Cuando el diálogo era un crimen

Durante décadas en la comunidad del exilio cubano en Miami, una sola palabra cargaba el peso de la traición: diálogo.

Sugerir que Estados Unidos debía hablar con el gobierno cubano no era simplemente controversial. Podía ser socialmente ruinosa, políticamente tóxica y, en ocasiones, físicamente peligrosa. A quienes se atrevían a defender el acercamiento se les marcaba como dialogueros — colaboradores con el enemigo.

Ahora, en una ironía que merece una reflexión cuidadosa, la misma idea que antes era tratada como traición está regresando silenciosamente al centro de la política entre Estados Unidos y Cuba. Los reportes de que la administración de Donald Trump ha abierto negociaciones con el gobierno cubano han producido una indignación sorprendentemente tenue en sectores del establishment del exilio en Miami.

El silencio es revelador.

Durante gran parte de la Guerra Fría y bien entrada la era posterior a la Unión Soviética, la cultura política del Miami cubano se definió en torno a un principio intransigente: ningún reconocimiento, ninguna negociación, ningún diálogo con el gobierno cubano. La premisa era simple. Hablar con La Habana legitimaría la revolución encabezada por Fidel Castro y prolongaría su supervivencia.

Esa doctrina se volvió casi sagrada en la política del exilio.

Sin embargo, la historia cuenta una historia más complicada —y más oscura— sobre lo que produjo ese absolutismo. A finales de la década de 1970, cuando figuras del exilio y líderes comunitarios exploraron conversaciones con La Habana sobre la reunificación familiar y la liberación de prisioneros, fueron vilipendiados y amenazados. Algunos pagaron un precio aún más alto.

Carlos Muñiz Varela

El asesinato de Carlos Muñiz Varela en 1979 sigue siendo uno de los recordatorios más escalofriantes de aquella época. Muñiz, un joven activista involucrado en promover el diálogo y los viajes entre la isla y la comunidad del exilio, fue acribillado a tiros en Puerto Rico. Hasta el día de hoy el caso sigue sin resolverse, aunque las autoridades conocen quiénes estuvieron involucrados en el asesinato.

Y Muñiz Varela no fue el único. Bombas, intimidación y listas negras se utilizaron contra quienes se atrevían a cuestionar la ortodoxia de línea dura. Los negocios fueron boicoteados. Líderes comunitarios fueron ostracizados. El diálogo se presentaba no como diplomacia, sino como traición.

El clima político en Miami estuvo moldeado por ese rígido código durante décadas.

Por eso el momento actual resulta tan llamativo.

Si Washington hoy realmente está explorando conversaciones con La Habana —como ha reconocido el presidente cubano Miguel Díaz-Canel—, la reacción de muchos de los mismos círculos que antes condenaban el acercamiento ha sido mucho más cautelosa que indignada. La palabra que antes desataba furia ahora circula discretamente en las discusiones políticas.

¿Qué cambió?

El gobierno cubano no ha cambiado fundamentalmente su sistema. El Partido Comunista sigue gobernando la isla.

Lo que ha cambiado es la conveniencia política.

Cuando el diálogo provenía de moderados, académicos o exiliados reformistas, se trataba de una rendición. Cuando surge de una administración conservadora en Washington, de repente se convierte en realismo estratégico.

Esta contradicción expone una verdad incómoda sobre la política del exilio: durante muchos años, el tabú contra el diálogo nunca fue únicamente una cuestión de principios. También fue una cuestión de poder — quién tenía la autoridad para definir la posición de la comunidad y quién no.

El resultado fue un clima que desalentó el debate abierto y castigó la disidencia.

Para ser claros, la diplomacia con La Habana no es inherentemente virtuosa ni equivocada. Los gobiernos hablan con sus adversarios todo el tiempo. Estados Unidos negoció con la Unión Soviética durante la Guerra Fría. El acercamiento puede servir para propósitos prácticos: acuerdos migratorios, cooperación en materia de seguridad, preocupaciones humanitarias o incluso cambios políticos graduales.

Pero si el diálogo es aceptable hoy, entonces la honestidad exige reconocer otra cosa también: nunca debió haberse tratado como un crimen ayer.

Los líderes del exilio, activistas e intelectuales que hace décadas argumentaban que la comunicación era necesaria, no eran traidores. En muchos casos, simplemente tenían razón y estaban adelantados a su tiempo.

Algunos pagaron esa postura con su reputación. Unos pocos, trágicamente, la pagaron con sus vidas.

Si el diálogo es ahora aceptable cuando lo conduce Washington, entonces la comunidad del exilio debe una disculpa largamente pendiente a las personas que antes fueron condenadas por defenderlo.

La historia tiene una manera de exponer la hipocresía.

Y a veces la pregunta más reveladora es la más simple:

Si el diálogo es legítimo ahora, ¿por qué antes se consideraba una traición?

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