
Dengue y Chikungunya en Cuba: la tormenta perfecta
Ese insecto diminuto, que parece insignificante, se ha convertido en el protagonista de una crisis que golpea a Cuba con fuerza.
Se subestimó al mosquito, y se abrió la puerta a una tormenta perfecta. Ese insecto diminuto, que parece insignificante, se ha convertido en el protagonista de una crisis que golpea a Cuba con fuerza.
La Habana, nueve de la noche. El calor se pega a las paredes desconchadas y obliga a abrir las ventanas. Afuera, el aire trae un olor agrio: basura acumulada en las esquinas, bolsas rotas por perros callejeros, charcos de agua mezclados con restos de comida. Entre ese paisaje, un sonido se repite: el zumbido del mosquito.
Ese insecto diminuto, que parece insignificante, se ha convertido en el protagonista de una crisis que golpea a Cuba con fuerza. Además de los virus habituales de influenza, algunos casos de COVID 19 y Oropouche, el país enfrenta una doble epidemia: dengue y chikungunya. Dos virus distintos, pero transmitidos por el mismo enemigo. La combinación ha creado un escenario complejo, donde los cuerpos de guardia se llenan, las familias se desesperan y las calles muestran las huellas de problemas acumulados.
El zumbido se ha vuelto símbolo de miedo. Cada picadura es una amenaza. Cada fiebre, una sospecha.
En el policlínico X, los pasillos huelen a desinfectante mezclado con sudor. Un médico joven, dice casi sin mirar: “En una sola guardia podemos ver decenas de casos febriles. Algunos evolucionan rápido, otros requieren ingreso. Lo más difícil es diferenciar si es dengue o chikungunya, porque los síntomas se parecen mucho”.
En la sala de espera, una madre abanica a su hijo con un cartón. El niño tiembla de fiebre. A su lado, otra mujer murmura: “Ya no sé si es dengue o lo otro, lo que sé es que mi niña lleva dos días sin dormir.”
Las escenas se repiten en La Habana, Matanzas, Santiago, Cienfuegos… Los policlínicos y hospitales se convierten en trincheras contra un enemigo invisible.
La calle como criadero
Un barrio de La Habana, mediodía. El sol cae fuerte y el olor a basura se intensifica. El agua de lluvia se ha quedado atrapada en huecos del pavimento, formando charcos donde las larvas se mueven como hilos transparentes.
Un vecino señala un tanque de agua en su patio: “Aquí el agua llega cada dos o tres días. Tenemos que guardar en cubos. ¿Cómo vamos a taparlos todos si no tenemos tapas y el cloro escasea?”
El zumbido de los mosquitos acompaña la conversación. Es un sonido que ya nadie ignora. En los barrios, los vecinos improvisan tapas con tablas y plásticos. Pero no siempre funciona. El mosquito encuentra su espacio.

¿Qué pudo haber pasado?
En Cuba, la respuesta a esta epidemia no tuvo la rapidez de otras ocasiones. Los primeros casos no se acompañaron de campañas masivas. La información llegó tarde y muchas veces sin claridad. En algunos barrios, la gente no sabía si lo que circulaba era dengue, chikungunya o “una fiebre rara”. La falta de información, como siempre, dio espacio en las redes a conjeturas, presunciones, teorías, predicciones…
La información oficial ha adolecido de vacíos. La vigilancia epidemiológica en Cuba es muy robusta, con capacidad de respuesta rápida. En julio comenzó a reportarse un aumento de casos de fiebre en varios poblados de Matanzas. Y la epidemia nos explotó en la cara.
Distribución geográfica de casos autóctonos confirmados de chikungunya en la Región de las Américas, 2025 (hasta la semana del 2025).
Fuente: OPS: Alerta epidemiológica Chikungunya y Oropouche en la Región de las Américas. 28 de agosto del 2025. 2025-ago-28-phe-alerta-chkvorovesfinal.pdf Accedido 19 noviembre 2025.
Se trató de explicar la pronta diseminación de pacientes argumentando que julio y agosto son meses de mucha movilidad por las vacaciones, que son meses de mucho calor y de abundante lluvia. ¿Pero no se comportan siempre así esos meses? ¿Se esperaba que fuera diferente? ¿Falló la vigilancia, o la toma de decisiones sobre los datos que esta ofrecía?
Enfrentar una epidemia es caro, y el bloqueo está presente, pero desde finales de octubre se ha visto un cambio en lo que respecta a recogida de basura, fumigación, pesquisas, estudiantes de medicina visitando las casas… El bloqueo ha estado tan presente en julio como en octubre. ¿No pudo haber comenzado esto antes?
