Solo la tragedia satisfará a la élite cubana de Florida

El tema de Cuba también sufre un monopolio en la política norteamericana por parte del lobby étnico-nacional más poderoso de Estados Unidos, después del sionista: el lobby cubano-americano.

No sabemos bien por qué, pero la Casa Blanca celebra la paz con Irán como una victoria. Quizá celebran por haber logrado vencer contra sí mismos, contra la propia irracionalidad de su política. En Cuba tenemos una palabra para describir un suelo pisoteado y enlodado que se vuelve cada vez más intransitable mientras más se insiste en caminar sobre él: patiñero. Lo que armó Estados Unidos en el Golfo Pérsico –una vez más– fue un patiñero. Y ese lodazal del que luego no sabía salir, y que tantas acrobacias ha exigido a la administración Trump, da cuenta de una enfermedad que siempre ha aquejado a la política norteamericana y sin la cual no puede explicarse esta.

Nada tenía Estados Unidos que buscar en Irán, pero, sin embargo, fue: contra el buen consejo de la comunidad de inteligencia y de análisis, contra el revuelo de demócratas y republicanos, contra el pavor inmediato de los mercados mundiales. Contra todo, fue. Y tal cosa reabrió un delicado debate en ese país: hasta qué punto intereses ajenos a Estados Unidos pueden secuestrar su política aun tratándose de la mayor potencia global.

Durante décadas se asumió que Israel era un instrumento de la hegemonía norteamericana en Medio Oriente. Sin embargo, los repetidos sabotajes israelíes a los intentos de distensión con Irán han alimentado la percepción contraria: la de un aliado con capacidad para condicionar la conducta de la propia superpotencia. Más allá de exageraciones o simplificaciones, el debate remite a una realidad conocida. El cabildeo constituye uno de los mecanismos centrales de la influencia política en Estados Unidos, y algunos grupos organizados poseen una capacidad extraordinaria para moldear las decisiones públicas. Tal es el caso del lobby sionista.

Pero el caso israelí no es el único. Existe un ejemplo mucho más cercano para nosotros, y revelador: Cuba. Hace seis meses decíamos que tanto la negociación como la invasión y el colapso de la isla eran opciones indeseables o difíciles para Estados Unidos. Medio año después, al parecer se han decantado por llevar a Cuba al borde de una gran crisis humanitaria. Cada decisión que han tomado en 2026 ha apuntado a eso. En Cuba tenemos un dicho: fuego al jarro hasta que pierda el fondo. Esa parece ser la opción del binomio Trump-Rubio. Sin embargo, cabría preguntarse cómo es posible que la única vía que tenga un país con ingentes recursos materiales y políticos para “realizar” su agenda –si es que a eso se le puede llamar “realizar”– sea aplicar a toda una población una política de colapso humanitario.

Estados Unidos cuenta con otras maneras de devolver a Cuba a su órbita geopolítica si ese fuera su interés. Muchas más “limpias”, más “respetuosas” de los derechos humanos del pueblo cubano e, incluso, más acordes con el realismo pragmático característico de su política exterior, que esta barbaridad que están haciendo. Sin embargo, el tema de Cuba también sufre un monopolio en la política norteamericana por parte del lobby étnico-nacional más poderoso de Estados Unidos, después del sionista: el lobby cubano-americano.

Cuando decimos que la irracionalidad de la política norteamericana hacia Cuba tiene nombre, nos referimos a esos nombres. No se llama Rubio ni Trump, ni tampoco se llama como ningún influencer o activista o “líder opositor” de los que conforman el lado circense de la política cubano-americana. Estamos hablando de las poderosas familias que salieron de Cuba en 1959 y han construido un imperio económico y político asentado al sur de Florida. Esos son los que han construido la carrera política de personajes como Rubio y otros, tanto demócratas como republicanos, y además han forjado durante décadas alianzas con otros círculos de poder en Estados Unidos.

El mismo forcejeo que vimos recientemente entre Trump e Israel respecto a los bombardeos al Líbano y el sabotaje de la paz con Irán, ha sido visto durante todos estos meses respecto al tema Cuba. ¿Recordamos cuando en febrero el propio Rubio decía que el problema de Cuba era económico y que ellos entendían que no debía cambiar el país de golpe? A las pocas horas él mismo se vio obligado a ratificar que buscaban el cambio de régimen. La rapidez con que rectificó sus declaraciones sugería la existencia de presiones políticas difíciles de ignorar. Como diríamos en Cuba, parecía que alguien lo había llamado “para un cuartico”.

