
Cuba ya ha escuchado esto antes — y sigue en pie
Mucho antes de Fidel Castro, antes del socialismo, incluso antes de que Estados Unidos emergiera como potencia mundial, Cuba ya estaba firmemente situada en la mira de la ambición estadounidense.
(Este editorial se escribe en respuesta a un artículo publicado en el Nuevo Herald, escrito por Nora Gámez Torres, titulado: “Por años, muchos predijeron la caída del régimen cubano. ¿Podría ser diferente esta vez?”, en el que se citan las mismas voces gastadas de siempre que sueñan con imponer en la isla una democracia al estilo Miami —o deberíamos llamarla cleptocracia—.)
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Una vez más, Washington declara que Cuba está al borde del colapso.Una vez más, funcionarios estadounidenses hablan de “oportunidades”, “transiciones” y “vías de salida”, como si el destino de una nación soberana les perteneciera por derecho. Y una vez más, los periodistas se preguntan si esta crisis —este presidente, este paquete de sanciones, este sacudón regional— logrará finalmente lo que once administraciones estadounidenses no han conseguido.
La respuesta sigue siendo la misma.
Cuba ya ha escuchado esta historia antes.
Mucho antes de Fidel Castro, antes del socialismo, incluso antes de que Estados Unidos emergiera como potencia mundial, Cuba ya estaba firmemente situada en la mira de la ambición estadounidense. Thomas Jefferson escribió en 1805 que Cuba era “la adición más interesante que jamás podría hacerse a nuestro sistema de estados”. John Quincy Adams describió la isla como un “apéndice natural” destinado a caer en manos de Estados Unidos por “las leyes de la gravitación política”.
No era ideología. Era geografía — y era imperio.
Desde los primeros días de la república, los líderes estadounidenses entendieron que controlar Cuba significaba dominar el Golfo de México, las rutas comerciales del Caribe y el poder hemisférico. Cuando España se negó a vender la isla, Washington esperó. Cuando surgieron los movimientos independentistas, Estados Unidos intervino —no para liberar a Cuba, sino para reemplazar a España.
El resultado fue la ocupación de 1898, la Enmienda Platt y medio siglo de dominación neocolonial en el que la economía, la política y la seguridad de Cuba quedaron subordinadas a los intereses de Washington. Los presidentes cubanos subían y caían según la aprobación estadounidense. Las corporaciones norteamericanas controlaban el azúcar, los servicios públicos, la tierra y los bancos. Dictadores como Fulgencio Batista gobernaron con armas y la bendición de Estados Unidos.
La Revolución Cubana de 1959 no creó la hostilidad hacia Washington —sino que interrumpió el control.
Lo que vino después no fue solo un desacuerdo sobre el comunismo. Fue una represalia por la desobediencia.
Desde entonces, Estados Unidos ha intentado prácticamente todos los mecanismos de cambio de régimen posibles, salvo una invasión sostenida: estrangulamiento económico, sabotaje encubierto, acusaciones de guerra biológica, planes de asesinato, desembarcos de mercenarios, ataques terroristas, aislamiento diplomático, bloqueo financiero y el régimen de sanciones más prolongado de la historia moderna.
Cuando eso fracasó, Washington esperó. Cuando volvió a fracasar, endureció el bloqueo. Cuando volvió a fracasar, lo intentó de nuevo.
Y ahora, una vez más, se nos dice que Cuba está acabada.
El artículo del Nuevo Herald presenta el sufrimiento económico de Cuba como prueba del fracaso ideológico. Pero ese enfoque omite deliberadamente la variable central: ningún país del mundo ha sido sometido a una guerra económica tan prolongada, tan integral y tan condenada internacionalmente como Cuba.
El bloqueo estadounidense no es simbólico. Penaliza a terceros países, navieras, bancos, aseguradoras y proveedores humanitarios. Restringe el acceso al combustible, bloquea los mercados financieros, criminaliza la inversión y convierte la escasez en un arma política. Desde 1992, todas las Asambleas Generales de la ONU —incluidos los aliados de Estados Unidos— han votado abrumadoramente a favor de condenarlo.
Las dificultades de Cuba son reales. Pero no son accidentales.
Presentar la privación sin mencionar la política que la produce no es periodismo —es blanqueamiento narrativo.
El momento actual se describe como único porque el apoyo petrolero venezolano ha sido interrumpido y Washington ahora exhibe con mayor descaro la amenaza militar. Pero Cuba ha sobrevivido a situaciones mucho peores.
Sobrevivió al colapso de la Unión Soviética —una pérdida del 85 % de su comercio exterior de la noche a la mañana. Sobrevivió a niveles de ingesta calórica cercanos a la de la hambruna durante el “Período Especial”. Sobrevivió a oleadas migratorias, primero estimuladas y luego politizadas desde Washington. Sobrevivió al terrorismo que asesinó civiles en hoteles y aviones. Sobrevivió durante décadas sin aliados significativos ni acceso a las finanzas globales.
Lo que permitió a Cuba resistir no fue la abundancia —fue la cohesión política nacida de la memoria histórica.
Los cubanos entienden que la presión estadounidense nunca ha tenido que ver con la democracia. Nunca lo tuvo.
Washington apoyó a Batista. Apoyó a Somoza. Apoyó a Pinochet. Apoyó a decenas de dictadores en América Latina mientras estos sirvieran a sus intereses. El crimen de Cuba no fue la represión —muchos regímenes fueron represivos—. Su crimen fue la independencia.
Por eso los funcionarios estadounidenses hablan abiertamente de quién debe gobernar Cuba, qué sistema económico es aceptable y qué líderes pueden permanecer. Ninguna nación soberana acepta tales condiciones sin resistencia.
El artículo del Miami Herald sugiere que Cuba debería negociar “antes de que sea demasiado tarde”. Pero la historia demuestra que cada concesión arrancada bajo coacción se convierte en la condición previa para la siguiente exigencia. El bloqueo no se levantó cuando Cuba retiró sus tropas de África. No se levantó cuando abrió el turismo. No se levantó cuando permitió el trabajo privado. No se levantó cuando se restablecieron las relaciones bajo la administración de Obama.
Porque la normalización nunca ha sido el objetivo.
La sumisión sí.
La dirigencia cubana entiende esa realidad. Por eso, el rechazo de Díaz-Canel a las negociaciones “basadas en la coerción o la intimidación” no es fanfarronería —es una lógica de supervivencia aprendida durante seis décadas de confrontación.
Esto no significa que Cuba sea perfecta ni esté exenta de críticas. El país enfrenta graves disfunciones económicas, inercia burocrática, pérdida demográfica y frustración social. Las reformas son necesarias. El debate existe en la sociedad cubana. El cambio llegará —pero debe venir de los cubanos, no de portaaviones ni de oficinas de sanciones en Washington.
Lo que el artículo finalmente no puede aceptar es esto: Cuba puede estar golpeada, pero no está derrotada.
Sus instituciones permanecen intactas. Sus fuerzas armadas siguen unidas. Su población —pese al agotamiento y las privaciones— entiende que el colapso bajo presión extranjera no traería soberanía, sino dependencia.
Estados Unidos ha esperado más de 200 años para controlar Cuba. Ha esperado 67 años para que caiga la Revolución. Y puede que espere muchos más.
Porque la historia ha demostrado algo que Washington se niega a aprender: las naciones no se rinden simplemente porque sean pobres, aisladas o amenazadas.
Se rinden solo cuando olvidan quiénes son.
Cuba no lo ha olvidado.
