Arte experimental japonés edifica puentes culturales entre Cuba y México

La relación artística entre Cuba y México es histórica y profunda, tejida a través de siglos de intercambios culturales. Recientemente, esta conexión ha encontrado un diminuto pero sorprendente canal: el butoh, una forma de danza experimental japonesa que está creando pequeños nuevos puentes entre ambas naciones caribeñas.

El arte performático japonés butoh inesperadamente está creando lazos entre Cuba y México. En diciembre de 2024, la renombrada maestra Yumiko Yoshioka cruzó el Canal de Yucatán para impartir talleres en La Habana, consolidando un puente cultural que trasciende fronteras. Este movimiento, surgido en el Japón de la posguerra, ha encontrado terreno fértil en América Latina. Como un híbrido entre influencias occidentales y tradiciones escénicas japonesas, el butoh explora el cuerpo como escenario de memoria colectiva y resistencia.

“SOMOS IGUALES PERO DIFERENTES”

(We are) same same but different” (Somos iguales pero diferentes), afirma Yumiko Yoshioka, una frase que descubrió en Tailandia y que resonó profundamente durante su visita a estos países hermanos. Su taller “Resonancia del Cuerpo” explora el karada (cuerpo en japonés), para Yumiko un pasaje, concepto que sintoniza perfectamente con las cosmovisiones espiritistas mexicanas y cubanas.

“El butoh permite indagar en la memoria, en sus miles de tiempos presentes, pasados y futuros”, explica Déborah de la Cruz, creadora escénica mexicana que ha seguido las enseñanzas de Yoshioka.

Yumiko en Estudio Cimarrón. “Same same but different”. Fotografías: Edson Rabí

DE JAPÓN A AMÉRICA LATINA

Nacido en el contexto de la ocupación estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial, y la imposición hiper-materialista de Occidente, el butoh se inició con Tatsumi Hijikata y Kazuo Ohno. Su nombre original, Ankoku Butoh (danza de la oscuridad), exploró el espacio entre dualidades.

“Es una técnica que sitúa en el presente al cuerpo, permitiéndonos conectar con historias que solo pueden revelarse a través de él”, señala De la Cruz. Este ‘movimiento’ ha encontrado especial acogida en Latinoamérica porque “se conecta con las raíces de culturas que aún existen en Abya Yala, permitiendo abordar el cuerpo desde otros dioses, más allá de lo convencional judeo-cristiano”.

MÉXICO: LABORATORIO DE EXPLORACIÓN CORPORAL

En México, la práctica del butoh ha florecido desde la década de 1990. Festivales en Guanajuato, Ciudad de México y Veracruz presentaron a esta danza con los públicos mexicanos, con quienes desde entonces goza de una fuerte relación; desde hace 30 años atrajo la atención de artistas como Abraham Oceransky, quien reconoció su potencial para la exploración y preparación corporal del actor.

El proyecto Temporada de Danzas Misteriosas, iniciado en Mérida en 2019 con talleres de Yoshioka, ha sido parte de su difusión. Con la participación de maestros como Ken Mai y Juan Antonio Suinaga, esta iniciativa se consolidó en 2023 y posteriormente llegó a Campeche en 2024.

Foto: Alejandro Atocha Crespo. Campeche, muros en despiegue 2024.

CRUZANDO EL CANAL: DE YUCATÁN A LA HABANA

El salto más significativo ocurrió en diciembre de 2024, cuando el proyecto arribó a la isla con el respaldo de la UNAM-Cuba. Yoshioka impartió “La Resonancia del Cuerpo” en la Universidad de las Artes (ISA) y en el Estudio Cimarrón.

Esta no fue la primera vez que el butoh visitó La Habana. En 2013, durante el Festival Internacional de Danza en Paisajes Urbanos, la compañía Butoh Space Dance participó y ofreció talleres. Posteriormente, artistas como Sofía Devaux o la compañía Ad Livintum han compartido exploraciones inspiradas en estas prácticas.