En las últimas semanas ha habido señales aún más elocuentes. Por un lado, el candidato republicano Vic Mellor visita Cuba en busca de alianzas económicas y oportunidades de negocios, y medios norteamericanos informan de un acuerdo en curso para que una empresa norteamericana suministre y gestione gasolineras en Cuba destinadas al sector privado. A la vez, altos mandos militares y de servicios de inteligencia de ambos países se reúnen en La Habana y en la base naval de Guantánamo, territorio ilegalmente ocupado por Estados Unidos. No obstante, Marco Rubio –ya investido como perro guardián de la política de máxima presión sobre Cuba–, desde el Departamento de Estado, desconoce cualquier acuerdo para llevar combustible a Cuba, incluso si es solo para el sector privado, y procede a sancionar específicamente a la petrolera cubana CUPET en aras de impedir cualquier otro futuro intento de llegar a acuerdos con ella.

Es difícil comprender la racionalidad de esta conducta, pues en un contexto como el actual Estados Unidos tendría muy fácil impulsar la inversión de sus empresas en Cuba y así sellar los vínculos de dependencia de la mayor de las Antillas hacia Washington una vez más. En la situación en la que está la economía cubana el gobierno de la isla no podría resistirse a eso, además de que ha dado muestras claras de que no tiene intención de hacerlo si se plantea la posibilidad. Sin embargo, la Casa Blanca insiste en su política de martirizar a los cubanos. ¿Para obtener qué? Resulta difícil identificar qué beneficio estratégico obtiene Estados Unidos de esta política.

En Estados Unidos en política importa el que paga

Quienes parecen encontrar en el martirio alguna utilidad son esas viejas familias que dirigen la política cubano-americana, los dueños de Rubio y de María Elvira Salazar, los amigos cubanos de Trump: la familia Fanjul, la familia Mas, los Díaz-Balart y comparsa. Ellos son los que importan, los únicos cubanos que realmente importan, por mucho que se quiera vender la idea de que estas políticas las impulsa la población migrante cubana en pleno o que tienen algo que ver con el deseo de esa población migrante sin dinero. En Estados Unidos, en política, importa quién paga y los que pagan son ellos; siempre lo han sido. Y para estos financistas de la política anticubana no existen objetivos pragmáticos respecto a Cuba. Ya ellos triunfaron económicamente en Estados Unidos, ya forman parte de la élite capitalista global. Nada extraordinario ganarían en términos materiales al recuperar el poder sobre Cuba. Es un asunto estrictamente afectivo e ideológico: desean vengarse, castigar y humillar a los que los vencieron, y destruir hasta el último cimiento de la Cuba que ha sido sin ellos y a pesar de ellos.

Por esta razón, es falaz que el diferendo tenga ya, a estas alturas, algo que ver con el debate entre socialismo y capitalismo, y mucho menos con la cuestión de la democracia liberal o su ausencia. Oferte lo que oferte, se comporte como se comporte, se arrodille o se acueste el Gobierno cubano, nada contentará a ese grupo que usa al Estado norteamericano como instrumento de su venganza personal. Eso explica la singularidad de la actitud de Estados Unidos hacia Cuba.

No quiere decir que ambos países no sean enemigos históricos. Estados Unidos es un enemigo histórico de todas las naciones latinoamericanas por el simple hecho de considerarlas un rebaño de su propiedad. Nunca ha podido tener una relación de respeto e igualdad con los países latinoamericanos, y nunca ha dejado de interferir en sus destinos para su propio beneficio. Sin embargo, más feroz que el enemigo histórico ha resultado ser, con Cuba, ese enemigo íntimo que es la antigua élite cubana destronada. Son ellos quienes impiden cualquier solución al conflicto entre ambos países que no conduzca a la tragedia. Todavía está por verse si son tan poderosos como el sionismo y logran arrastrar al Gobierno norteamericano a un lugar al que este siempre ha evitado llegar con Cuba, como es el enfrentamiento militar a noventa millas del territorio de Estados Unidos.

Wayne Smith, jefe de la Sección de Intereses norteamericana en La Habana en tiempos de Carter y Reagan, decía que Cuba parecía tener el mismo efecto sobre las administraciones estadounidenses que la luna llena sobre los hombres lobo. Y quizá tenía razón. Solo que la luna llena no está sobre el Caribe: está en Miami.

Iramis R. Rosique Cárdenas es licenciado en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad de La Habana. Diplomado en Servicio Exterior por el Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García. Este artículo fue tomado de Contexto y Acción.
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