Georg Wilhelm Friedrich Hegel
El espíritu de nuestra época
El espíritu de nuestra época se define por el desarrollo de la tecnología, en especial la IA, pero me inclino a pensar que lo realmente determinante son el individualismo y el militarismo en las relaciones internacionales.
El filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel popularizó el concepto de “espíritu de la época” para definir el conjunto de ideas y valores que caracterizan un momento histórico determinado.
Para algunos, el espíritu de nuestra época se define por el desarrollo de la tecnología, en especial la inteligencia artificial, pero me inclino a pensar que lo realmente determinante son el individualismo en el comportamiento de las personas y el militarismo en las relaciones internacionales, dos consecuencias directas del desarrollo del capitalismo, en su fase imperialista moderna.
Cuando Donald Trump se ufana de haber asesinado a un líder religioso extranjero junto a toda su familia, incluida su nieta, y la mayor parte de la gente reacciona centrando su preocupación en el aumento del precio de los combustibles, estamos ante la crisis de valores que caracteriza la ideología predominante en el mundo contemporáneo.
Marx estableció un condicionamiento del concepto de “espíritu de la época” al plantear que este estaba determinado por las relaciones sociales y económicas concretas existentes en un momento dado. “Las ideas dominantes de cada época han sido siempre las ideas de la clase dominante”, afirmaba. Vale entonces preguntarnos cuál es el equilibrio de dominación que refleja la actual coyuntura.
Después de la debacle de la Unión Soviética y del campo socialista europeo, el sistema capitalista se estableció en todas partes, e incluso en países como China, Vietnam y Cuba, donde el modelo socialista, como forma de organización de la sociedad, sobrevivió; no han tenido otra opción que adaptar sus economías a las exigencias del mercado mundial capitalista.
La “globalización neoliberal”, dígase la eliminación de barreras nacionales al comercio internacional y a los flujos de capital, la privatización de las empresas públicas y la restricción de la intervención de los Estados nacionales en la economía, fue considerada el “fin de la historia” y determinó la consolidación del neocolonialismo como sistema de dominación en los países del Tercer Mundo.
Se daba por hecho que Estados Unidos sería el gran beneficiario de la nueva coyuntura. Amparados por el dólar, el capital norteamericano impondría las reglas del mercado financiero, sus producciones inundarían el comercio mundial y la tecnología norteamericana dominaría el desarrollo científico de la humanidad. Por si fuera poco, donde fallaran la economía y la diplomacia, la fuerza bruta estaba lista para imponer el dominio norteamericano. En la posguerra de la Guerra Fría, ese país ha llevado a cabo quince grandes intervenciones militares en casi todo el mundo.
Sin embargo, las cosas no ocurrieron exactamente de la manera prevista y, más que fortalecer, la globalización neoliberal ha contribuido al deterioro de la hegemonía estadounidense. Según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), aunque continúa siendo la economía más grande del mundo y abarca cerca de un cuarto del Producto Interno Bruto (PIB) global, la brecha que separa a Estados Unidos de otros países emergentes, sobre todo de aquellos agrupados alrededor de los BRICS, se ha reducido sensiblemente, lo que afecta la capacidad norteamericana para imponer su dominio en el equilibrio político internacional.
El caso más notorio es China, que en 2000 representaba un décimo de la economía norteamericana y ahora equivale al 63% de su tamaño, con un ritmo de crecimiento mucho mayor. En el caso del comercio, este fenómeno es más ostensible: mientras a principios de siglo Estados Unidos dominaba el mercado mundial, en la actualidad apenas representa el 10% de las operaciones.
Esto se relaciona con una disminución de su capacidad industrial, como resultado del desplazamiento de las inversiones hacia países menos desarrollados, pero con mayor rentabilidad del capital. Mientras en 2000 la producción industrial norteamericana representaba el 28% de la producción mundial, en la actualidad apenas alcanza el 16%. Por el contrario, China ha crecido del 6% en el 2000 al 32% en la actualidad.
Ni siquiera en las ramas de la alta tecnología, actual motor de la economía norteamericana, se puede afirmar que goza de una ventaja determinante respecto a China, que cada día muestra nuevos avances en este sentido.
