
Tasas múltiples, rentas y la ilusión de estabilización en Cuba
Los recientes anuncios de la presidenta del Banco Central de Cuba confirman algo que ya era evidente: el país se encamina hacia un régimen de dolarización parcial, apoyado en un sistema de tasas de cambio múltiples.
Los recientes anuncios de la presidenta del Banco Central de Cuba confirman algo que ya era evidente: el país se encamina hacia un régimen de dolarización parcial, apoyado en un sistema de tasas de cambio múltiples. Conviene decirlo de entrada: tener más de una tasa de cambio no es, por definición, un pecado económico. En la historia del desarrollo y de las transiciones post-comunistas abundan ejemplos de esquemas duales utilizados como instrumentos temporales de estabilización. El problema no es la multiplicidad, sino cómo se diseña y para qué se usa.
La clave está en la transparencia y en el tamaño de las brechas. El esquema anunciado, con tres segmentos cambiarios claramente diferenciados, crea distancias entre tasas, con espacios considerables para el arbitraje y la captura de rentas. En los segmentos I y II se concentran ventajas implícitas que no se asignan por productividad ni competitividad, sino por acceso administrativo. La pregunta es inevitable: ¿a quiénes se les están otorgando esas oportunidades rentistas y bajo qué criterios? Hasta ahora, no hay respuestas públicas convincentes.
Desde el punto de vista macroeconómico, el giro confirma que la dolarización parcial es vista por las autoridades como la opción menos mala para obtener una mínima estabilidad de corto plazo. Esa lectura no es descabellada. En contextos de alta inflación, colapso de la moneda nacional y expectativas desancladas, la dolarización parcial puede funcionar como un ancla nominal rudimentaria. El problema es que, sin reformas estructurales, esa ancla no estabiliza: congela el desequilibrio.
La comparación con China suele aparecer en el discurso oficial, pero rara vez se extrae la lección correcta. Allí, el sistema de “dual track” —dos monedas, varias tasas, plan y mercado coexistiendo— fue un mecanismo para lo que Barry Naughton llamó “crecer fuera del plan”. El segmento de mercado ganaba peso año tras año, mientras el plan se reducía, y se volvía un espacio de regulación e intervención moderna, ajustado a condiciones de mercado. En Cuba ha ocurrido lo contrario: la dualidad no ha sido una transición, sino una estrategia de sobrevivencia que posterga decisiones difíciles y reproduce la trampa de la reforma parcial.
De ahí que el problema no sea la gradualidad, sino el gradualismo excesivo sin rumbo. Reformas sin punto de llegada, sin hoja de ruta y sin asumir sus costos distributivos generan exactamente los resultados que hoy se observan: inflación persistente, empobrecimiento generalizado y aumento de la desigualdad. La estabilización macroeconómica, para tener sentido, requiere medidas complementarias claras. Hasta ahora, no se anuncian.
La creación de un segmento III con tasa flotante es, en principio, un paso en la dirección correcta. Reconoce que el precio de la divisa no puede seguir siendo una ficción administrativa y que debe formarse en un espacio más cercano a la realidad económica. Pero una tasa flotante no es solo una decisión técnica: exige tolerar volatilidad, incluso episodios de sobrerreacción del mercado, y contar con un colchón externo mínimo para sostenerla. En un país con baja actividad productiva, alta dependencia de importaciones, exportaciones débiles y remesas deprimidas, ese supuesto es frágil.
En otros procesos de ajuste, el Fondo Monetario Internacional ha cumplido el rol de financiamiento puente que permite absorber los costos iniciales de la flotación. Cuba no tiene acceso a ese respaldo. Cabe preguntarse si Rusia o China han ofrecido un apoyo comparable y, de ser así, en qué magnitud y con qué condiciones. Sin ese respaldo, la flotación corre el riesgo de ser intervenida de manera discrecional cuando se vuelva políticamente incómoda.
También es cierto que institucionalizar un mercado cambiario formal y desplazar a El Toque como referente principal del tipo de cambio informal tiene una lógica de seguridad económica. Reducir la centralidad de un indicador financiado bajo la Ley Helms-Burton es comprensible y racional desde la óptica del Estado cubano y su legítima preocupación de seguridad nacional. Pero corregir el termómetro no cura la enfermedad. Sin cambios en los fundamentos productivos, fiscales e institucionales, el problema reaparece por otras vías.
En última instancia, la política cambiaria no puede sustituir la reforma del sistema económico. Sin una economía verdaderamente mixta, donde lo privado y lo estatal se integren, sin derechos de propiedad claros, sin un estado moderno, redistribuidor, regulador y desarrollista, sin privatizaciones ordenadas y sin reglas competitivas creíbles, Cuba seguirá atrapada en la precariedad. El modelo de economía de comando atraviesa una fase terminal. La alternativa no es entre shock o gradualismo, sino entre reforma integral o administración prolongada del deterioro.
