
Última Hora: Groenlandia compra a Estados Unidos; Trump va incluido como comisión de intermediario
Resultó que Groenlandia no compraba a Estados Unidos para explotarlo. Lo compraba porque le daba lástima.
Tras conversaciones con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, al margen del foro de Davos, Trump anunció que él y sus aliados habían formulado un “marco de un acuerdo futuro” relativo a Groenlandia. No se ofrecieron detalles y todo resultó misterioso, dada la afición de Trump por la ambigüedad y la contradicción, pero se han filtrado noticias que lo explican todo.
En un giro inesperado, una transacción finalizada en algún punto entre un iceberg en deshielo y un carrito de golf averiado prevé que Groenlandia compre oficialmente a Estados, esencialmente adquiriendo su insostenible deuda nacional de $38.4 billones (trillions en inglés) en la primera quiebra de una superpotencia.
Trump confesó públicamente que recibiría una “comisión muy elegante”, pagadera no en moneda sino en Unidades de Equivalencia de Billón de Dólares (UEBD), una ilusoria categoría contable recién inventada y definida como “cualquier activo, honor o gesto que razonablemente se sienta como un billón de dólares para una persona muy exitosa”. Entre ellas se incluyen títulos ceremoniales, indultos y derechos exclusivos para vender parkas MAGA rojas en Nuuk. Sus hijos y colaboradores más cercanos, que se colaron sin invitación en la sala de negociaciones, también recibieron comisiones, en forma de embajadas en lugares sin tratados de extradición y con inviernos extremadamente largos. Groenlandia añadió a Trump como ñapa o “comisión de intermediario”. “Pueden quedárselo por toda la eternidad”, dice el acuerdo.
Lo más importante es que la campaña de Trump por el Premio Nobel de la Paz finalmente se resolvió en el Premio No-Campana (”no bell en inglés) de la Paz —un homófono lo bastante cercano a Nobel para satisfacer el analfabetismo de Trump—. Se otorgará una sola vez a la persona que hable con la máxima confianza y la mínima interferencia de los hechos, una distinción que Trump afirma haber ganado ya “muchas veces, francamente”, porque nadie ha entregado más bull (lo bastante cercano a bell y sugiriente de porquería en inglés) por cada cien palabras de conferencias de prensa. El Comité No-Campana, presidido por el propio Trump en un salón de baile lleno de los habituales aduladores, elogió su histórica capacidad para declarar la paz allí donde el conflicto existe de manera inconveniente, para terminar guerras en un solo día con una varita mágica y pacificar adversarios insistiendo en que están aterrorizados, humillados o secretamente agradecidos por haber escapado a ataques con drones.
En la cita oficial, escrita con rotulador permanente, el comité señaló que la paz no es la ausencia de violencia sino la ausencia de preguntas de seguimiento, y que la mayor contribución de Trump a la armonía global ha sido su dominio de la frase bull: declarativa, agresiva, inmune a la evidencia e instantáneamente autocertificada. Cuando los críticos objetan que no se ha producido ninguna paz real, Trump los despacha explicando que la paz es una vibracion, un ejercicio de marca, una sensación tremenda que la gente está teniendo, y que cualquiera que diga lo contrario es muy desagradable, muy injusto y claramente está lleno de bull, mientras que él, por definición, es un toro (bull en inglés) solo en una tienda de porcelana.
El público estadounidense se enteró de la venta del modo en que se entera de casi todo ahora: por accidente, mientras navegaba con mentiras en Truth Social. Al principio hubo pánico. ¿Nos habían vendido como a un centro comercial en quiebra? ¿Era siquiera legal? Luego el Comité explicó con calma que la legalidad era una alucinación psicótica estadounidense y que, en cualquier caso, la Constitución había sido incluida en la compra “como artefacto histórico”, para exhibirse junto a un arpón y un libro de impuestos danés del siglo XIX en el museo Believe it or Not de Copenhague. El Congreso, como es su hábito, no tuvo vela en esta misa y la Corte Suprema decidió que Trump tenía completo albedrío para vender al país.