La consigna “Make America Great Again” (MAGA), que alienta al movimiento ultraconservador norteamericano, no está exenta de la realidad. Aunque no afecta a todos por igual y convive con una extraordinaria concentración del capital, la decadencia de Estados Unidos es un hecho tangible que se refleja en sus contradicciones internas, en el deterioro de sus instituciones y de las reglas que rigen la política doméstica, así como en la aplicación de su política exterior.
Basta revisar la Estrategia de Seguridad Nacional, recientemente publicada por el gobierno, para percibir un repliegue estratégico en la proyección del imperialismo norteamericano. Frente a esta realidad, el uso de la fuerza aparece como la única alternativa y refleja más la debilidad del sistema que el poderío que se pretende demostrar.
También en Europa, el otro centro del capitalismo occidental, el sistema muestra signos de agotamiento; los problemas estructurales de la economía afectan a todos los países y es evidente la disminución de su importancia política a escala internacional. Ursula von der Leyen no deja de tener razón al afirmar que no se puede confiar en un orden internacional cuyas normas civilizatorias han sido dinamitadas. Según Josep Borrell, quien fue jefe de la diplomacia europea, esos países “hundieron su faro moral” al aceptar el genocidio israelita en Gaza.
Sin embargo, no ocurre lo mismo con la ideología que sustenta la cultura del capitalismo. Como resultado del desarrollo extraordinario de los medios de comunicación y de su control por los poderes fácticos del sistema, las ideas y los valores del capitalismo penetran en la conciencia de las personas en los lugares más recónditos del planeta. En particular, resulta determinante la promoción de un individualismo que enajena a las grandes masas de su clase social y moldea la respuesta popular a las crisis políticas de sus países.
Según esta visión, la lucha por reivindicaciones sociales “rebaja” a las personas al bando de los perdedores y las aleja de alcanzar la “identidad soñada”, como parte de la llamada “clase media”, identificada por su capacidad para consumir los excesos que ofrece el mercado.
La ideología capitalista enseña que no hay dignidad en la pobreza, que el “éxito” de las personas depende de los méritos y del esfuerzo individual, y que no vale la pena dedicar la vida al bien colectivo. La solidaridad con los demás o el sacrificio individual, en pos de metas comunes, han sido eliminados del discurso político actual, incluso dentro de los movimientos de izquierda. Se acabaron los apóstoles.
El éxito de la ideología capitalista se explica por el contrasentido de que la gente actúe en contra de sus propios intereses y busque superar la crisis del sistema mediante el apoyo a la agenda de la extrema derecha. Bajo el argumento de que ello aporta mayor “estabilidad” al sistema, como base para “ascender socialmente” e insertarse en el grupo clasista “donde se aspira a pertenecer”, se descalifican las luchas sindicales y se retrocede en las reivindicaciones sociales alcanzadas. Tanto es así que los movimientos progresistas han perdido votos en la medida en que sus políticas logran sacar a más personas de la pobreza.
Gracias a la difusión de esta mentalidad, Donald Trump puede instalarse como líder de buena parte de los trabajadores norteamericanos, que un perturbado como Javier Milei sea presidente de Argentina o que el neonazi José Antonio Kast gane las elecciones en Chile, para no hablar del avance del fascismo en la propia Europa, donde existió en sus formas más abominables.
De esta manera, el nacionalismo, en su versión más xenófoba y chovinista, vuelve a ser patrimonio de los países imperialistas y se espera que los demás acepten la soberanía limitada, como una muestra de la “modernidad” alcanzada. La rebelión popular se ha convertido en un recurso de las “revoluciones coloridas” de la extrema derecha y, según esta narrativa, los procesos verdaderamente emancipatorios son puro “terrorismo”. La emigración, con su cuota de humillaciones, ha devenido la alternativa de vida de los insatisfechos.
Todo esto nos conduce a la curiosa contradicción de vivir un proceso de auge de la ideología capitalista, mientras se aprecia la degeneración del sistema, al menos en lo que respecta a la hegemonía norteamericana. A este paso, donde prima la indiferencia cómplice, corremos el riesgo de hundirnos como en el Titanic: escuchando violines y rodeados de lujos, inalcanzables para la mayoría, pero que adornan la tragedia.