Se hablaba de 21,000 casos, dos días después se habló de estimaciones de un 30 % de la población. Eso representa cerca de 3 millones de cubanos. Mi cuadra no es representativa de lo que pasa en el país, pero muchos más de la mitad de mis vecinos han tenido fiebre y dolores articulares en el último mes. Es la percepción de la mayoría de los cubanos.
En barrios de La Habana, se reportan hogares donde dos o tres miembros enferman a la vez, con muy pocos días de diferencia. Los adultos mayores sufren complicaciones más graves. Hoy en la mañana oí por primera vez reportes de pacientes de varias edades en terapia intensiva, algunos graves.
Los niños también están en riesgo. Una pediatra explica: “La fiebre alta y la deshidratación ponen en peligro su salud rápidamente”.
Aunque el chikungunya no tiene la letalidad de la COVID 19 o el mismo dengue, no es tan inocuo. Más allá de los dolores articulares que pueden durar hasta meses, se están viendo casos con secuelas neurológicas. Estamos aprendiendo sobre la marcha.
Las personas hablan de fallecidos, que si es por chikungunya, por dengue, o por complicaciones de las enfermedades que tienen las personas que se infestan. Más allá de las causas, las estadísticas oficiales darán las cifras de fallecimientos.
Por otro lado, la epidemia no solo afecta la salud. También golpea la economía familiar. Días sin trabajar, gastos en medicinas, miedo constante.
Un déjà vu histórico
Cuba ya había enfrentado grandes epidemias de dengue en los años 80 y 90, con miles de casos y campañas masivas de fumigación. En aquel entonces, brigadas de estudiantes y trabajadores entraban casa por casa.
En la epidemia de dengue de 1981, Cuba movilizó a miles de voluntarios en jornadas de limpieza. Brigadas de estudiantes y trabajadores entraban casa por casa, revisando depósitos de agua y fumigando. La acción comunitaria fue clave para reducir la transmisión. Se crearon más de 100 terapias intensivas pediátricas en poco tiempo.
Hoy, la falta de recursos ha hecho que esa capacidad se reduzca. Los recuerdos de aquella movilización contrastan con la realidad actual: calles llenas de basura, equipos de fumigación que no trabajan por falta de personal, frecuencia de fumigación poco efectiva…
En una esquina de La Habana Vieja, una mujer barre frente a su casa. El olor a basura es fuerte, pero ella insiste: “Si no limpio yo, nadie lo hace.”
En Santiago, un barrio entero organiza una jornada de limpieza. Los niños corren con cubos, los adultos voltean recipientes.
En Camagüey, un grupo de jóvenes pinta carteles con mensajes: “El mosquito mata. Limpia tu patio.” Los pegan en postes y paredes. La gente los mira con escepticismo, pero algunos sonríen: al menos alguien intenta algo.
Hace una semana tuve necesidad de salir de casa y alejarme unas cuadras, fue la primera vez que salí después de haber pasado la fase aguda de la enfermedad. Me llamó la atención la gran cantidad de personas que vi con dificultad para caminar: apoyados en bastones, en paraguas, acompañados de otra persona, cruzando la calle con gran lentitud y un rictus doloroso en la cara.
Se ha hablado de los dolores articulares que deja, pero poco se ha dicho sobre la discapacidad que puede dejar por un tiempo prolongado. ¿Tendremos una “epidemia” de discapacidad? Está por ver.
Lecciones a aprender
Cuba estaba casi virgen a este virus, contrario a lo que ha ocurrido en el Caribe donde sí ha circulado de forma epidémica con anterioridad. Eso nos vuelve muy susceptibles. Salvando las distancias, me recuerda las consecuencias de la introducción por los europeos de la viruela y la sífilis en los nativos de nuestro Caribe cuando el llamado “encuentro de dos culturas”. El fin de la epidemia se logrará en un equilibrio entre disminución a niveles ínfimos del mosquito y la infestación de una gran parte de la población.
Un mosquito no entiende de burocracia ni de escasez. La lección es clara: la prevención no puede esperar. La comunidad es clave. La transparencia salva vidas.
Cuba necesita reforzar la infraestructura de saneamiento, y esto trasciende al Ministerio de Salud Pública. En Cuba, la gente no pide milagros, pide lo básico: recogida de basura, agua potable, información clara.
La epidemia de dengue y chikungunya en Cuba no es solo una crisis sanitaria: es el reflejo de problemas acumulados en la gestión de residuos, la falta de insumos y la comunicación tardía, entre otros.
¿Se pudo mitigar con acciones a tiempo? Es fácil mirar con un “retroscopio” y criticar. Pero debemos aprender lecciones: acciones simples pero sostenidas: limpieza, educación, respuesta rápida. En tres años hemos sufrido dos situaciones parecidas: COVID 19 y la actual epidemia. Eso puede seguir sucediendo. Estemos preparados.
Se subestimó al mosquito, y se abrió la puerta a una tormenta perfecta.



