
Lili Bernard se reencuentra con sus raíces ancestrales
Entrevista a la actriz, artista visual, curadora de arte y activista social Lili Bernard, nacida en Santiago de Cuba y radicada en Los Ángeles, California, que regresó a su patria para participar en el I Encuentro Internacional de Ancestralidad que tuvo por escenario el Salón de Jazz de la Casa de la Cultura de Plaza de la Revolución.
La actriz, artista visual, curadora de arte y activista social Lili Bernard, nacida en Santiago de Cuba y radicada en Los Ángeles, California, regresó a la Mayor de las Antillas para participar en el I Encuentro Internacional de Ancestralidad que tuvo por escenario el Jazz Salón de la Casa de la Cultura de Calzada y 8, en el municipio habanero Plaza de la Revolución.
Conocida por su serie de performances “No más silencio” y su trabajo artístico con materiales reciclados, Bernard ha desarrollado una obra marcada por la memoria, la identidad afrodescendiente y la denuncia de las violencias silenciadas.
Desde hace tres años impulsa el Proyecto Arte Raíz Mambí en la provincia Santiago de Cuba, donde ha desarrollado talleres de educación popular contra la violencia de género y otras acciones junto a estudiantes de la Escuela Profesional de Artes José María Heredia Heredia.
En entrevista con Progreso Semanal , Lili Bernard comparte sus motivaciones, su reencuentro con su tierra natal y su activismo social entre dos mundos.
—Nació en Cuba, pero ha desarrollado su vida profesional en los Estados Unidos. ¿Cómo ha sido ese trayecto vital?
–Sí, nací en Santiago de Cuba, pero mi familia salió del país cuando yo tenía casi dos años. Vivimos primero en España y después llegamos a Nueva York, cuando tenía casi cuatro años y no sabía hablar inglés. Más tarde residimos en Nueva Jersey y luego, cuando cumplió 16, nos fuimos a Japón, porque mi padre era ingeniero eléctrico de refinerías.
“Pasé mi adolescencia en Japón; después, mientras cursaba la universidad, mis padres vivían en Arabia Saudita y los visitaba en los veranos. Finalmente me establecí en Los Ángeles, en 1993, donde construyó mi carrera artística y familiar: soy madre de seis hijos”.
—Ha regresado a Cuba en varias ocasiones. ¿Qué la movió a reconectar con tus raíces?
–La primera vez que vine fue en 2002, para despedir a mi tío materno Carlos, un veterano de la guerra en Angola. Desde entonces, Cuba siempre ha estado en mi corazón, aunque pasaron veinte años antes de que pudiera volver por motivos económicos.
“Cuando iba a visitar a mis padres en España siempre veía allí a mis primos de Santiago de Cuba. Teníamos una relación muy cercana y me comentaron sobre las dificultades que atravesaban en Cuba. Tengo primos que son bailarines, artistas y periodistas.
“En 2002 había visto el monumento de Alberto Lescay a Antonio Maceo en Santiago de Cuba y lloré al sentir una conexión espiritual con mi historia familiar; mi abuelo paterno lo conoció y escribió en el periódico El Cubano Libre, que se fundó en la manigua. Mi padre me hablaba mucho de la guerra contra los españoles. Me recordaba a mi abuelo y andaba siempre con una medalla de mambises.

“Ver esa obra me hizo llorar. La imagen de Maceo, del caballo y los machetes angulados, es muy moderna. Es una mezcla de arte conceptual y figurativo.
“Luego, en 2022 me enteré de que Lescay tenía una exposición de su arte en Beverly Hills y una amiga me avisó y lo llamé. Le dije que era nieta de mambises, igual que él y que mis hijos eran artistas como los suyos. Lo invité a comer a mi casa y cociné para él comida cubana.
“De ahí nació nuestra colaboración y el proyecto Arte Raíz Mambí, que fusiona arte, performance y ayuda humanitaria”.
— ¿Cómo funciona ese proyecto?
–Es una plataforma artística y solidaria que involucra a más de 200 creadores de Cuba y Estados Unidos. Siempre participamos en el Festival del Caribe. Organizamos exposiciones, performances y conciertos en espacios como el Estudio Teatral Macubá y en galerías de arte.