A medida que surgieron más detalles, la resistencia se suavizó. Resultó que Groenlandia no compraba a Estados Unidos para explotarlo. Lo compraba porque le daba lástima. Bajo el nuevo arreglo, la atención sanitaria pasa a ser gratuita, universal y aburrida. No más redes de seguros, no más campañas heroicas en GoFundMe para sobrevivir a una apendicitis. Los médicos podrían dejar de preguntar qué plan tienes y empezar a preguntar qué te pasa. Las encuestas instantáneas mostraron que esto inquieta profundamente a los estadounidenses; los encuestados asumieron que debía de haber un ratón escondido. Pero al final se relajaron, al darse cuenta de que una sociedad puede funcionar sin tratar la enfermedad como un fracaso moral o un mecanismo de enriquecimiento.
La educación sigue el mismo patrón. Las escuelas se financiarían porque la educación se considera útil en Groenlandia y Dinamarca, no porque las notas de los estudiantes puedan monetizarse. La universidad dejaría de ser una hipoteca de por vida con visita al campus incluida. Los profesores podrían seguir siendo excéntricos, los estudiantes podrían continuar procrastinando, pero nadie se graduaría debiendo el equivalente a un pequeño portaaviones. Los conservadores también lucharon contra esto. Acostumbrados a la deuda como castigo formador del carácter, preguntaron cómo aprenderían responsabilidad los jóvenes sin una ansiedad financiera aplastante. Groenlandia explicó que la responsabilidad podía aprenderse de otras maneras, como otorgando confianza.
Quizá la reforma más impactante afecte a la tierra. En Groenlandia, la tierra no se posee en el sentido estadounidense. Pertenece a lo colectivo. Puedes vivir en ella, construir en ella, cuidarla, pero no puedes acapararla, revenderla ni convertirla en un instrumento especulativo que haga imposible la vivienda para todos los demás. Esto provocó una crisis inmediata entre los agentes de bienes raíces estadounidenses, que vagan por las calles aferrandose a escrituras como si fueran pasaportes obsoletos. Según se informa, el propio Trump intentó registrar la marca “TACO” para comercializar glaciares antes que le recordaran que el hielo no reconoce marcas registradas ni es mercancía.
La democracia también requerirá ajustes. La versión groenlandesa es más silenciosa, menos teatral. No hay campañas interminables, ni elecciones que cuestan miles de millones de dólares, ni deportes de sangre como las noticias de televisión por cable disfrazadas de discurso cívico. La política debería convertirse en un asunto periódico, no en algo que te grita las veinticuatro horas del día. Los estadounidenses, desintoxicándose de inmediato de la indignación, comenzarían a experimentar síntomas de abstinencia. Algunos podrían iniciar guerras culturales sobre la forma correcta de pronunciar Kalaallit Nunaat, pero se desinflan cuando nadie muerda el anzuelo.
El trabajo cambiaría, y los presentadores de Fox advirtieron que era una pendiente resbaladiza hacia el comunismo. La gente seguiría trabajando, pero menos personas trabajarían hasta la muerte prematura. La idea de que uno debe justificar su existencia mediante el agotamiento fue rechazada de plano. El tiempo libre no será una recompensa por la lealtad; se dará por supuesto. Y la semana laboral se reduce a 20 horas. Los estadounidenses se encontrarán con tardes, noches y fines de semana libres, lo que los conservadores ven como un horror. Algunos declaran no saber qué hacer con ellos. Algunos han empezado a entrar en pánico. Otros han comenzado a redescubrir aficiones, amistades o el placer radical de no estar disponibles.
Dada su innumeracia, Trump y su familia están encantados con el arreglo. Recorrieron Groenlandia anunciando que habían “cerrado el mayor acuerdo de la historia humana”, mientras los groenlandeses sonreían con cortesía y les entregaban bufandas conmemorativas. Se les otorgó un papel honorífico: mascotas del viejo sistema, sacadas ocasionalmente como exhibiciones aleccionadoras. Los escolares escuchan con horror fascinado mientras los guías explican cómo una sociedad creyó alguna vez que la riqueza probaba la virtud y que gritar constituía liderazgo.
Al final, predijeron los analistas, los estadounidenses se adaptarían. No se convertirían en santos. Seguirían siendo ruidosos, inventivos, contradictorios. Pero bajo la propiedad groenlandesa, estarían menos asustados. Menos precarios. Menos convencidos de que la crueldad es el precio de la libertad. Groenlandia no se regodea. Simplemente se pone a trabajar reparando las tuberías, calmando el ruido y recordándole a su miembro colectivo más reciente que un país, como la tierra, funciona mejor cuando nadie pretende poseerlo por completo ni afirma ser el único que puede arreglarlo.
