Nueve horas en cola y casi una boda la Habana

Fila de coches esperando a repostar en una gasolinera de La Habana

Aurelio Pedroso. Foto del autor

Mayo 3, 2024

9:28 Am

Dicen, y no les falta razón, que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Acudir a una fila o cola por combustible diésel de casi cien vehículos o más y no llevar consigo agua, algo para comer y un recipiente desechable por si se presenta una meadita de emergencia, es la misma tensión y nerviosismo que cruzar un campo minado con la inseguridad de culminar exitosamente la travesía.

 

Si fuese una cola de ingleses o alemanes, con toda seguridad no hablarían entre ellos ni para preguntar la hora. Pero somos cubanos, habladores a veces más de la cuenta, conversadores por excelencia, isleños por suerte o desgracia, que necesitan hablar, contar algo, demostrar que saben o conocen lo que suponen el otro desconoce.

 

En dos horas, el avance ha sido de unos veinte metros. “Largo será el viaje”, grita uno desde una furgoneta de una empresa española. Todos los autos llevan la matrícula que comienza con la letra K o lo que es igual, representaciones extranjeras en la isla. Hoy, es el turno para las K. Tal vez mañana, los diplomáticos; pasado, las congregaciones religiosas en dependencia si hay o no hay, si el barco entra o no a puerto. Si se le paga o no.

 

¿Y cómo se mata el largo tiempo dedicado a ello? ¿Leyendo un buen libro sudando a cántaros? Pues intercambiando con el que va por detrás o delante. Nadie lee en una sauna. Primero, un gesto, una interjección hasta una palabrota contra el sofocante calor o la agonía por el combustible que pudiera no alcanzar para todos.

 

Luego, empiezan las oraciones con sujeto omitido y el repaso del problema del abastecimiento, del otro problema y de más problemas hasta caer en experiencias personales, laborales e incluso amorosas o extraterrestres.

 

Veo en lontananza una joven mujer de esas que llamamos “caballos americanos” por su porte y belleza, soltura, gracia al caminar y mover ese cuerpo que, también decimos, confeccionado a mano como los Habanos. Monumento visible a cien metros de distancia. Un mujerón cinco estrellas plus.

 

A punto de comentárselo al que tengo detrás, mi Pepe Grillo sugiere hacer silencio porque casi al mismo tiempo, el otro me dice “mira, ahí viene mi hija, que trabaja en una oficina cercana”.

 

Padre e hija se abrazan y besan. Hablan entre sí. No hay sombra donde guarecerse en un mediodía infernal. Él la acompaña hasta la esquina en plan despedida. Regresa entonces y me cuenta. Yo también lo hago atinando sólo a felicitarle por hija tan bella y escultural.

 

Como que ya hay “cierta” confianza añejada por unas cuatro o cinco horas nada más, pues relata que aún no es abuelo, que los tiempos no están como para ello, que el matrimonio necesita mutua confianza, que los hombres desean no buscarse problemas y las mujeres para evitar un parto sin canastilla y quince dificultades más.

 

Ha avanzado tanto la tecnología que menos mal no estamos a tope con ella en Cuba, que por vía internet uno se pueda divorciar y contraer matrimonio. Algún día llegará. Entonces, en una cola como esta, pierda un mortal la cabeza ante tanta tensión, paranoia y opte por casarse con la hija del que va detrás de ti en la cola y le pida la mano como en ciertas culturas vigentes, agregándole que la dote viene en camino, en el próximo buque petrolero.

Tomado de elboletin.com