
Reformar o arruinarse: El estrecho camino de Cuba
La crisis actual es el resultado de la confluencia de presiones externas e ineficiencias internas.
Nota del editor: Este artículo de opinión fue inspirado por un artículo de Carlos Alzugaray Treto, publicado en La Joven Cuba.
***
Cuba se encuentra en una de las encrucijadas más peligrosas de su historia contemporánea. Esa es la advertencia central del académico y exdiplomático Carlos Alzugaray Treto: o se reforma el sistema para superar la crisis, o se rehúsa cambiar y se corre el riesgo del colapso. Su diagnóstico no es alarmista sino realista, y coincide con lo que muchos cubanos perciben en su vida cotidiana.
La crisis actual es el resultado de la confluencia de presiones externas e ineficiencias internas. Durante más de sesenta años, las sanciones estadounidenses han limitado el comercio, la financiación y el desarrollo. Dichas medidas se endurecieron notablemente durante la administración de Donald Trump y continúan influidas por políticos de línea dura como Marco Rubio. Paralelamente, errores de política económica en Cuba —centralización excesiva, burocracia, retraso en la aplicación de reformas— han agravado la escasez de alimentos, combustible, electricidad y medicamentos. Culpar solo a Washington o solo a La Habana impide comprender cómo ambos factores se potencian mutuamente.
Los efectos recaen sobre la población. Apagones prolongados, pérdida del poder adquisitivo, deterioro de los servicios públicos y una emigración masiva de jóvenes han debilitado la confianza social. Algunos ciudadanos cuestionan si el proyecto revolucionario aún puede garantizar una vida digna. Otros lo defienden como baluarte de la soberanía, en la tradición de José Martí. Un tercer grupo, agotado por la crisis, deposita sus esperanzas en una intervención externa, más por desesperación que por convicción ideológica.
El presidente Miguel Díaz-Canel ha reconocido la gravedad de la situación y habla de “cambios” y “transformaciones”, pero evita comprometerse con una reforma estructural integral. La experiencia histórica sugiere que los ajustes parciales no bastan. En los años noventa, tras la desaparición del apoyo soviético, Fidel Castro legalizó la circulación de divisas, permitió espacios limitados al sector privado y abrió el país a la inversión extranjera. Más tarde, Raúl Castro amplió el trabajo por cuenta propia, descentralizó la agricultura y flexibilizó la política migratoria. Esas reformas no destruyeron el sistema: lo sostuvieron.
Alzugaray sostiene que el debate actual no es entre socialismo y capitalismo, sino entre adaptación e inmovilismo. La experiencia de la Unión Soviética demuestra que posponer las reformas puede llevar a un colapso irreversible. En contraste, China y Vietnam introdujeron reformas de mercado, manteniendo la estabilidad política y logrando crecimiento y reducción de la pobreza. Cuba no puede copiar modelos, pero sí aprender de ellos.
Los sectores contrarios a la reforma suelen apelar a la pureza ideológica o al temor a la desigualdad. Algunos citan a Rosa Luxemburgo para descalificar el reformismo. Sin embargo, el politólogo Atilio Borón advierte que convertir el socialismo en un dogma inmutable conduce al inmovilismo suicida. Un sistema incapaz de autocorregirse pierde su viabilidad histórica.
La falta de cambios tiene consecuencias que van más allá de la economía. Si el Estado no puede garantizar condiciones mínimas de bienestar, se debilita la cohesión social y aumenta la emigración, privando al país de capital humano esencial. Además, un Estado debilitado resulta más vulnerable a influencias externas, precisamente lo que se pretende evitar.
Reformar implicaría decisiones complejas. En lo económico, podría significar mayor autonomía empresarial, impulso a las pequeñas y medianas empresas, liberalización agrícola para aumentar la producción nacional y mecanismos que faciliten la inversión de la diáspora. En el ámbito político, ajustes graduales que aumenten la transparencia, la rendición de cuentas y la participación ciudadana podrían reconstruir la confianza sin provocar inestabilidad.
La reforma no equivale a la rendición. Muchos países han modernizado sus economías preservando logros sociales fundamentales. Cuba cuenta con activos importantes —salud universal, alto nivel educativo, fuerte identidad nacional— que podrían sostenerse mejor en un entorno de crecimiento y eficiencia.
En última instancia, el futuro del país dependerá de las decisiones tomadas dentro de Cuba. Los factores externos influyen, pero no sustituyen la capacidad de liderazgo ni el consenso interno. La advertencia de Alzugaray es clara: el tiempo se agota.
Reformar entraña riesgos e incertidumbre. No hacerlo conduce a un deterioro que podría desembocar en el colapso del sistema y en la pérdida de soberanía. Entre ambos escenarios existe una ventana cada vez más estrecha.
La historia rara vez ofrece oportunidades ilimitadas para rectificar. En el caso cubano, la demora ya es, en sí misma, una decisión. Reformar o arruinarse no es una consigna retórica, sino una disyuntiva real que marcará el destino de la nación.
