccionado durante décadas: la “Guerra de Todo el Pueblo”.
Esta perspectiva lo determina todo. Es una doctrina basada en la asimetría y el desgaste.
Contrario a lo que podría imaginarse, la columna vertebral de la postura defensiva de Cuba no es su marina ni su fuerza aérea. No serían eficaces. La fuerza aérea, equipada en gran medida con aviones envejecidos —MiG-21, MiG-23 y un puñado de MiG-29— sería superada casi de inmediato en cualquier enfrentamiento directo con aeronaves estadounidenses modernas. Los planificadores cubanos entienden sus limitaciones, y es poco probable que comprometan esos activos en las primeras etapas, si es que los emplean. Preservarlos, dispersarlos o simplemente evitar su destrucción puede resultar más valioso.
La marina también cuenta en su mayoría con buques de la era soviética (por ejemplo, lanchas misilísticas clase Osa y Komar), patrulleras y pequeñas embarcaciones de apoyo. La escasez crónica de recursos ha reducido la preparación y capacidad operativa. La flota no puede disputar rutas marítimas abiertas ni sobrevivir a un enfrentamiento prolongado con una marina moderna. Pero pequeñas embarcaciones de ataque rápido pueden operar en aguas costeras, aprovechando la geografía para causar disrupciones mediante ataques relámpagos con misiles o torpedos, el despliegue de minas en rutas de aproximación, el hostigamiento de fuerzas anfibias y la integración con defensas costeras.
Históricamente, Cuba ha invertido más en la defensa aérea. Durante la Guerra Fría, llegó a contar con una de las redes de defensa aérea más robustas del hemisferio occidental. Gran parte de ese sistema es anticuado —misiles tierra-aire diseñados hace décadas—, pero “obsoleto” sería un término engañoso en este contexto. Estos sistemas pueden no contrarrestar de manera confiable las aeronaves furtivas, pero aún pueden amenazar helicópteros, drones, aviones de transporte e incluso cazas no furtivos en ciertas condiciones. Más importante aún, complican la planificación. Obligarían a un atacante a reducir la velocidad, a asignar recursos y a asumir riesgos que lo hacen más vulnerable.
En tierra, el panorama es similar: grandes inventarios de equipos soviéticos antiguos —tanques, vehículos blindados, artillería—. En terreno abierto, frente a fuerzas estadounidenses modernas, tendrían un desempeño pobre. Pero Cuba no es un desierto. Es una combinación de ciudades, vegetación densa y terreno irregular. En esos entornos, la superioridad tecnológica se disminuye. La guerra defensiva, especialmente cuando se combina con conocimiento local y posiciones preparadas, puede seguir siendo eficaz incluso con equipos envejecidos. Conflictos recientes como la guerra en Ucrania han demostrado que sistemas antiguos siguen siendo peligrosos cuando se utilizan de forma inteligente y en el contexto adecuado.
Cuba también ha prestado atención a la defensa costera, por razones obvias. Cualquier invasión probablemente implicaría operaciones anfibias. Misiles antibuque, artillería costera, minas y pequeñas embarcaciones de ataque rápido no pueden derrotar a una marina tan poderosa como la de Estados Unidos, pero no necesitan hacerlo. Su función es interrumpir, infligir pérdidas y obligar a la cautela —empujando a las fuerzas atacantes más lejos de la costa, ralentizando el ritmo y complicando la acción.
Sin embargo, ninguno de estos elementos —defensa aérea, fuerzas terrestres, sistemas costeros— captura el núcleo de la estrategia cubana.
La idea de la “Guerra de Todo el Pueblo” es directa y audaz. Si la isla es invadida, la guerra no termina con la derrota de las fuerzas convencionales. Comienza allí. El país se divide en zonas de defensa. Los civiles se organizan en milicias. Las armas y los suministros se dispersan. Las estructuras de mando están diseñadas para funcionar incluso si la autoridad central se ve interrumpida, una estrategia que recuerda la descentralización y la estructura de milicias de Irán. El supuesto es que la resistencia será continua, descentralizada y arraigada en la población.
Llegado ese punto, el conflicto deja de ser convencional. Se convierte en algo más cercano a lo que Estados Unidos enfrentó en Vietnam, y posteriormente en Afganistán e Irak: guerra de guerrillas, emboscadas, sabotaje, resistencia urbana y la lenta erosión de la voluntad política. El pensamiento militar cubano ha enfatizado durante mucho tiempo que esa sería la fase decisiva de una guerra de este tipo.
Visto en términos estrictamente convencionales, el desequilibrio es abrumador. El “Coloso del Norte” controlaría el aire y el mar y podría derrotar cómodamente a las fuerzas regulares cubanas. Pero las guerras no se deciden únicamente por el armamento. La geografía importa. El tiempo importa. También importa la disposición de una población —o de un gobierno— a soportar dificultades prolongadas. El objetivo inmediato es simplemente sobrevivir a una guerra de desgaste, y los cubanos tienen amplia experiencia soportando dificultades prolongadas.
Las estimaciones de que una ocupación total podría requerir varios cientos de miles de tropas son inexactas, pero reflejan un problema ineludible. Una operación de esa magnitud implicaría no solo costos militares, sino también políticos, tanto a nivel interno como internacional. Si esos costos serían aceptables es una cuestión abierta que no puede responderse en términos puramente militares.
La estrategia de Cuba, entonces, se basa en un cálculo que ha permanecido notablemente constante: no puede derrotar a Estados Unidos de forma directa, pero puede obligarlo a asumir un compromiso mayor del que puede sostener. Si ese cálculo funcionaría en la práctica es imposible de saber. Pero es indudable que cualquier conflicto de ese tipo sería catastrófico para la población cubana y profundamente incierto en sus resultados. Además, Estados Unidos ciertamente sufriría bajas y pérdidas materiales. Los planificadores estadounidenses pueden seguir engañándose con la idea de que el pueblo cubano derrocará al gobierno, pero esto se ve contradicho por la experiencia en Irán y en otros lugares. Por lo general, los pueblos cuyo territorio es destruido por una potencia extranjera tienden a volverse contra esa potencia, no contra su propio gobierno.
La historia ofrece muy pocos ejemplos de guerras de este tipo que produzcan resultados limpios o satisfactorios para la parte más fuerte. Sí ofrece numerosos ejemplos de fuerzas más pequeñas y débiles que derrotan a los colosos mediante guerra asimétrica.
