
La peligrosa narrativa de Rubio sobre Venezuela es un insulto a la democracia — y al mundo
Su respuesta —que la democracia llegará después— repite el guion de intervenciones fallidas en Irak, Libia y Afganistán.
Marco Rubio compareció esta semana ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado con argumentos pulidos, serenidad ensayada y un mensaje profundamente inquietante: los estadounidenses —según él— deberían aceptar el cambio de régimen por la fuerza militar como algo no solo normal, sino exitoso.
De acuerdo con reportajes de la agencia Associated Press, el secretario de Estado ofreció una defensa sin matices del operativo militar del 3 de enero ordenado por el presidente Donald Trump, que terminó con la salida del poder del presidente venezolano Nicolás Maduro. Rubio presentó la operación como rápida, justificada y necesaria, una narrativa ordenada que se desmorona ante el más mínimo análisis.
Lo que Rubio llevó al Capitolio no fue diplomacia. Fue propaganda.
En su testimonio, el exsenador por Florida describió a Venezuela como más segura, al hemisferio occidental más estable, y a Estados Unidos, reivindicado por haber lanzado otra intervención extranjera sin autorización del Congreso, sin respaldo internacional y sin debate público. Que el operativo incluyera tropas estadounidenses que irrumpieran en la capital de un país soberano pareció, en su relato, un detalle menor y no una violación sísmica del derecho internacional.
El momento más revelador del secretario de Estado llegó cuando afirmó que Estados Unidos está “sin duda mejor hoy” que hace cuatro semanas. Esa afirmación no se apoya en ninguna evidencia más allá del optimismo de la administración. La economía venezolana continúa devastada. Sus instituciones políticas siguen vacías. Y muchas de las mismas figuras que sostuvieron la represión bajo Maduro continúan en el poder —solo que ahora con nuevos cargos.
Si esto es una victoria, es una victoria sombría.
Rubio también intentó minimizar los temores de que la incursión en Caracas pudiera alentar a China respecto a Taiwán o a Rusia en Ucrania. Calificó esas preocupaciones como exageradas. Sin embargo, la historia ofrece poco respaldo a su confianza. Cuando la nación más poderosa del mundo demuestra que está dispuesta a derrocar gobiernos que no le agradan, no disuade la agresión: la legitima.
Sus intentos de tranquilizar a los aliados sobre Groenlandia y la OTAN resultaron igualmente poco convincentes. Mientras Trump continúa amenazando abiertamente la integridad territorial de un aliado de la alianza atlántica, Rubio desestimó la alarma europea como una sobrerreacción mediática y aseguró que las conversaciones avanzan “positivamente”.
La realidad es más inquietante: Estados Unidos se ha convertido en la principal fuente de inestabilidad dentro de la misma alianza que durante décadas lideró.
Hablar de “reimaginar” la OTAN puede sonar estratégico, pero, viniendo de una administración que insulta a sus aliados, amenaza con aranceles y trata la defensa colectiva como un negocio de protección, se asemeja más a una extorsión que a una reforma.
Aún más alarmante fue la explicación de Rubio sobre el petróleo venezolano, verdadero eje de la política actual hacia Caracas. Según el nuevo esquema, el crudo podrá volver a los mercados internacionales, pero los ingresos serán depositados en una cuenta bajo control del Departamento del Tesoro estadounidense. Los presupuestos mensuales deberán ser aprobados por Washington antes de liberar un solo dólar.
Eso no es cooperación económica. Es tutela colonial.
Rubio intentó presentar el mecanismo como una forma responsable de garantizar que los recursos se destinen a la salud y la seguridad pública. Pero despojar a un país del control de sus riquezas naturales mientras se exige acceso preferencial a empresas estadounidenses no es ayuda: es administración imperial.
Y en América Latina ese lenguaje es perfectamente reconocible.
Los senadores demócratas hicieron bien en cuestionar si Estados Unidos simplemente había reemplazado una autocracia por otra. Delcy Rodríguez, exvicepresidenta de Maduro y figura central de su gobierno, ocupa ahora la presidencia interina. Rubio no ofreció una explicación creíble de por qué alguien profundamente implicado en el autoritarismo debería convertirse de pronto en garante democrático.
Su respuesta —que la democracia llegará después— repite el guion de intervenciones fallidas en Irak, Libia y Afganistán. La democracia, como ya aprendieron los estadounidenses, no se construye después de la invasión.
Cuando fue interrogado sobre Irán, Rubio volvió a refugiarse en la ambigüedad: no existen planes inmediatos de ataque, pero tampoco se descarta un cambio de régimen. El despliegue de un portaaviones en la región, afirmó, es “defensivo”, una palabra que en Washington se ha vuelto tan flexible que ya no significa casi nada.
Durante toda la audiencia, Rubio habló como si el poder estadounidense fuera infinito, las consecuencias fueran opcionales y la historia fuera irrelevante.
Lo que brilló por su ausencia fue la humildad.
Faltó el reconocimiento del daño humano causado por años de sanciones que castigaron más al pueblo venezolano que a sus élites. Estuvo ausente la memoria histórica de América Latina, marcada por golpes de Estado y dictaduras respaldadas desde Washington. Y estuvo ausente, sobre todo, una reflexión seria sobre el precedente que ahora se establece: que Estados Unidos puede derrocar gobiernos, administrar economías ajenas y llamar a eso estabilidad.
La Associated Press informó que Rubio cerró su comparecencia reafirmando su respaldo a las elecciones democráticas “legítimas” en Venezuela. Pero la democracia no comienza con tropas extranjeras, cuentas del Tesoro ni acuerdos petroleros condicionados. Comienza con la soberanía —precisamente lo que esta política ha destruido.
El verdadero peligro del testimonio de Rubio no radica en la defensa de una operación militar específica. Es la normalización de una visión del mundo en la que la fuerza sustituye al derecho internacional, la presión económica reemplaza al consentimiento y la diplomacia se reduce a obediencia.
Rubio no disipó los temores esta semana.
Los confirmó.
Si este es el futuro de la política exterior estadounidense —más amenazas, guerras más breves y una inestabilidad permanente— entonces el mundo no es más seguro.
Solo está más asustado.