Durante una ponencia en el Pabellón Cuba, parte de la XV-Bienal de La Habana, el artista Miguel Ángel Mulet hizo una observación interesante: “La misma ‘falta de algo’ que lleva a mexicanos al butoh impulsa a otros a buscar espiritualidad en las religiones afrocubanas, porque existe esa conexión entrañable entre México y lo yoruba”.

VOCES CRUZADAS: DE CIENTÍFICOS A BAILARINES

El taller en Cuba atrajo a una diversidad sorprendente de participantes. Entre ellos destacó Sonia Báez, científica cubana de 78 años y profesora de Biodanza, quien encontró una conexión inmediata con “la resonancia del cuerpo” de Yumiko.

“El butoh disuelve barreras de tiempo y espacio. Somos energía; con eso danzamos todos los cuerpos”, comenta Báez, quien posee doctorados en Ciencias Técnicas y Químicas. Para ella, esta danza comparte esencia con la Biodanza: “Es ponderar el espacio sin tiempo y el tiempo sin espacio, como es el amor”.

Maykel Hernández, de Relaciones Internacionales del ISA, describe la experiencia de espectador del taller de Yumiko, como transformadora: “Cada aspecto de la danza te va remontando a etapas de tu vida… cosas que hacía en la niñez simulando animales o emociones. Te hace entender por qué, en ese momento, sentías esa libertad de carga”.

La respuesta institucional en Cuba fue contundente. La Dra. Mercedes Borges Bartutis, especialista en danzología con vínculos profundos con México, respaldó el proyecto y facilitó la participación del performista Yanoskii Suárez, quien viajó desde Santiago de Cuba específicamente para el taller.

El interés abarcó múltiples áreas del ISA: desde Relaciones Internacionales hasta la Facultad de Teatro, con profesores como Sergio Gutiérrez quien pasó de espectador a participante activo. A pesar de los frecuentes apagones, la comunidad estudiantil mantuvo su compromiso con el taller de Yumiko.

La visita de Kanako Otsubo, agregada cultural de Japón en Cuba, dio a entender la relevancia de estos intercambios. Como reflexiona la gestora cultural mexicana Vina Sofía Revueltas: “Japón, cuna del budismo zen, puede compartir una fuerza de paz con la hermana humanidad”.

A pesar de los posibles desafíos, Yumiko Yoshioka está decidida a regresar a Cuba para profundizar este diálogo escénico. “Es un acto de fe en el arte”, comenta Revueltas, nieta del escritor José Revueltas, recordando: “La amistad México-Cuba es entrañable. Mi abuelo participó en la consolidación de la escuela de cine (EICTV). Si este abrazo internacional se consolida, podemos contribuir a conceptos que propician la paz”. A veces es un amigo o un pariente más lejano el que nos enseña a reconocernos entre primos-hermanos.

Marina Vera, representante de Yoshioka en México desde hace dos décadas, ofrece una visión poética: “Yumiko ha recorrido todo el mundo, pero hay vastos rincones que no conoce, que ahora pienso, puede conocer a través de Cuba”. Esta reflexión subraya cómo la isla funciona como un prisma que refleja la diversidad global.

“SI TODOS BAILAMOS… VIENE LA PAZ”

El maestro Ko Murobushi, durante su visita a Colombia donde trabajó con artistas enfocados en las desapariciones forzadas, hace algunos años, planteó una reflexión esencial: “¿Qué puede hacer el arte ante innombrables desgracias? Algo definitivamente muy pequeño, pero esa cosa pequeña puede tener poder”.

Las relaciones culturales Cuba-México son históricamente extensas, desde el bolero —reconocido por la UNESCO como patrimonio compartido— hasta las pedagogías escénicas y artes visuales contemporáneas con una mirada desde el sur global. El butoh, aunque menos sonado que estas manifestaciones conocidas, está tejiendo un nuevo hilo, trascendente, aunque diminuto quizás en este entramado cultural, resuena desde el Pacífico japonés hasta el Caribe como un puente silencioso de memorias compartidas. Un camino que, como demuestra este intercambio, permanece abierto y lleno de posibilidades en ambos territorios, no solamente para artistas profesionales.

Diego Barjau, Gestor y creador escénico mexicano egresado del Colegio de Literatura Dramática y Teatro de la facultad de filosofía y letras de la UNAM.