“También recolecto donaciones entre amigos y familiares en Estados Unidos: instrumentos musicales como trompetas, violines, teclados, tambores, cuerdas para guitarra, computadoras, laptops, teléfonos, proyectores y todo lo que pueda servir para sostener el trabajo de los artistas en Cuba. Financio los viajes con ese apoyo comunitario. No soy rica; soy una madre soltera, pero creo en la fuerza de la solidaridad”.
—Su obra aborda con frecuencia el trauma, el cuerpo y la sanación. ¿Qué papel desempeñaron sus talleres “No más silencio”?
–Los talleres nacen del performance I Am A Woman / No More Silence, que llevamos a museos y galerías de arte, donde trabajamos con mujeres sobre la memoria corporal y la resiliencia. En Cuba lo adapté al contexto local, incorporando el reciclaje como metáfora emocional. “Enseñé a crear bolsos con camisetas viejas y tijeras. Conversamos sobre qué cargamos emocionalmente —el “bagaje bueno” y el “bagaje malo”—. Es un ejercicio simbólico y liberador. En el último taller que impartí en Santiago de Cuba conocí a Maritza Donatién Texidor, líder del proyecto Afroestético Todo Turbante y me invitó a participar en el Encuentro de Ancestralidad, en La Habana.
Lili Bernard acompañada de la psicóloga social Norma Rita Guillard Limonta, presidenta de la Sección de Identidades, Diversidad y Comunicación Social; Maritza Donatién Texidor, coordinadora del proyecto afroestético “Todo Turbante”; y de la Dra. Kimberly Walle
— ¿Qué significó este evento para usted?
–Fue una experiencia profundamente transformadora. Me impresionó la energía, la sabiduría y el poder de las mujeres cubanas afrodescendientes dialogando desde la Academia y las artes. Todo con una honestidad emocional que rara vez se ve en foros en Estados Unidos.
“En La Habana sentí que la ancestralidad no es solo memoria, sino acción intelectual y espiritual. Cuando tú escuchas a estas mujeres profesoras hablar sobre sus investigaciones, es como un libro de un hombre filósofo muerto. En la universidad me pusieron a estudiar solamente la Filosofía de hombres blancos muertos. ¿Me entiendes? Ellas escriben y hablan como hombres blancos muertos. No hay diferencias. Son inteligentísimas.
“La historia de la mujer negra es el resultado de la violencia sexual. No es solamente nuestra historia, es la historia de los blancos también. Así que es muy importante que todo el mundo vea la resiliencia de estas mujeres”.
— ¿Sufrió discriminación por motivos de género y del color de la piel?
–En Estados Unidos sufrió el racismo. Cuando tenía cinco o seis años, los otros niños que conocían algo de mi historia personal, me llamaban: nigger, chink, spick. Son malas palabras que significan negra, china, latina, española. Pero son un insulto tremendo.
“Y detrás de eso me pusieron comunista porque nací en 1964, poco después de la Revolución Cubana. Por lo tanto, ser cubano era algo feo. Como un estigma. Eso fue difícil. Mis padres no estaban de acuerdo con el comunismo. Se fueron de la Isla y yo aprendí sobre Cuba a través de sus lentes.
“Hay muchos cubanos americanos que me dicen, ¿por qué vas a regresar a Cuba? No hay nada bueno ahí. Hay pobreza. Hay comunismo. No hay libertad. Pero veo que en Cuba hay mucho amor por el conocimiento y por la superación profesional”.
— Ha expresado críticas al racismo institucional en Estados Unidos y al bloqueo contra Cuba. ¿Cómo concilia esas luchas?
–Las dos están conectadas. Hay mucha marginación hacia los artistas negros. Allí si eres mulata te llaman negra y aunque tengo una Maestría no me invitan a hablar en instituciones de arte. Por eso fundó en Los Ángeles una asociación de artistas negros. Aquí en Cuba encontró otra actitud: se celebra el arte sin importar el color de la piel.
“Y duele ver cómo el bloqueo de los Estados Unidos impide que el talento y la dignidad del pueblo cubano prosperen con más libertad. Es puro colonialismo. Creo que la relación entre ambos países debería normalizarse para beneficio mutuo. Mi proyecto, aunque pequeño, demuestra que el intercambio cultural puede ser un puente entre ambos pueblos. Cuba tiene mucho que enseñar sobre solidaridad, arte y educación”.
— ¿Piensa regresar?
–Sí, claro. Me gustaría vivir en Cuba. Este país es una llave espiritual para mí. Cada regreso es una conversación con mis raíces, un diálogo de amor y resistencia.

