Marco Rubio y la élite narcoterrorista

(Nota del editor: Este artículo resume un texto publicado originalmente en The American Prospect y escrito por Maureen Tkacik. Para ver el artículo original en inglés, haga clic aquí.)

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Marco Rubio ha pasado su carrera política presentándose como un paradigma de rectitud moral: un sincero hijo de inmigrantes, un católico devoto, un adolescente amante del fútbol americano que ascendió gracias a la disciplina y la fe. Pero, como documenta Maureen Tkacik en The American Prospect, la biografía de Rubio se cruza de manera reiterada con una de las redes de narcotráfico más notorias de la historia reciente de Estados Unidos, una red profundamente entrelazada con la inteligencia estadounidense, las campañas de terror de la Guerra Fría y el submundo del exilio cubano en Miami.

Ese cruce no comienza con el propio Rubio, sino con su difunto cuñado, Orlando Cicilia.

Como relata Tkacik, Cicilia dirigía un negocio de importación de animales exóticos que servía de fachada de una enorme operación de narcóticos vinculada a Mario y Guillermo Tabraue, figuras conocidas desde hace tiempo por las fuerzas federales del orden como grandes traficantes e informantes ligados a la CIA. La empresa movió “casi medio millón de libras de cocaína y marihuana” entre finales de los años setenta y los ochenta. Rubio, entonces adolescente, trabajaba para Cicilia construyendo jaulas y cuidando animales.

Rubio ha insistido en que no sabía nada sobre las drogas. “Solo tenía 16 años”, señala Tkacik, añadiendo, con ironía, que uno de los coacusados de Cicilia también tenía 16 años cuando, según el testimonio, Mario Tabraue le ordenó asesinar a su esposa separada. El punto no es la culpabilidad legal. Como escribe Tkacik: “¿Qué político no tiene un familiar delincuente?”. La cuestión es la mitología política.

Cuando Univisión informó en 2011 sobre la conexión de Rubio con el negocio de Cicilia, los aliados de Rubio pasaron al ataque, acusando a la cadena de chantaje y organizando un boicot republicano a su debate. Más tarde, el propio libro de memorias de Rubio retrató a Cicilia no como un traficante, sino como un patriarca familiar cariñoso. La casa donde Cicilia almacenaba cocaína, escribe Tkacik, fue reinterpretada como “un santuario que mantenía unida a su familia dispersa”.

El arresto de Cicilia en 1987 —durante la Operación Cobra, que desmanteló la red de los Tabraue— fue descrito en las memorias de Rubio como un shock que dejó atónita a la familia. Sin embargo, los registros policiales, los testimonios judiciales y los archivos de inteligencia muestran que la organización Tabraue había operado durante años a plena vista, protegida en parte por su papel como agente activo de la CIA dentro del programa encubierto DEACON de la DEA.

Guillermo Tabraue, el patriarca de la operación, fue revelado durante su juicio de 1989 como un informante pagado de la CIA que operaba bajo el alias de “Abraham Díaz”. Su controlador testificó en la audiencia pública. El resultado fue anticlimático: Tabraue cumplió solo unos meses en un campamento penitenciario de mínima seguridad.

Este patrón —traficantes protegidos cuando resultan políticamente útiles y descartados cuando dejan de serlo— es el tema central del ensayo de Tkacik. La cercanía personal de Rubio a ese mundo, argumenta ella, refleja su posterior carrera política, en la que se ha convertido en lo que ella denomina “el mentiroso más formidable de la administración Trump”, otorgando credibilidad a políticas que abrazan abiertamente a caudillos vinculados al narcotráfico bajo la bandera de la lucha contra las drogas.

Rubio ha elogiado repetidamente a líderes extranjeros cuyas familias o círculos íntimos estuvieron implicados en grandes esquemas de tráfico. En 2018, felicitó al presidente hondureño Juan Orlando Hernández por combatir a los narcotraficantes, “apenas siete meses antes de que su hermano fuera acusado de traficar 158 toneladas de cocaína”. Calificó al ecuatoriano Daniel Noboa como un “socio increíblemente dispuesto”, pese a las revelaciones de que la empresa familiar de Noboa traficó cientos de kilos de cocaína en cajas de banano.

Rubio también ha respaldado a Nayib Bukele, de El Salvador, pese a las negociaciones documentadas entre su gobierno y la MS-13, y a Javier Milei, de Argentina, cuyo entorno político quedó envuelto en escándalos de tráfico de cocaína en Miami. Ha sido asimismo un férreo defensor del colombiano Álvaro Uribe, a quien un análisis del Pentágono de 1991 identificó como “uno de los 100 narcoterroristas colombianos más importantes” y “un amigo personal cercano de Pablo Escobar”.

El hilo conductor, sugiere Tkacik, no es la hipocresía sino la continuidad.

La cruzada de Rubio contra Venezuela —articulada en torno al supuesto “Cartel de los Soles”— encaja perfectamente en esa tradición. El término en sí, señala Tkacik, no se originó con Nicolás Maduro, sino con una operación de tráfico respaldada por la CIA descubierta en 1990, en la que agentes de aduanas de EE. UU. encontraron a la inteligencia estadounidense colaborando con generales venezolanos para introducir cocaína como táctica de contrainsurgencia.

Como escribió el profesor emérito de Berkeley Peter Dale Scott en una carta citada por Tkacik, la contradicción de que Estados Unidos libere una “guerra contra las drogas” mientras indulta a grandes traficantes es solo aparente. “La mal concebida y deliberadamente mal llamada ‘Guerra contra las Drogas’ ha sido durante décadas una tapadera para la participación contradictoria de la CIA con narcotraficantes”.

La retórica de Rubio a favor de militarizar la lucha antidrogas evoca operaciones de la Guerra Fría, como la Operación Cóndor, en la que regímenes respaldados por Estados Unidos utilizaron los ingresos de la cocaína para financiar escuadrones de la muerte y reprimir movimientos de izquierda en toda América Latina. “Están trayendo de vuelta la Operación Cóndor”, le dijo un inversionista a Tkacik sin rodeos.

Cuando Rubio entró en la política de Miami, estaba rodeado de donantes, operadores y mentores provenientes de las mismas redes del exilio que durante décadas habían difuminado la línea entre el anticomunismo, el crimen organizado y la inteligencia estadounidense. Otros a su alrededor cayeron —en particular, su estrecho aliado David Rivera—, pero Rubio, como dijo un consultor, “era el niño dorado ungido”.

El artículo de Tkacik no acusa a Rubio de conducta criminal. En cambio, desmonta la ficción de que su visión política esté desligada de su historia personal. Rubio creció en las cercanías de un ecosistema narcoterrorista que prosperó no a pesar del poder estadounidense, sino gracias a él.

“Pocos estadounidenses aprendieron esta lección por las malas a una edad tan temprana como Marco Rubio”, concluye Tkacik. La tragedia, sugiere, no es que Rubio haya escapado de ese mundo, sino que ha pasado su carrera reproduciéndolo, ahora armado con la autoridad del Estado estadounidense.

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