
La reforma que nunca fue (y la contrarreforma que sí)
Una reforma auténtica implica integralidad, planificación, participación ciudadana, evaluación y corrección.
Artículo de opinión basado en “La Contrarreforma”, de Rubén Padrón Garriga, publicado en La Joven Cuba.
***
En el debate político cubano vuelve a aparecer un viejo fantasma con un nombre nuevo. Ayer fue el “centrismo”, hoy es el “reformismo”. El objetivo, sin embargo, sigue siendo el mismo: descalificar, silenciar y excluir a quienes se atreven a cuestionar el inmovilismo que nos ha traído hasta aquí. Así lo plantea con lucidez Rubén Padrón Garriga en su artículo «La Contrarreforma», publicado en La Joven Cuba, un texto que pone el dedo en una llaga que ya no se puede ocultar.
Según los nuevos defensores de la ortodoxia, Cuba está sufriendo hoy las consecuencias de “las reformas”. Pero esta acusación se derrumba apenas se examina con rigor qué se ha reformado realmente. Como señala Padrón Garriga, una reforma auténtica implica integralidad, planificación, participación ciudadana, evaluación y corrección. Nada de eso ha ocurrido en Cuba. Lo que hemos tenido son medidas aisladas, tardías y desesperadas, aplicadas cuando el colapso ya era evidente.
Ni la ampliación del sector privado, ni el fallido Ordenamiento, ni la autorización de las mipymes constituyen una reforma estructural. Son parches. Cambiaron algunas dinámicas de supervivencia, pero no tocaron los nudos centrales del problema: la falta de autonomía de la empresa estatal, su burocratización crónica y, al mismo tiempo, el cerco regulatorio que asfixia al sector privado. El resultado está a la vista: baja producción nacional, dependencia de las importaciones, inflación descontrolada y empobrecimiento acelerado.
En este contexto, culpar a los “reformistas” de la crisis es —como bien ironiza el autor— invocar al babujal: un enemigo imaginario que solo existe para meter miedo y justificar la inacción. Las propuestas de reforma no solo existen, sino que han sido formuladas con detalle por economistas cubanos desde distintos enfoques, muchos de ellos publicados en La Joven Cuba y en revistas académicas estatales. Eliminación de la subordinación ministerial de las empresas, cambios en la política de inversión, incentivos reales para la producción de alimentos, reformas fiscales y crediticias: las ideas están ahí. Lo que no ha estado presente es la voluntad política para implementarlas de manera coherente.
La contradicción llega al absurdo cuando quienes atacan la reforma se apropian del lenguaje del cambio. ¿Qué significa “cambio de mentalidad” o “hacer las cosas diferentes”, expresiones recurrentes en el discurso oficial, si no es una admisión implícita de que el modelo actual no funciona? Pero estos sectores prefieren no confrontar al poder real. Es más fácil cargar contra intelectuales y periodistas que señalar decisiones concretas: hoteles vacíos mientras falta comida, dolarización de bienes básicos, leyes clave eternamente pospuestas.
El eslogan “¿Reforma o Revolución?” suena épico, pero está vacío. ¿De qué revolución hablan? ¿Contra quién? ¿Para cambiar qué y cómo? Como recuerda Padrón Garriga, incluso Rosa Luxemburgo —tan citada como mal leída— entendía la reforma como una herramienta indispensable para mejorar la vida de las mayorías y crear las condiciones para transformaciones más profundas. Usar su pensamiento de forma descontextualizada no es radicalidad: es deshonestidad intelectual.
Mientras tanto, países del Sur Global han demostrado que las reformas pueden generar resultados tangibles. Vietnam, con su Doi Moi; Brasil, bajo Lula; México, con Morena. Ninguno es un paraíso, pero todos han logrado mejoras materiales para amplios sectores populares. ¿También habría que condenarlos por no ajustarse a una pureza ideológica abstracta?
La lección es clara: sin reforma económica no hay salida, y sin reforma política que abra espacios reales de participación y deliberación, tampoco. No se trata necesariamente de multipartidismo inmediato, sino de mecanismos efectivos que conecten la voz ciudadana con la toma de decisiones. Lo contrario es una guerra de facciones estéril, mientras el país se hunde.
Hoy Cuba no puede permitirse más contrarreformas disfrazadas de revolución épica. Fabricar enemigos internos, mentir y difamar no resolverá la falta de electricidad, la inflación ni el éxodo masivo. Defender el socialismo —o simplemente salvar el país— exige asumir responsabilidades, debatir con honestidad y cambiar lo que no funciona.
Como advierte Rubén Padrón Garriga en La Joven Cuba, quedarse donde estamos no es resistencia: es resignación. Y eso sí que nos conduce, sin metáforas, al abismo.
